“La sociedad es un manicomio
cuyos guardianes son los
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funcionarios y la policía”.
Augusto Strindberg
La historia y la razón enseñan que, con programa es más fácil conseguir las metas y los objetivos. Maestros y alumnos sin programa son un desastre.
Todas las actividades se guían por un programa. El militar hace su programa y así formula su estrategia; el empresario elabora su programa y así tiene seguras sus ventas en el mercado; el fabricante de bienes o de servicios también sigue un programa, bueno, hasta la persona que vende tamales o cacahuates también programa sus actividades para el uso del tiempo, esto es, para adoptar el horario adecuado.
Gran parte de la comunidad humana, independientemente de su grado de preparación, comprende que es más difícil formar personas, educarlas, que hacer un automóvil o un reloj fino.
Los programas son de capital importancia en cualquier actividad humana y más cuando se trata de producir bienes o servicios pero todavía más cuando se trata de formar a quienes los producirán.
No hay nadie que no tenga programa para cualquier actividad. Los buenos se hacen sus programas, los malosos también urden sus actividades.
Estos programas se transforman en planes estratégicos que hay que seguir invariablemente para lograr las metas y los objetivos.
Sin programa no hay resultados, o se logran con mayores esfuerzos y no los que se quieren.
Programas mal diseñados o peor ejecutados o contrapuestos llevan al caos.
Programas ejecutados según la inspiración de cada persona, conducen, cuando menos al desconcierto.
La uniformidad de los programas tampoco es garantía de éxito. Éstos requieren tiempos y movimientos.
Un programa es una relación de acciones a realizar durante un tiempo determinado para lograr resultados.
Por los programas se conoce el curriculum escolar de cada nivel.
Por la calidad de los egresados se conoce el impacto y calidad de los programas.
Estos necesitan supervisión y seguimiento y todavía más cuando se trata de la formación de personas.
En la escuela no se miden por los índices o indicadores sino por la calidad de los egresados.
Robert Burton, escribió que: “El hombre solitario, o es un santo o es un demonio”, con lo cual se entiende, insisto, la complejidad del ser humano y por lo mismo lo complicado que es su educación.
Gilberto Guevara Niebla, uno de los cinco miembros de la Junta de Gobierno del INEE, en su libro “Introducción a la teoría de la educación”, ha escrito: “El fracaso de la educación como instrumento de promoción social y como medio para democratizar a la sociedad…; la subordinación pasiva del sistema escolar al mercado, dominado por oligopolios extranjeros, y la ausencia de fines sociales específicos de carácter nacional y democrático que orienten la acción educativa…”, son características de los programas de la educación.
“Estos problemas se asocian a otros de carácter meramente instrumental, pero no menos graves: la burocratización y el carácter corporativo y clientelar…; la ausencia de una planeación para innovar…; la inexistencia de un programa vigoroso y eficaz, de formación de profesores; la nula retroalimentación entre los distintos niveles y campos…; la duplicidad y superposición institucional…; los innumerables vacíos del currículo en los niveles de primaria y secundaria, junto con la permanente obsolescencia de sus contenidos; …”
El sistema educativo, como ha afirmado Don Emilio Chuayffet es un archipiélago. La desarticulación entre los programas, es lo que los caracteriza.
¿Quién vigila o supervisa que los programas, aún con defectos se lleven a cabo? ¡Nadie!
Cada cabeza es un mundo, cada profesor frecuentemente imprime su respectiva impronta.
En la ejecución de los programas, como en los otros factores, se trasluce la necesidad de la reforma educativa, que ahora está en marcha por decisión del presidente Enrique Peña Nieto y por la ejecución que lleva a cabo el Secretario de Educación Pública, Don Emilio Chuayffet.
Por cierto, ahora se están llevando a cabo los foros de consulta, para definir los contenidos de los programas en los diversos niveles del sistema educativo mexicano.
Esto tampoco ha sido sencillo porque conformamos un país con múltiples necesidades y diversos tipos de demanda de profesionales y de mano de obra ad hoc.
Pronto habrá programas para cada necesidad del sistema escolar; una vez que se aprueben vendrá una segunda etapa en la cual habrá que instrumentar su enseñanza, por consecuencia la actualización de los maestros, la adopción de didácticas especiales y la verificación del cumplimiento de los contenidos en las aulas.
La tarea es titánica, aquí no será suficiente calificar por resultados solamente; será necesario que para el logro de metas y objetivos se instrumente lo que en la fábrica o en la empresa se denomina el control de calidad.
Ahora nadie verifica la consecución de programas, cada quien da sus calificaciones y los egresados demuestran cuánto aprendieron o el tamaño de su deficiencia, ya en el trabajo si es que lo encuentran.
Aquí está la importancia de los supervisores o inspectores escolares para que tengan el seguimiento y la evaluación requeridos.
A un supervisor le es imposible cumplir con su tarea cuando tiene a su cargo más de diez escuelas y carece de oficinas y auxiliares.
Concluyo: el distinguido maestro Lauro Gutiérrez Caloca, en 1919 afirmó: “En las escuelas normales se preparan instructores no educadores”.
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