“Todo lo que
se ignora,
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se desprecia”,
Antonio Machado.
En México hay 12 millones de indígenas y la gran mayoría viven en condiciones de miseria y de injusticias. Esta realidad es preocupante y aterradora.
En pleno Siglo XXI, estos mexicanos están al margen del progreso, prácticamente en el olvido, excluidos de la “civilización”.
¿Qué se ha hecho para sacar del rezago a éstos indígenas mexicanos?
Muchos gobiernos han gastado miles de millones de pesos anuales en programas y apoyos, pero ninguno ha podido terminar con la desigualdad que prevalece en estos pueblos.
La realidad es que sus niveles de vida siguen siendo precarios.
Los indicadores del INEGI así lo demuestran, al poner de manifiesto algunos de los problemas ancestrales de la muy diversa y dispersa población indígena en nuestro país.
Muchas comunidades autóctonas no tienen acceso a derechos elementales para sobrevivir como son salud, vivienda y empleos. Hay desnutrición, morbilidad y mortalidad materna e infantil.
La discriminación racial es evidente, igual que la desintegración familiar y la violencia.
Hay altos índices de migración por falta de cohesión social y muchos indígenas son víctimas de abusos, de la corrupción y de la impunidad.
Estos pueblos experimentan una precariedad sin límites.
Sólo 57 de cada 100 habitantes tienen acceso a instituciones o programas de salud del Estado. El 22.6 por ciento de la población hablante de lengua indígena habita en viviendas con piso de tierra.
La población autóctona en pobreza extrema pasó, según el CONEVAL, de 5.3 millones de personas en 2008 a 5.4 millones de habitantes en 2010.
Los rezagos se extienden a la educación, con un nivel de escolaridad muy bajo.
El 27.3% de la población no sabe leer ni escribir.
Muchos niños no van a la escuela porque trabajan y las niñas no asisten por prejuicios de género.
Otros más no acuden a las aulas porque para ello tendrían que recorrer grandes distancias y no cuentan con medios de transporte ni dinero.
La mayor parte de los indígenas viven en ejidos y en comunidades donde se les niegan sus derechos de propiedad.
En países de América Latina, los pueblos indígenas corresponden en su mayoría a un solo grupo lingüístico, cuyo idioma ha sido elevado a la categoría de cooficial junto con el español, pero en México existen 62 pueblos indígenas diferentes que hablan casi 70 lenguas distintas.
Sus lenguas son reconocidas, pero su uso común es limitado.
Todo esto es preocupante. El Estado mexicano y los organismos de la sociedad civil debemos responder con mayor eficacia.
Hasta hora por más programas que ha habido, estos siempre han sido insuficientes. Los resultados así lo demuestran.
En el 2010, sólo el 57.1% de la población hablante de lengua indígena de 3 años y más eran derechohabientes, de los cuales siete de cada diez personas contaban con Seguro Popular.
Los recursos naturales y la riqueza económica de México es inútil porque ésta no les beneficia, al concentrarse en unas cuantas personas.
El sistema capitalista, el Tratado de Libre Comercio, los ahoga y oprime, excluyéndolos del progreso.
Así, parece que las decisiones importantes para rescatar a estos mexicanos se nos escapan a todos.
Buena parte de la sociedad, las empresas, las organizaciones civiles y la clase intelectual, les hemos dado la espalda.
Igual han hecho los partidos al defender sólo intereses de grupo y no de estas comunidades.
Estamos frente a un problema real que requiere atención inmediata: acciones efectivas de promoción, difusión y defensa de los derechos y las libertades fundamentales.
Faltan tareas encaminadas al respeto de la diversidad cultural, de la tolerancia, del diálogo y de la cooperación.
A los indígenas se les debe tratar como personas con inteligencia y con capacidad para tomar sus propias decisiones.
Se requieren leyes justas que propicien su desarrollo. Las que existen parece que no han sido eficaces.
Se necesitan más clínicas de salud, escuelas, proyectos productivos, pensiones, etcétera.
La sociedad civil, aún cuando está en crisis, tiene que solidarizarse.
Urge promover valores universales que propicien una coexistencia pacífica entre estas comunidades, más allá de sus diferencias ideológicas y sus costumbres.
Se requiere un cambio de paradigma en el ejercicio político y cultural que permita romper con el paternalismo y la discriminación.
¿Una solución sería incentivar los llamados auto gobiernos ante las limitaciones del sistema democrático?
¿Es viable depositar el poder en colectivos autónomos, como una nueva forma de propiciar justicia e igualdad entre los indígenas?
El panorama se torna sombrío.
Tenemos que ser capaces de repensar y atender el problema porque es inaceptable que haya mexicanos de segunda y de tercera.
Ellos tienen los mismos derechos y responsabilidades, no pueden quedarse en el rezago.
El individualismo incubado en el sistema ha ahogado y sometido el interés colectivo.
Los sistemas económicos y políticos han estado más al servicio del mercado y del lucro que al de la vida.
En fin.
Hay millones que viven y duermen con hambre y con sed de justicia.
La cultura materialista y consumista es una amenaza latente para los excluidos y aún para los afortunados.
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