Opinión

¿Y quién puede ser en Fifa…? Y la reunión del lunes en Puebla

Amigo lector, seguramente recuerda aquella extraordinaria canción de José José que llevaba por título ¿Y quién puede ser?

Pues mire usted, parece que esa misma pregunta comienza a escucharse en los pasillos de la UEFA.

Después de tantos cuestionamientos, acusaciones, exigencias de transparencia y llamados a cambiar al presidente de FIFA, resulta que los opositores de Gianni Infantino tienen un problema que no es precisamente menor.

Saben a quién quieren quitar, pero todavía no sabemos a quién quieren poner.

Y mucho menos con cuáles votos. Permítame explicarle.

El pasado 15 de octubre, durante la reunión del Consejo de FIFA en Zúrich, Infantino ofreció disculpas por los errores cometidos en el manejo del fallido proyecto FIFA Forward Enterprise, iniciativa que pretendía incorporar inversionistas privados a una estructura comercial vinculada con sus competiciones.

El proyecto fue retirado definitivamente, pero las explicaciones no satisficieron a sus críticos. Debbie Hewitt, presidenta de la Federación Inglesa, y Bernd Neuendorf, presidente de la Alemana, mantuvieron sus cuestionamientos sobre transparencia y gobernanza.

Y por si faltaran motivos de controversia, apareció otro asunto. Una investigación periodística basada en documentos fiscales estadounidenses identificó aproximadamente 1.72 millones de dólares en remuneraciones de Infantino durante 2024, registradas por FWC2026, entidad vinculada con la organización del Mundial, mientras FIFA había reportado alrededor de 4.86 millones en salario y prestaciones.

La presentación de ambas cifras abrió interrogantes sobre su conciliación y divulgación pública. FIFA niega que exista un segundo salario irregular y sostiene que sus declaraciones cumplen las disposiciones legales y de auditoría.

Pero la pregunta permanece.

¿Cuánto cobró realmente Infantino, por qué conceptos y dónde está la explicación pública que permita conciliar ambas declaraciones?

Porque la transparencia no consiste solamente en registrar cifras. Consiste también en explicarlas. Sin embargo, amigo lector, aquí aparece la verdadera paradoja.

Una cosa es reunir argumentos para cuestionar a un presidente y otra muy distinta reunir los votos para sustituirlo.

¿Y los candidatos?

Mire usted la baraja de nombres. Ramón Vega, exfutbolista suizo con experiencia financiera, ha manifestado su intención de competir, aunque todavía no acredita públicamente los cinco avales federativos necesarios para formalizar su candidatura.

Arsène Wenger, extraordinario entrenador del Arsenal y hoy funcionario de FIFA, aparece entre las alternativas mencionadas. Pero una cosa es dirigir futbolistas y otra gobernar una organización de 211 federaciones.

También figuran Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, y Laura McAllister, vicepresidenta de UEFA, quien insiste en encontrar una figura capaz de unir a los sectores reformistas más allá de Europa.

¿Y Sheikh Salman, presidente de la Confederación Asiática y antiguo rival electoral de Infantino? Tiene experiencia política internacional, pero no ha anunciado candidatura.

¿Aleksander Čeferin? Quiere continuar al frente de UEFA.

¿Victor Montagliani? También ha orientado sus planes hacia su permanencia en Concacaf.

Curioso, ¿no? Algunos de los dirigentes que reclaman un nuevo liderazgo mundial no parecen dispuestos a abandonar el liderazgo que ya tienen.

No nos confundamos. Eso no invalida sus cuestionamientos. Pero deja al descubierto una contradicción que ninguna declaración de principios puede resolver.

¿Quién está dispuesto a encabezar la oposición y quién está dispuesto a respaldarlo con su voto? Porque en el fútbol mundial no basta con tener candidato. Hay que tener electores.

Los votos no se cantan, se cuentan

FIFA tiene 211 federaciones afiliadas.

Si las 211 emitieran votos válidos, 106 representarían una mayoría simple. El procedimiento presidencial contempla reglas específicas según el número de candidatos y las rondas de votación.

UEFA agrupa a 55 asociaciones. Supongamos que 54 respaldaran a un mismo candidato opositor. Todavía necesitarían otros 52 votos para alcanzar esos 106.

¿De dónde saldrían?

La Confederación Africana ha expresado institucionalmente su respaldo a Infantino. Asia participa en los reclamos de reforma, pero eso no significa que sus 47 asociaciones estén comprometidas con un mismo aspirante.

Concacaf tampoco ha entregado sus 35 votos en bloque.

Y Sudamérica y Oceanía tienen intereses propios que no necesariamente coinciden con los europeos.

Aquí conviene recordar algo que algunos parecen olvidar.

Las confederaciones tienen presidentes. Pero quienes eligen al presidente de FIFA son las federaciones.

Y ningún dirigente confederativo puede convertir automáticamente sus declaraciones en votos de todas sus asociaciones.

Por eso, aunque UEFA consiga ponerse de acuerdo, seguirá necesitando convencer al resto del mundo.

Europa puede encabezar la oposición. Lo que todavía no ha demostrado es que pueda construir una mayoría mundial.

Y mientras unos pronuncian discursos, Infantino mueve otra pieza del tablero.

FIFA ha presentado un programa de solidaridad y distribución de excedentes para 2027-2030 que contempla recursos globales por 6,350 millones de dólares, con asignaciones previstas de hasta 25 millones por federación.

El plan todavía debe completar sus procedimientos de aprobación, aplicación, control y auditoría.

¿Compra de votos?

No tenemos elementos para afirmarlo.

Pero tampoco podemos ignorar que para numerosas federaciones esos recursos representan una parte fundamental de sus posibilidades de desarrollo.

Y cualquier aspirante opositor tendrá que responder preguntas bastante más difíciles que denunciar los errores de Infantino.

¿Qué hará con ese dinero?

¿Cómo lo distribuirá?

¿Qué garantías ofrecerá a las federaciones pequeñas?

¿Mantendrá el modelo de solidaridad o propondrá uno diferente?

Porque una cosa es criticar desde la tribuna.

Y otra muy distinta es sentarse en el escritorio donde se toman las decisiones.

¿Y si Infantino no se presenta?

Ahora permítame llevarlo a un escenario que pocos parecen estar considerando. Todos damos por hecho que Infantino buscará reelegirse. Él mismo ha anunciado su intención de competir.

Pero ¿y si cambia de opinión?

¿Si decide que su ciclo ha terminado?

¿Si simplemente anuncia que no se presentará?

De pronto, sus adversarios perderían al personaje alrededor del cual han construido buena parte de su discurso. Ya no tendrían enfrente al Infantino de los cuestionamientos, las controversias y los desencuentros. Tendrían enfrente algo bastante más complicado.

La obligación de demostrar que saben gobernar mejor. Porque una cosa es hacer campaña señalando los errores del adversario. Y otra muy distinta es convencer con las virtudes de una propuesta propia. Además, las federaciones que hoy respaldan las políticas de Infantino no desaparecerían con su eventual retirada.

Seguirían teniendo intereses. Seguirían teniendo necesidades.

Y, sobre todo, seguirían teniendo votos. El próximo 18 de noviembre vence el plazo para presentar candidaturas a la elección presidencial del 18 de marzo de 2027, en Rabat, Marruecos. Mientras tanto, la oposición continúa buscando quién encabece su alternativa.

Pero permítame dejarle una última pregunta.

¿Y si Infantino tuviera un as bajo la manga?

¿Y si, en lugar de buscar su reelección, impulsara a un hombre de su confianza para continuar su proyecto, pero sin cargar con el desgaste político que hoy acompaña a su nombre?

Entonces UEFA tendría un problema todavía mayor.

Porque ya no estaría compitiendo necesariamente contra Infantino.

Estaría compitiendo contra la estructura política que Infantino ha construido.

Y eso, amigo lector, no es lo mismo.

Una cosa es sacar a un hombre del poder. Otra muy distinta es sacar al poder de las manos de ese hombre.

No estoy diciendo que vaya a suceder.

Estoy diciendo que, en una elección donde todos parecen concentrados en el presidente, convendría no perder de vista a quienes podrían sucederlo. Porque las sucesiones no siempre comienzan cuando alguien anuncia que se va.

A veces comienzan mucho antes, cuando todavía todos creen que pretende quedarse. Y aquí hay otro detalle que no conviene olvidar. Un sucesor no hereda automáticamente los votos de su antecesor. Tiene que conquistarlos.

Pero tampoco comienza necesariamente desde cero cuando detrás existe una estructura de relaciones, compromisos e intereses construida durante años.

Por eso el verdadero adversario de UEFA podría no ser solamente un hombre, sino un proyecto de poder capaz de sobrevivir a ese hombre.

No pierda de vista esa posibilidad, amigo lector.

Y después no diga que no se lo advertimos.

Porque si algo me han enseñado cinco décadas observando los entretelones del poder, es que para muchos dirigentes el año más difícil no es el último de su gestión. Es el primero después de haberla terminado.

¿A poco no?

Y mientras esa pregunta sigue flotando en los pasillos del poder, aquella vieja canción de José José parece encontrar una nueva razón para escucharse.

¿Y QUIÉN PUEDE SER?

Y hablando de dirigentes, de decisiones y de esos ases bajo la manga que pueden cambiar el destino de una organización, permítame llevarlo de los pasillos de Zúrich a una oficina mucho más cercana.

Porque mientras en FIFA algunos se preguntan quién podría llegar al poder, aquí en Puebla tenemos una pregunta bastante más inmediata.

¿Qué va a hacer con el poder quien ya lo tiene?

Y esa respuesta, amigo lector, quizá debería comenzar a buscarse el próximo lunes.

LA REUNIÓN DEL LUNES

El próximo lunes 19 de octubre podría celebrarse una reunión importante. No sé si sucederá. Mucho menos sé lo que se dirá ahí dentro.

Pero si yo pudiera imaginar lo que debería ocurrir en la oficina más importante del Puebla FC, sobre aquella mesa no pondría discursos.

Pondría números. De un lado, el presidente. Del otro, Gerardo Espinoza. Y entre ambos, cinco partidos.

—Gerardo, tenemos 16 puntos.

—Quedan 15.

—¿Cuántos necesitamos?

Ahí debería comenzar la reunión.

Porque durante los últimos seis torneos, el octavo lugar terminó, en promedio, con 25.5 puntos. Redondeemos: 26. Puebla necesita entonces aproximadamente 10 de los próximos 15 puntos. Hasta ahora ha conseguido el 44.4% de los puntos disputados; durante las últimas cinco jornadas necesitaría obtener el 66.7%.

Entonces vendría la pregunta verdaderamente importante:

—Gerardo, ¿qué tenemos que hacer diferente?

Porque si Puebla hace durante las últimas cinco jornadas exactamente lo mismo que hizo durante las primeras doce, las matemáticas lo proyectan hacia 22 o 23 puntos.

Y probablemente no alcance. Aquí hay un dato que vale la pena poner también sobre aquella mesa.

Durante los cinco torneos en que existió el Play-In, el décimo lugar terminó, en promedio, exactamente con 22 puntos. Es decir, con aquella fórmula, una proyección de 22 o 23 todavía podía significar vida.

Hoy esa puerta ya no existe.

Amigo lector:

Por eso ya no alcanza con hacer lo mismo. Aquí ya no hablamos de procesos, ni de sensaciones, ni de que el equipo compite mejor.

Hablamos de puntos. Y los puntos no entienden de procesos. Sobre aquella mesa debería aparecer otro dato.

Puebla consiguió 10 de sus 16 puntos como visitante, mientras que en el Cuauhtémoc solamente obtuvo 6 de 15, un raquítico 40%. Y de los 15 puntos que quedan por disputar, nueve se jugarán en casa ante Monterrey, Pumas y San Luis.

Así que la conclusión sería inevitable:

—Gerardo, tenemos que aprender a ganar aquí.

No porque lo diga el presidente. Porque lo dice la tabla.

Después vendrían sobre la mesa los cinco nombres del cierre de calendario: Monterrey, Atlas, Pumas, Querétaro y San Luis.

Y entonces aparecería algo que seguramente llamaría la atención de todos alrededor de aquella mesa.

Monterrey solamente ha conseguido como visitante el 26.7% de los puntos disputados; Atlas, como local, el 33.3%.

Precisamente los próximos dos adversarios. Ahí podría escucharse otra frase:

—Gerardo, aquí está el torneo.

Porque seis puntos frente a Monterrey y Atlas colocarían al Puebla con 22, todavía con nueve por disputar. Pero conseguir solamente dos de esos seis lo dejaría con 18 y necesitando ocho de los últimos nueve para alcanzar nuestra referencia de 26.

No hay demasiado misterio.

Puebla ganó cuatro partidos durante las primeras doce jornadas. Probablemente necesitará ganar tres de los próximos cinco. Casi las mismas victorias… en menos de la mitad de los partidos. Ésa es la verdadera dimensión del reto.

Y entonces, quizá, llegaría la pregunta del presidente:

—Gerardo, ¿qué necesitas de nosotros?

Porque tampoco se vale cargarle todo al entrenador.

Espinoza tendrá que decidir cómo jugar. Los futbolistas tendrán que resolver dentro de la cancha. Y la directiva deberá asegurarse de que afuera de ella no exista una sola excusa.

Pero también tendrá que encontrar la manera de motivar a sus futbolistas para que las cosas sucedan.

Y aquí me imagino algo más.

Me imagino al presidente escuchando el compromiso de Gerardo Espinoza y de su cuerpo técnico.  Diez puntos. Ir por ellos. Y entonces podría decir:

—Si ustedes se comprometen allá adentro, yo me comprometo afuera.

Yo voy por la afición.

Y permítame imaginar todavía un poco más.

Al presidente saliendo personalmente ante los medios.

No mandando un comunicado. No encargándole la convocatoria a las redes sociales.

Él. Dando la cara. Convocando a Puebla. Pidiéndole a la gente tres partidos: Monterrey, Pumas y San Luis. Tres batallas en el Cuauhtémoc.

Como en aquellos tiempos en que Emilio Maurer tomaba los micrófonos de don Enrique Montero Ponce y prácticamente toda Puebla escuchaba qué estaba pasando con su equipo.

Otros tiempos. Otro futbol. Otra ciudad.

Pero también otra manera de entender lo que significaba el Puebla.

Los que vivimos aquellos años de los ochenta y los primeros noventa sabemos perfectamente de qué hablo: las tardes y las noches en el Cuauhtémoc, cuando visitar Puebla podía significar encontrarse no solamente con once futbolistas… sino con un estadio y una ciudad.

Porque entonces había una frase que nos unía a los poblanos:

«Somos muchos más… que 11».

Qué identidad la que consiguieron construir Fernando Canales, Fernando Crisanto y Sergio Mastretta al acuñar aquel eslogan por encargo de la directiva.

Qué momentos aquellos. Y pensar que quizá… Éramos felices y no lo sabíamos.

Porque, amigo lector, el presidente también es parte importante en el funcionamiento de un equipo de futbol. No moviendo piezas. No quitando jugadores. Mucho menos sugiriendo alineaciones.

Ésa no es su función.

El presidente debe parecerse a esos «ingenieros máster» —como les dicen ahora— que conocen perfectamente una maquinaria y son capaces de descubrir algo que nadie más está viendo:

El único tornillo que está flojo. No tiene que apretarlos todos. Tiene que saber cuál apretar para que la maquinaria vuelva a funcionar.

Quizá ése sea precisamente el trabajo que le corresponde hacer ahora al presidente del Puebla. Encontrarlo. Apretarlo. Y conseguir que las cosas sucedan.

Esperemos entonces que tenga algún as bajo la manga. Que el próximo lunes exista esa reunión. Que Gerardo Espinoza ponga sobre la mesa su compromiso. Que la directiva ponga el suyo. Que los jugadores entiendan lo que se están jugando.

Y que después… el presidente salga por la afición.

Porque quedan cinco partidos. Pero quizá todo empiece… Con una reunión el lunes. Y aquí, en Puebla, ¿QUIÉNES PUEDEN SER…?

Los que consigan esos diez puntos que podrían llevarnos a la liguilla. Y mientras tanto, nosotros…

VEREMOS Y DIREMOS.

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