Opinión

Puebla: la ciudad que dejamos de ver por costumbre

El problema no es que Puebla deje de ser bella. El problema es que la rutina y la pantalla nos entrenaron para mirarla sin verla

Hay un momento exacto en que la Catedral de Puebla deja de ser un prodigio y se convierte en “el edificio por donde paso”. No hay una fecha, no hay un aviso. Simplemente un día cruzamos el zócalo mirando el teléfono y ya. Las dos torres más altas de América, la fachada barroca, la piedra que tardó décadas en colocarse, todo eso sigue ahí, imponente, mientras nosotros caminamos con prisa hacia una cita que probablemente no era tan importante.

La costumbre es una forma silenciosa de ceguera. El turista que llega por primera vez se detiene, levanta la cabeza, se queda sin palabras. Nosotros, los que vivimos aquí, pasamos de largo porque “ya lo conocemos”. Pero conocer no es lo mismo que ver. Y ver no es lo mismo que detenerse.

La Catedral no se ofende. Simplemente espera, como ha esperado cuatro siglos, a que alguien decida levantar la vista otra vez.

El centro histórico de Puebla es Patrimonio de la Humanidad. Suena a título de folleto, a frase de letrero turístico, a dato que repetimos sin procesar. Pero la realidad es otra: son calles empedradas que resistieron siglos, casonas con balcones de hierro forjado, techos de teja que aún cuentan historias de familias que ya no están.

Cada esquina tiene un nombre que viene de otro tiempo. Cada fachada tiene una fecha. Cada portón tiene una aldaba que alguna vez alguien tocó con urgencia o con calma. Y nosotros caminamos sobre eso todos los días, rumbo al trabajo, con audífonos, mirando el reloj, sin notar que estamos atravesando un museo vivo.

El problema no es la ciudad. El problema es el piloto automático. Vamos por la vida como quien recorre un pasillo conocido en la oscuridad: sabemos dónde está todo, pero no lo vemos.

Puebla no solo se ve desde la calle. Se esconde en los patios interiores, en las capillas pequeñas que casi nadie visita, en las casonas que abren sus puertas una vez al año o nunca. Hay belleza que no hace ruido.

Una capilla con retablos dorados que nadie mira porque está dentro de un edificio que nadie entra. Un patio con azulejos que sobrevivieron a temblores, inundaciones y modas. Una escalera de cantera que subió alguien hace doscientos años y que hoy subimos nosotros sin pensar en quién la diseñó, quién la talló, quién la subió antes.

Estos lugares no compiten por nuestra atención. No tienen pantalla, no tienen algoritmo, no tienen notificación. Simplemente existen. Y por eso los olvidamos. Porque lo que no interrumpe, no se recuerda.

Aquí es donde la cosa se pone seria. La cocina poblana es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. El mole poblano, los chiles en nogada, el pipián, la tinga, el mole de caderas. Cada platillo tiene historia, técnica, paciencia. Cada uno lleva ingredientes que alguien cultivó, molió, coció durante horas.

Y nosotros lo comemos en la mesa de la casa como si fuera cualquier cosa. Como si el mole fuera una salsa más. Como si los chiles en nogada fueran un trámite de agosto. Como si la cocina poblana no fuera una de las más importantes del país.

El problema no es la comida. El problema es que la costumbre nos quitó el asombro. Comemos sin probar. Tragamos sin agradecer. Y luego decimos que “la comida de aquí es rica”, como si fuera poco, como si fuera obvio, como si no fuera un milagro cotidiano.

Los dulces poblanos merecen su propio capítulo. Los camotes, las tortitas de Santa Clara, los borrachitos, las pepitorias, los jamoncillos. Cada uno con su textura, su color, su historia. Cada uno con su nombre que suena a otra época.

Los vemos en vitrinas, en puestos, en mercados. Y pasamos de largo porque “ya los conocemos”. Pero conocer un dulce no es lo mismo que probarlo con atención. No es lo mismo que detenerse a pensar en quién lo hizo, con qué receta, con qué manos.

El dulce poblano no es un postre. Es una tradición que se hereda, que se enseña, que se protege. Y nosotros lo tratamos como una golosina más.

Aquí llegamos al punto incómodo. No es solo la costumbre. Es también la pantalla. El celular nos entrenó para mirar hacia abajo, para buscar estímulos rápidos, para ignorar lo que no se mueve, lo que no notifica, lo que no brilla con luz azul.

La ciudad sigue ahí, imponente, esperando. Pero nosotros estamos en otro lado, en un feed infinito que nunca termina, en una conversación que no importa, en un video que olvidaremos en cinco minutos. Y mientras tanto, la Catedral sigue ahí. Las calles siguen ahí. Los dulces siguen ahí.

El problema no es la tecnología. El problema es que dejamos que la tecnología decida qué merece nuestra atención. Y la ciudad no compite en esa liga. No tiene algoritmo. No tiene likes. Solo tiene siglos.

Puebla no necesita ser rescatada. Necesita ser vista. Y verla no cuesta nada, no requiere viaje, no requiere permiso. Solo requiere levantar la cabeza, guardar el teléfono un momento, y recordar que vivimos en un lugar que mucha gente paga por conocer.

Lo imponente no deja de serlo porque lo tengamos cerca. Deja de serlo porque dejamos de mirarlo.

Y aquí viene el dato que debería sacudirnos: en 2031, Puebla cumple 500 años. Medio milenio desde aquel 16 de abril de 1531, cuando fray Toribio de Benavente trazó las primeras calles de lo que entonces era solo un valle entre volcanes.

Ya hay un Consejo Ciudadano, “Puebla 500”, integrado por más de un centenar de personas de distintos sectores, que trabaja desde diciembre de 2024 para que la conmemoración no sea un desfile más ni un discurso más. El proyecto es apartidista, financiado con donativos y patrocinios privados, y tiene claro que “una fecha de esta magnitud no puede improvisarse”. Están preparando foros sobre el siglo XVI, sobre la gastronomía fundacional, sobre el patrimonio documental y material que aún no terminamos de valorar.

La pregunta incómoda es esta: ¿vamos a llegar al 2031 sin haber visto la ciudad que vamos a celebrar? ¿Vamos a hacer una fiesta de medio milenio para una Puebla que no conocemos porque nunca levantamos la vista del teléfono? ¿Vamos a conmemorar 500 años de historia con la misma indiferencia con la que pasamos frente a la Catedral todos los días?

El 2031 va a ser un espejo. Y el espejo nos va a devolver la imagen de lo que hicimos, o de lo que dejamos de hacer, con la ciudad que decimos amar.