Puebla no solamente aceleró este domingo; también demostró que tiene gasolina para convertirse en una de las grandes plazas del automovilismo nacional.
La octava fecha de NASCAR México Series volvió a colocar a Puebla en el mapa del automovilismo nacional. El Autódromo Internacional Miguel E. Abed, en Amozoc, fue escenario de una jornada que dejó velocidad, emociones, accidentes, adelantamientos y, sobre todo, una afición que respondió.
Pero reducir lo ocurrido a una carrera sería quedarse corto.
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El automovilismo en Puebla tiene algo que otros deportes profesionales han perdido: la posibilidad de convertirse en una experiencia familiar y en un espectáculo que reúne a distintas generaciones.
Desde las primeras horas, los aficionados comenzaron a llegar al circuito. El ruido de los motores, el olor a combustible y la velocidad convierten al Miguel E. Abed en un escenario diferente. Aquí el espectador no solamente observa: escucha, siente y vive cada vuelta.
Y hay otro ingrediente que merece atención: el talento poblano. Majo Rodríguez volvió a demostrar que Puebla tiene representantes capaces de competir en una categoría de alto nivel. Su clasificación al The Chase, junto con el desempeño de otros pilotos de la entidad, representa una oportunidad para que el automovilismo deje de ser visto únicamente como un deporte de nicho.
Porque detrás de cada piloto hay una historia que pocas veces vemos: años de preparación, patrocinadores, viajes, entrenamiento, sacrificios familiares y una enorme inversión para poder estar en la parrilla.
Por eso, el reto no debe ser únicamente organizar una fecha de NASCAR. El verdadero reto es aprovecharla.
Puebla cuenta con un autódromo que puede recibir competencias de primer nivel, una ubicación estratégica, infraestructura turística y una afición que ha demostrado interés. La pregunta es si autoridades, iniciativa privada y organizaciones deportivas pueden trabajar para convertir una carrera anual en un verdadero proyecto de promoción deportiva y turística.
Una fecha de NASCAR puede generar ocupación hotelera, consumo en restaurantes, movimiento comercial y presencia nacional para Puebla. Pero también puede servir para acercar a niños y jóvenes al automovilismo, crear escuelas, impulsar talento local y generar nuevas oportunidades para quienes sueñan con convertirse en pilotos.
Y ahí está probablemente la mayor oportunidad.
Porque no todos los niños poblanos que llegan al Miguel E. Abed tienen que salir pensando solamente en ser aficionados. Algunos podrían salir pensando: “yo quiero correr aquí algún día”.
Para lograrlo se necesita más que pasión. Se requieren programas de formación, patrocinadores, karting accesible, instalaciones adecuadas y una estrategia que permita que el talento local avance desde las categorías infantiles hasta los grandes campeonatos.
Puebla tiene velocidad. Tiene escenario. Tiene pilotos y tiene afición.
Ahora falta convertir todo eso en un proyecto de largo plazo.
Porque NASCAR en Puebla no debería ser solamente la fecha marcada en el calendario una vez al año.
Debería ser el punto de partida para que Puebla vuelva a acelerar y se convierta, de verdad, en una potencia del automovilismo nacional.