Estudiar un posgrado suele coincidir con una etapa de múltiples responsabilidades. Trabajo, familia, proyectos profesionales y vida personal compiten por un recurso cada vez más escaso: el tiempo. Ante este escenario, preguntarnos si la educación virtual es mejor o peor que la presencial quizá sea partir de una pregunta equivocada. Más que enfrentar modalidades, necesitamos preguntarnos qué experiencias educativas responden mejor a las necesidades de quienes aprenden hoy.
La educación virtual ha dejado de ser simplemente una alternativa ante la imposibilidad de asistir a un campus. Bien diseñada, permite flexibilizar tiempos y espacios, ampliar el acceso y favorecer experiencias en las que cada estudiante asume un papel más activo en la organización de su aprendizaje. La UNESCO señala que la tecnología puede contribuir a superar barreras de acceso y favorecer la inclusión educativa, siempre que su incorporación responda a propósitos pedagógicos y no se convierta en un fin en sí misma (1).
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Esto resulta particularmente relevante en los posgrados. Quien estudia una especialidad o maestría frecuentemente combina su formación con responsabilidades profesionales y personales. La posibilidad de acceder a contenidos, interactuar con otras personas y desarrollar actividades sin desplazarse diariamente puede hacer viable un proyecto académico que, bajo otras condiciones, tendría que posponerse.
Pero flexibilidad no significa menor exigencia, ni virtualidad significa estudiar en soledad.
Una experiencia virtual de calidad requiere diseño, acompañamiento docente, interacción, retroalimentación y construcción de comunidad. La investigación sobre educación en línea ha mostrado que la presencia docente, la presencia social y la presencia cognitiva son elementos fundamentales para generar experiencias educativas significativas (2). Así, la pregunta deja de ser si existe un salón físico y se desplaza hacia algo más importante: ¿cómo hacemos presente a la comunidad educativa?
Desde una universidad jesuita, esta pregunta adquiere además otra dimensión. La cura personalis, entendida como el cuidado y atención integral de cada persona, puede parecer a primera vista vinculada al encuentro presencial. Sin embargo, la virtualidad también puede hacerla posible cuando el diseño educativo reconoce circunstancias, ritmos y trayectorias diversas, y cuando existen personas docentes capaces de acompañar, escuchar, retroalimentar y reconocer a quien se encuentra detrás de una pantalla.
En este sentido, acompañar virtualmente no consiste en estar disponible las 24 horas ni en trasladar una clase presencial a una videollamada. Implica diseñar diferentes formas de hacerse presente: una retroalimentación significativa, un mensaje oportuno, espacios de diálogo, actividades colaborativas o rutas flexibles que permitan avanzar sin perder de vista los objetivos formativos. La tradición educativa de la Compañía de Jesús insiste precisamente en que la educación debe situar a la persona en el centro y atender su contexto particular (3).
¿Significa esto que la educación virtual debe sustituir a la presencial? No necesariamente. Hay experiencias para las cuales compartir físicamente un espacio aporta un valor difícil de reemplazar; otras pueden enriquecerse mediante entornos digitales, y algunas encuentran en la virtualidad su condición de posibilidad.
Quizá, entonces, el futuro del posgrado no esté en decidir entre dos extremos. Está en reconocer que aprender ya no depende de un único tiempo ni de un único lugar y que la calidad educativa no está determinada por la distancia física, sino por la intencionalidad pedagógica, el acompañamiento y la capacidad de construir experiencias significativas.
La pregunta relevante ya no es solamente: ¿virtual o presencial? Es también: ¿qué necesita cada persona para aprender, participar y transformar su realidad? Una pregunta que vale la pena seguir pensando en esta #CiudadDigital.
Referencias:
(1) UNESCO. (2023). Global Education Monitoring Report 2023: Technology in education: A tool on whose terms? UNESCO. https://www.unesco.org/gem-report/en/technology
(2) Garrison, D. R., Anderson, T., & Archer, W. (2000). Critical inquiry in a text-based environment: Computer conferencing in higher education. The Internet and Higher Education, 2(2–3), 87–105. https://doi.org/10.1016/S1096-7516(00)00016-6
(3) International Commission on the Apostolate of Jesuit Education. (2019). Jesuit Schools: A Living Tradition in the 21st Century. Society of Jesus.
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