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OPINIÓN

¿Y dónde está el piloto?

Dos años después del vuelo que llevó a “El Mayo” a EE. UU. la pregunta tiene una vigencia inesperada

Héctor Guerrero

Periodista con más de 30 años de experiencia. Fue coordinador de Gestión Informativa y Corresponsales del periódico Reforma, además de director de Tiempo Real y PoliticaMx, entre otros cargos. Apasionado y en línea con la política y el deporte.

Jueves, Julio 9, 2026

En la célebre comedia estadounidense, la pregunta surgía cuando una aeronave parecía avanzar hacia su destino mientras el caos se apoderaba de la cabina. El espectador reía porque nadie parecía saber quién estaba al mando.

Dos años después del vuelo que llevó a Ismael “El Mayo” Zambada desde Sinaloa hasta territorio estadounidense, la pregunta conserva una vigencia inesperada. La diferencia es que esta vez el avión existió, el piloto también, y las consecuencias continúan sacudiendo la vida pública de dos países.

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El 25 de julio de 2024 ya ocupa un lugar propio en la historia reciente de México. Fue el día en que el narcotráfico escribió uno de sus capítulos más desconcertantes. Ismael Zambada, durante décadas uno de los hombres más buscados del continente, abordó una aeronave convencido de que acudiría a una reunión. Horas después aparecía detenido en Estados Unidos.

Lo que para Washington fue presentado como un éxito histórico, para Sinaloa significó el inicio de una guerra interna cuyos efectos todavía se sienten en calles, negocios y hogares.

Desde entonces han pasado dos años de declaraciones, filtraciones, comunicados, conferencias y versiones encontradas. Lo notable es que mientras el tiempo avanza, las respuestas parecen alejarse.

La reciente línea del tiempo presentada por el Gobierno mexicano buscó ordenar los hechos. Sin embargo, terminó produciendo un efecto contrario. Confirmó que las autoridades conocen muchas cosas sobre aquel vuelo, pero no necesariamente las más importantes. Ordenó fechas. Enumeró actuaciones. Reconstruyó movimientos. Las preguntas centrales siguen intactas.

La Fiscalía General de la República sostiene que recibió información incompleta e incluso contradictoria por parte de las autoridades estadounidenses. El Gobierno mexicano afirma que existieron omisiones graves y falta de cooperación. Washington responde que la operación no fue organizada por el FBI, que el avión no pertenecía al gobierno estadounidense y que tampoco se trató de una misión oficial de sus agencias.

Cada declaración parece diseñada para reducir responsabilidades sin aumentar certezas.

En medio de esa disputa apareció nuevamente Ken Salazar. Y ahí comienza una de las ironías más notables de todo este episodio. Durante buena parte del sexenio anterior fue presentado como un interlocutor privilegiado. Participó en reuniones estratégicas, acompañó proyectos prioritarios y fue recibido como un aliado de la relación bilateral.

Hoy, en cambio, parece haberse convertido en el villano favorito de la narrativa oficial. Resulta una transformación tan repentina como políticamente útil.

El problema es que los calendarios tienen mala costumbre de conservar memoria. Ken Salazar fue embajador de Joe Biden. No llegó con Donald Trump. No formó parte de su equipo político. No representó a la actual administración republicana. Si hubo errores, omisiones o zonas oscuras durante aquel periodo, resulta cómodo concentrar las responsabilidades en una figura que ya abandonó el escenario.

Para México representa una explicación accesible. Para Trump representa una herencia demócrata. Para ambos lados de la frontera funciona como un personaje ideal para absorber culpas.

Las propias declaraciones de Salazar añaden una capa adicional de complejidad. El exembajador ha insistido en que la captura de El Mayo no fue una operación organizada por Estados Unidos

“No fue nuestro avión, ni nuestro piloto, ni nuestra operación”, afirmó recientemente.

La frase busca deslindar responsabilidades, pero termina generando más interrogantes que respuestas. Si no fue una operación estadounidense, ¿cómo terminó convirtiéndose en uno de los golpes más importantes obtenidos por la justicia estadounidense en décadas?

La respuesta oficial parece conducir siempre hacia una misma dirección: una traición interna dentro del propio universo criminal. Joaquín Guzmán López habría engañado a El Mayo para llevarlo hasta territorio estadounidense. Esa explicación describe el desenlace.

Lo que todavía no explica es todo aquello que ocurrió antes y después. Porque una operación de semejante magnitud difícilmente puede analizarse únicamente desde la óptica de quienes abordaron la aeronave. Existen demasiadas piezas alrededor del tablero.

La línea del tiempo presentada por el Gobierno describe trayectorias aéreas, intercambios diplomáticos y actuaciones ministeriales. Lo que no consigue explicar es el contexto político que rodeó los acontecimientos.

Durante dos años han circulado investigaciones periodísticas, versiones y especulaciones sobre distintos actores que pudieron conocer aspectos del operativo. Ninguna de esas hipótesis ha sido acreditada judicialmente. Tampoco han sido completamente desmentidas. Sobreviven porque las investigaciones oficiales aún no han logrado cerrar todos los espacios de duda.

Y entonces reaparece el personaje central de esta historia. El piloto. El hombre que estuvo presente durante cada minuto decisivo. El único testigo capaz de describir quién abordó la aeronave, quién habló durante el trayecto, qué ocurrió dentro de la cabina y cuáles fueron las circunstancias exactas del vuelo.

Durante meses permaneció envuelto en una niebla informativa. Finalmente se confirmó que México terminó entregándolo a Estados Unidos.

La decisión resulta extraordinaria por una razón elemental. Durante dos años el Gobierno mexicano reclamó información a Washington. Durante dos años denunció falta de cooperación. Durante dos años exigió conocer detalles del operativo. Al mismo tiempo, el principal depositario de información sobre aquel vuelo terminó bajo jurisdicción estadounidense. El único hombre capaz de llenar algunos de los espacios vacíos de la historia ya no se encuentra disponible para las autoridades mexicanas.

La paradoja merece atención. México exige transparencia. Estados Unidos concentra testigos. México reclama información. Estados Unidos administra información. México denuncia omisiones. Estados Unidos posee a quienes podrían aclararlas.

La escena parece salida de un libreto escrito por los guionistas de la película que inspira el título de esta columna. Todos hablan del avión. Todos discuten la ruta. Todos analizan el aterrizaje. Nadie parece tener acceso al hombre que iba en los controles.

Como si la historia necesitara más contradicciones, apareció otro episodio igualmente revelador. Washington permitió el ingreso de familiares de Ovidio Guzmán a territorio estadounidense en el contexto de las negociaciones derivadas de su cooperación con fiscales federales. El Gobierno mexicano reconoció posteriormente que no fue informado con anticipación.

Otra vez los acontecimientos ocurrieron primero y las explicaciones llegaron después. Otra vez México pareció enterarse cuando el vuelo ya había aterrizado.

La imagen comienza a repetirse demasiado. Estados Unidos negocia. Estados Unidos administra testigos. Estados Unidos protege colaboradores. Estados Unidos define tiempos y condiciones. México protesta. México solicita aclaraciones. México reconstruye los hechos una vez consumados. Resulta difícil hablar de coordinación estratégica cuando una de las partes parece conocer siempre el siguiente movimiento y la otra intenta comprender el anterior.

Quizá por eso la línea del tiempo presentada esta semana termina funcionando más como una pieza política que como una explicación definitiva. Organiza información. Enumera actuaciones. Ordena cronologías. Pero deja intacto el núcleo del misterio. Porque el problema nunca fue saber qué día despegó el avión. El problema es entender quién sabía realmente hacia dónde se dirigía y quién terminó controlando las consecuencias de aquel vuelo.

Las cajas negras existen para explicar por qué cayó una aeronave. En este caso, la caja negra parece haberse convertido en un mecanismo para impedir que alguien conozca toda la verdad sobre el trayecto. Y mientras las versiones oficiales continúen multiplicándose más rápido que las respuestas, la pregunta seguirá sobreviviendo a cada conferencia, a cada informe y a cada comunicado.

Porque detrás de todas las cronologías, detrás de todas las disputas diplomáticas y detrás de todas las narrativas políticas permanece un hombre que estuvo presente durante el episodio más importante de esta historia.

Y dos años después, México sigue sin poder responder con claridad una pregunta que debería ser la más sencilla de todas: ¿Y dónde está el piloto?

Tiempo al tiempo.

@hechuerrero

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