Jueves, 11 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El Atoyac no se rescata con anuncios

El río está esperando que dejemos de usarlo como símbolo y empecemos a tratarlo como responsabilidad

Jerónimo Chavarría

Maestro en Ciencias en Edafología del Colegio de Posgraduados. Biólogo por la UAM - Iztapalapa Actualmente Jefe del Laboratorio de Cambio Climático y Ordenamiento Territorial en la IBERO Puebla.

Jueves, Junio 11, 2026

Cada cierto tiempo, el río vuelve a la conversación pública. Se anuncian planes, reuniones, inversiones, compromisos y nuevas etapas de saneamiento. Se dice, otra vez, que ahora sí. Y por supuesto que es importante que el tema esté en la agenda. Lo preocupante no es que se hable del Atoyac; lo preocupante es que llevamos años hablando de él sin poder responder con claridad una pregunta elemental: ¿el río está mejor o solo está más anunciado?

Porque una cosa es intervenir un río y otra muy distinta es rescatarlo. Una obra puede inaugurarse. Una planta puede aparecer en un informe. Una mesa de trabajo puede instalarse. Una fotografía puede circular con funcionarios mirando el cauce con gesto grave. Pero el río no mejora por la solemnidad con que se le observa.

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Mejora cuando deja de recibir descargas impunes, cuando se vigila de manera constante, cuando las plantas funcionan, cuando las industrias cumplen, cuando los municipios hacen su parte y cuando la ciudadanía puede saber, sin tener que convertirse en detective ambiental, qué está pasando con el agua.

El Atoyac no es solo un río contaminado. Es una especie de archivo líquido de nuestras decisiones. Ahí se acumulan décadas de urbanización desordenada, descargas industriales, omisiones municipales, permisividad institucional y una idea de desarrollo que trató al territorio como si pudiera absorberlo todo. Durante mucho tiempo pareció que lo importante era producir, construir y crecer; ya después veríamos qué hacer con los residuos, las descargas y los daños. Bueno: el “después” es ahora. Y tiene nombre de río.

Por eso el saneamiento del Atoyac no puede reducirse a una narrativa de buena voluntad. No basta con decir que hay compromiso. No basta con repetir que se está trabajando. No basta con prometer que esta vez será diferente. La diferencia tendría que poder verse, medirse y entenderse. No para llenar la discusión pública de tecnicismos, sino para algo mucho más básico: saber si lo que se está haciendo sirve.

La ciudadanía no necesita un tratado de química del agua para exigir claridad. Necesita saber si hay menos contaminación, si las descargas están identificadas, si alguien las está deteniendo, si las sanciones existen, si las plantas de tratamiento operan y si las comunidades expuestas están siendo escuchadas. La pregunta no es técnica; es política: ¿quién se hace responsable?

El Atoyac también nos obliga a hablar de justicia ambiental. La contaminación no afecta a todos por igual. Hay comunidades que viven cerca del deterioro, que respiran sus olores, que padecen sus riesgos y que cargan con la incertidumbre. Mientras tanto, otros sectores se benefician de las actividades urbanas e industriales que producen parte del problema. Esa desigualdad no puede seguir escondida bajo palabras bonitas como “rescate”, “coordinación” o “saneamiento integral”. A veces esas palabras sirven; otras veces funcionan como cortinas de humo con buena dicción.

El río no necesita más promesas río arriba. Necesita menos impunidad corriente abajo.

Si de verdad se quiere sanear el Atoyac, tendría que existir una forma pública, sencilla y permanente de seguir el proceso. No un documento perdido en una página institucional. No una presentación para eventos. No una frase de campaña ambiental. Un sistema claro de seguimiento que permita saber qué se está haciendo, dónde, con qué resultados y quién responde cuando no hay avances.

Eso no es sabotear los esfuerzos de gobierno. Al contrario: es tomarlos en serio. Si una política pública es buena, debe resistir la luz. Si una acción está funcionando, debe poder demostrarse. Y si no está funcionando, más vale saberlo pronto que seguir aplaudiendo mientras el río carga con la factura.

El problema del Atoyac no es falta de discursos. Discursos ha tenido de sobra. Lo que falta es continuidad, vigilancia, responsabilidad y una relación menos hipócrita con el territorio. Porque no se puede hablar de futuro sustentable mientras se tolera que un río siga funcionando como drenaje de un modelo urbano e industrial que nadie termina de corregir.

El Atoyac no necesita ser fotografiado limpio. Necesita dejar de enfermar territorios. Necesita que dejemos de tratarlo como paisaje dañado y empecemos a verlo como lo que es: una prueba pública de nuestra capacidad —o incapacidad— para gobernar el agua, la ciudad y la industria.

Un río no se rescata cuando aparece en una conferencia de prensa. Se rescata cuando deja de ser el lugar donde terminan las omisiones de todos.

 

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