Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso.
En cuestión de segundos podemos consultar bibliotecas enteras, acceder a investigaciones científicas, conversar con sistemas de inteligencia artificial y conocer acontecimientos que ocurren al otro lado del planeta. Sin embargo, también podemos ser engañados por una imagen falsa, una voz sintetizada o un video generado por computadora que parece absolutamente real. La paradoja merece una reflexión profunda.
Más artículos del autor
Hace treinta años, el astrónomo Carl Sagan publicó un libro que hoy parece escrito para describir nuestro presente: El mundo y sus demonios. En él advertía que una sociedad puede disfrutar de enormes avances tecnológicos y, aun así, perder la capacidad de pensar críticamente.
Sagan escribió una frase que sigue siendo extraordinariamente vigente: “La ciencia es una vela en la oscuridad” (Sagan, 1995, p. xiii). La oscuridad de la que hablaba no era la falta de tecnología. Era la falta de criterio.
Y quizá ese sea precisamente el problema que enfrentamos hoy. Porque la inteligencia artificial ha multiplicado nuestras capacidades, pero no necesariamente nuestra sabiduría.
La tecnología puede ayudarnos a escribir más rápido, traducir mejor, producir imágenes impresionantes o resolver problemas complejos. Pero ninguna aplicación puede sustituir el juicio humano. Ningún algoritmo puede reemplazar el sentido común.
Y aquí aparece otro autor sorprendentemente actual: G. K. Chesterton. Mucho antes de internet, Chesterton observó que las sociedades modernas corrían un riesgo peculiar: no dejar de creer, sino empezar a creer cualquier cosa.
Su advertencia fue contundente: “El problema no es que las personas crean en nada; el problema es que pueden creer cualquier cosa” (Chesterton, 1908/2007, p. 36).
¿No describe exactamente lo que vemos todos los días en las redes sociales? Rumores que se convierten en noticias. Opiniones que se presentan como hechos. Teorías conspirativas compartidas millones de veces. Y ahora, además, contenidos generados por inteligencia artificial con apariencia de absoluta credibilidad.
La discusión sobre la IA suele centrarse en la tecnología: cuántos empleos cambiarán, qué tareas podrán automatizarse o qué tan inteligentes serán las máquinas dentro de diez años. Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
El verdadero desafío no consiste en saber qué tan inteligente será la inteligencia artificial. Consiste en saber qué tan inteligentes seguiremos siendo nosotros. Porque una sociedad no se fortalece únicamente acumulando información. Se fortalece desarrollando criterio para interpretarla.
La socióloga Shoshana Zuboff ha explicado que vivimos en una economía donde nuestra atención se ha convertido en mercancía. Como señala en La era del capitalismo de vigilancia: “La experiencia humana se reclama como materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y ventas” (Zuboff, 2019, p. 8).
Dicho de otra manera: ya no solamente consumimos tecnología. La tecnología también nos consume a nosotros. Nuestros hábitos, emociones, preferencias y comportamientos se han convertido en datos. Y esos datos alimentan sistemas cada vez más sofisticados de predicción e influencia.
Por eso la cuestión central de nuestro tiempo no es tecnológica. Es profundamente humana. La reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV lo resume con una frase que debería hacernos reflexionar: “Más poderoso no significa necesariamente mejor” (León XIV, 2026, n. 24).
Durante décadas hemos confundido innovación con progreso. Pero la historia demuestra que no son sinónimos. Una tecnología puede ser extraordinariamente poderosa y, al mismo tiempo, producir efectos negativos sobre la cohesión social, la libertad o la dignidad humana.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a resolver problemas enormes. Pero también puede amplificar la manipulación, la polarización y la dependencia tecnológica.
Por eso necesitamos algo más que ingenieros. Necesitamos ciudadanos. Necesitamos educadores. Necesitamos padres de familia. Necesitamos líderes capaces de enseñar a las nuevas generaciones a distinguir entre información y verdad. Entre popularidad y conocimiento. Entre eficiencia y sabiduría.
Carl Sagan hablaba de una vela en la oscuridad. Chesterton hablaba del sentido común, León XIV habla del respeto a la dignidad humana. Quizá están describiendo la misma realidad.
Porque en una época donde los algoritmos parecen saber cada vez más, la verdadera revolución no será tecnológica. Será humana. Y dependerá de algo tan antiguo como indispensable: nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.
Les invito a ver el Video de “Laicos en la Vida Pública” sobre este tema:
Referencias
Chesterton, G. K. (1908/2007). Orthodoxy. Dover Publications.
Ortodoxia: Chesterton, G. K. (Gilbert Keith), 1874-1936: Internet Archive
León XIV. (2026, mayo 15). Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Libreria Editrice Vaticana.
Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026)
Sagan, C. (1995). The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark [El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad]. Ballantine Books..
Sagan_-_The_Demon-Haunted_World___Science_as_a_candle_in_the_dark.pdf
Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power [La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder]. PublicAffairs.
La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder - Libro - Profesorado e investigación - Harvard Business School