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OPINIÓN

Entre la empatía y exigencia: desafío de educar hoy

Defender la exigencia no significa regresar a modelos autoritarios o violentos

Mariana Solana Filloy

Licenciada en Procesos Educativos por la Universidad Iberoamericana Puebla, donde colabora como docente. Forma parte del equipo de Formación y Orientación Educativa de la misma Institución. Ha participado en investigaciones relacionadas con la formación docente y los estudiantes normalistas.

 
 
 
 

Martes, Junio 2, 2026

Durante los últimos años, el discurso educativo ha cambiado de manera profunda. Conceptos como bienestar emocional, salud mental, crianza respetuosa y educación empática han ganado un lugar central en las conversaciones sobre infancia y juventud. Y eso, sin duda, representa un avance importante. 

Después de décadas marcadas por estilos autoritarios, castigos excesivos y poca atención a las emociones de niños y adolescentes, era necesario construir espacios más humanos y respetuosos. El problema aparece cuando el péndulo se mueve al extremo contrario. 

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Hoy pareciera que, en nombre del bienestar emocional, estamos confundiendo el cuidado con la ausencia total de exigencia. En muchos hogares y escuelas se evita cualquier experiencia que genere frustración, incomodidad o esfuerzo prolongado. Se resuelven problemas antes de que los estudiantes intenten enfrentarlos, se justifican constantemente sus errores y se eliminan consecuencias para evitar que “se sientan mal”. Sin embargo, educar no significa proteger de toda dificultad, sino preparar para enfrentarla. 

La frustración, aunque incómoda, es parte indispensable del desarrollo humano. Aprender implica equivocarse, tolerar el error, sostener el esfuerzo y entender que no siempre habrá recompensas inmediatas. Cuando un niño crece acostumbrado a obtener todo rápidamente, sin límites claros y con adultos resolviendo cada obstáculo, difícilmente desarrolla autonomía. Más bien, se vuelve dependiente de que alguien más organice, intervenga o solucione por él. 

Esto se refleja cada vez más en distintos espacios educativos y sociales. Los docentes se enfrentan a estudiantes con baja tolerancia a la crítica, dificultad para aceptar reglas y poca capacidad para sostener procesos que requieren disciplina. Incluso en el ámbito laboral comienzan a observarse problemas relacionados con el cumplimiento de horarios, responsabilidades y manejo de la frustración.

No se trata de descalificar a las nuevas generaciones ni de repetir etiquetas simplistas como “generación de cristal”, sino de reconocer que ciertos estilos de crianza y educación pueden estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales fundamentales.  

Paradójicamente, en una época donde existe mayor conciencia sobre salud mental, ansiedad y depresión, también vemos índices preocupantes de malestar emocional en niños y jóvenes. Esto obliga a preguntarnos si realmente estamos fortaleciendo su bienestar o si, al intentar evitar cualquier incomodidad, les estamos quitando oportunidades para desarrollar resiliencia. Porque la resiliencia no aparece en ausencia de dificultades; se construye precisamente al aprender a enfrentarlas. 

Parte de esta situación también tiene relación con el papel que han adquirido las familias dentro de las escuelas. En muchos casos, los padres intervienen constantemente para defender a sus hijos, cuestionar decisiones docentes o evitar consecuencias académicas y disciplinarias. A esto se suma una lógica de mercado en algunos espacios educativos privados, donde estudiantes y familias son vistos como clientes que deben mantenerse satisfechos.

El resultado debería preocuparnos a todos: docentes con menos autoridad, directivos temerosos de perder matrículas y estudiantes que perciben que las reglas siempre son negociables. 

Algo similar ocurre con políticas educativas que reducen o eliminan la reprobación. Aunque muchas de estas medidas parten de intenciones positivas relacionadas con la inclusión y el cuidado integral, también pueden transmitir un mensaje equivocado: que la falta de esfuerzo y responsabilidad tienen pocas consecuencias reales. Cuando las deficiencias académicas se arrastran sin atenderse oportunamente, el problema crece hasta niveles superiores, afectando tanto el aprendizaje como la percepción del valor del proceso educativo. 

Por supuesto, defender la exigencia no significa regresar a modelos autoritarios o violentos. La educación empática sí es posible, y además necesaria. Escuchar a los estudiantes, reconocer sus emociones y atender la diversidad no está peleado con establecer límites claros. El verdadero equilibrio consiste en combinar acompañamiento con responsabilidad, comprensión con consecuencias y respeto con estándares académicos sólidos. 

Finalmente, no puede ignorarse el impacto de la cultura digital y la inmediatez. Vivimos en una sociedad donde prácticamente todo puede obtenerse de manera instantánea: información, comida, entretenimiento, compras e incluso tareas escolares. La tecnología ha facilitado enormemente la vida cotidiana, pero también ha reforzado la expectativa de resultados rápidos y sin esfuerzo. En este contexto, habilidades como la paciencia, la planeación y el esfuerzo sostenido se vuelven cada vez más difíciles de desarrollar, pero más necesarias.  

Educar hoy implica enfrentar un desafío complejo: formar personas emocionalmente sanas, pero también capaces de tolerar la frustración, asumir responsabilidades y sostener esfuerzos a largo plazo. El bienestar emocional no debe construirse eliminando toda dificultad del camino, sino enseñando a transitarla con herramientas, límites y acompañamiento. Porque proteger excesivamente a las nuevas generaciones puede terminar dejándolas más vulnerables frente a la vida real. 

 

 

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