En el marco del vigésimo aniversario de la campaña electoral más épica en la historia moderna de nuestro país, es el momento idóneo para rememorar aquellos días en Puebla.
Mi trayectoria en la izquierda comenzó formalmente en 1997, año en que me afilié al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Mi credencial fue firmada por el entonces presidente del Comité Ejecutivo Nacional, Andrés Manuel López Obrador. En aquella época, alternaba mi actividad empresarial con colaboraciones como analista de negocios en diversos medios de radio y televisión.
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Años después, ya como militante activo, se emitió la convocatoria para las candidaturas a diputaciones federales, al Senado y a la Presidencia de la República para el proceso electoral de 2006. Decidí registrarme para competir por el Distrito XI de Puebla, la demarcación con mayor arraigo panista en el país, la cual había aportado la mayor cantidad de votos a Vicente Fox a nivel nacional en el año 2000.
Fui seleccionado como candidato durante la Semana Santa de 2006. El viernes 14 de abril, mientras me encontraba en Coatzacoalcos, Veracruz, atendiendo a unos clientes, recibí la notificación oficial a las simbólicas tres de la tarde: era el candidato a la diputación federal por la coalición PRD/PT/Convergencia. De inmediato regresé a Puebla para coordinar los trabajos de campaña.
El compromiso con nuestro candidato presidencial era enorme; por ello, desplegamos una campaña intensa que sumó más de 47 mil votos para Andrés Manuel López Obrador y para mi fórmula, una cifra histórica en un distrito donde la izquierda nunca había superado los 10 mil sufragios. La historia posterior es conocida: López Obrador no llegó a la presidencia en ese periodo y yo no obtuve la diputación.
Posteriormente, en 2007, gané la elección interna para presidir el Comité Ejecutivo Estatal del PRD en Puebla. Tras transitar con más pena que gloria por la elección intermedia de 2009, enfrentamos el proceso local de 2010. Sobre este episodio, deseo ser categórico frente a las críticas recibidas: la política de alianzas respondió a una estrategia nacional.
Recibí la instrucción de respaldar la coalición con el Partido Acción Nacional. En vísperas de la firma del acuerdo, Manuel Camacho Solís (QEPD) me citó en sus oficinas de la Ciudad de México para transmitir el mensaje:
«Andrés Manuel quiere evitar la victoria del PRI en Puebla, un estado gobernado por ese partido de forma ininterrumpida durante 81 años». Manifesté mis reservas como hombre liberal ante la idea de marchar junto al conservadurismo, a lo que Camacho Solís, visiblemente contrariado, respondió: «No harás campaña con la ultraderecha del Yunque, sino con Rafael Moreno Valle. Con él hay una oportunidad real de derrotar al PRI».
Disciplinado a la estrategia, acaté la instrucción y en 2010 se logró la alternancia en la gubernatura. En esa etapa contamos también con el respaldo decidido de Marcelo Ebrard Casaubón, con quien cultivé una sólida amistad que hoy se encuentra pausada debido a la distancia de los años. El tiempo demostró que la prioridad compartida era desplazar al partido hegemónico.
Hoy, a 20 años de la gesta de 2006, queda claro que aquella campaña no solo fue la más vibrante de la era contemporánea, sino el punto de inflexión que reconfiguró el mapa político del México actual.