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Opinión



Formar buenas personas

Lunes, Enero 8, 2018 - 06:26
 
 
   

“Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”

Para Nacho Ávila, por el reencuentro y la nostalgia.

Para Carlos Castro Páramo, por su presencia educadora.

“Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Antonio Machado. Autorretrato.

Recuerdo un patio de recreo en el que los profesores y el director, en lugar de encerrarse a tomar café y descansar de nosotros, se mezclaban con los estudiantes en los pasillos y en las canchas de juego y hacían bromas, compartían el momento del lunch, disfrutaban conociendo e interactuando con todos porque el recreo era un momento educativo fundamental.

Recuerdo un auditorio lleno por la convocatoria de una misa o una ceremonia y los instrumentos musicales -guitarras eléctricas, batería, teclado y bajo electrónico y otros- para animar las celebraciones acompañando al coro legendario –Audición coral 77, 78…según el año se empezó a llamar en algún momento- con música de todo el mundo, incluyendo canciones litúrgicas en italiano traducidas por nuestro profesor de Español.

Recuerdo todas las tardes de torneos de fútbol, voly, basket, frontón o lo que fuera, las tardes activas en las que todos los alumnos y algunos profesores compartíamos y competíamos –yo no tanto, siempre fui pésimo deportista- en un espíritu de “fair play” aunque aún no existiera este término.

Recuerdo un grupo de “exploradores” que dirigidos por el director de la escuela salíamos de excursión los fines de semana, puentes o vacaciones. A subir la Malinche, el Popo, el Pinal, el Telapón, etc. pero sobre todo a aprender de esfuerzo, disciplina, tolerancia a la frustración, colaboración para lograr metas comunes, solidaridad con los que eran menos hábiles, alegría compartida al hacer cumbre o regresar cansados pero satisfechos por lo vivido.

Recuerdo una comunidad educativa viva, alegre, basada en la “Pedagogía preventiva” de Don Bosco que plantea precisamente que en lugar de castigar la indisciplina o los malos comportamientos la educación tiene el poder de evitarlos a partir de la presencia, el acompañamiento y la actividad constructiva constante.

Recuerdo en fin, un director carismático que supo construir y alimentar un equipo comprometido de profesores, identificado plenamente con una visión educativa, comprometido cotidianamente en alcanzarla a través del ejemplo, de la vivencia de los valores que se encarnaban más allá de los discursos y la moralina.

Todo eso sucedía en una escuela ubicada en medio de un “barrio bravo”, en un entorno difícil de vecindades, bandas juveniles, acceso al alcohol, la droga, la prostitucón. No era un entorno fácil y sin embargo muchos fueron los logros de esta comunidad educativa en términos de influir positivamente en ese contexto y de cambiar la vida de muchos niños y adolescentes que vivían en él.

Hace ya muchos años, ya siendo profesionistas, dialogando con un ex compañero de esta escuela me dijo con mucha convicción: “Es que en esa escuela te hacían ser una buena persona, independientemente de lo que en el campo laboral o profesional llegaras a vivir”.

Es cierto, aún con el riesgo de que la afectividad influida por la nostalgia sesgue mi apreciación de lo que esta escuela hacía con sus estudiantes, he visto a lo largo de los años, décadas ya, muchísimos ejemplos de egresados que aún viniendo de ese contexto socio-económico desfavorecido y complicado se convirtieron en personas de bien, en ciudadanos honestos y constructivos, en buenos padres de familia, en amigos fieles, en seres humanos que siguen soñando con un mundo mejor y tratan de vivir con alegría la apuesta por cambiar esta realidad en que vivimos.

Recientemente en el panel que tuve el honor de moderar en el XIV Congreso Nacional de Investigación Educativa celebrado en San Luis Potosí, la Dra. Cecilia Fierro, investigadora experta en el tema de convivencia escolar compartía a partir de investigaciones realizadas recientemente, evidencias de profesores y escuelas que a partir de un compromiso similar al que relato de la escuela en la que crecí, han logrado transformar vidas y entornos sociales de violencia y otras conductas de riesgo.

En un año que inicia con un panorama especialmente difícil para nuestro país, en un contexto en el que la desmoralización social no solamente no se revierte sino que parece reforzarse, me parece importante renovar la esperanza en el potencial que tienen los educadores y las instituciones educativas que realmente creen en una convivencia humana distinta y se comprometen a trabajar para construirla.

Con esta convicción y esperanza reinicio mis colaboraciones semanales en E-Consulta deseando un excelente año 2018 a mis cinco lectores y a todos los ciudadanos de este país que clama por un cambio.


Semblanza

Martín López Calva

Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala, maestro en Educación superior por la misma universidad y en Humanismo universitario por la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha sido dos veces “Lonergan Fellow” por el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007). Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación y enlace de la UIA Puebla en el campo estratégico de “Modelos y políticas educativas” del sistema universitario jesuita (SUJ) desde agosto de 2007 hasta marzo de 2012 y académico de tiempo completo en esta universidad desde abril de 1988 hasta marzo de 2012 donde obtuvo el reconocimiento de académico numerario e imparte hasta la fecha cursos de licenciatura y posgrado en el área de Educación. Tiene experiencia docente a nivel de licenciatura, posgrado y formación de profesores en la UIA Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, Universidad de las Américas Puebla, Universidad Anáhuac y otras desde 1988. Actualmente es Director académico de posgrados en Artes y Humanidades de la UPAEP. Ha publicado diecisiete libros sobre temas educativos (los más recientes: Educación humanista –tres tomos- en Ed. Gernika y Gestión curricular por competencias en educación media y superior, en coautoría con Juan Antonio García Fraile), diez capítulos en libros colectivos y alrededor de 45 artículos en revistas de educación.

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