Vives haciendo marketing y ni cuenta te has dado
«Cada ‘buenos días’ en WhatsApp, cada selfie, cada antojo que publicas: todo es marketing. Aprende a verlo.»
Cada mañana, millones de personas en Puebla despiertan, toman su celular y, sin saberlo, ejecutan una de las estrategias de mercadotecnia más antiguas y efectivas del mundo: se posicionan. Lo hacen cuando suben una foto del desayuno, cuando escriben «buenos días» en el grupo familiar, cuando comparten el meme del momento o cuando etiquetan a su mejor amigo en una publicación que nadie pidió. No lo saben, pero están haciendo marketing. Y lo hacen todos los días, con una constancia que ya quisieran las agencias de publicidad.
El problema no es que lo hagan. El problema es que no lo entienden. Y lo que no se entiende, no se controla. Así que vamos a ponerle nombre y apellido a eso que haces a diario sin darte cuenta.
Empecemos por romper un mito. La mercadotecnia no es solo anuncios, espectaculares ni vendedores insistentes. Marketing es, en su definición más simple, el proceso de crear, comunicar y entregar valor para satisfacer necesidades. Y eso, querido lector, lo haces desde que te levantas.
Cuando eliges qué ropa ponerte, estás segmentando tu audiencia. Cuando decides qué foto de perfil usar en WhatsApp, estás construyendo tu branding personal. Cuando respondes con un emoji en lugar de un texto completo, estás gestionando tu engagement. Cuando dejas de contestarle a alguien, estás aplicando una estrategia de desposicionamiento (o, en términos coloquiales, «ya no me interesas»).
No hay exageración aquí. La mercadotecnia es una disciplina que estudia el comportamiento humano en el intercambio de valor. Y tú, aunque nunca hayas abierto un libro de Kotler, intercambias valor todo el día: atención, tiempo, afecto, información. Lo haces con estrategia, aunque no lo sepas. Lo haces con táctica, aunque no lo nombres.
Vamos a lo concreto. Aquí tienes cinco cosas que haces cotidianamente y que, si las vieras con ojos de mercadólogo, te darías cuenta de que ya eres un estratega sin título.
Uno: tu foto de perfil es tu logotipo. No la eliges al azar. La escoges según lo que quieres proyectar: serio, divertido, profesional, misterioso. Esa imagen es tu marca. Y cuando la cambias, estás haciendo un rebranding. Cuando la dejas igual durante años, estás apostando por la consistencia de marca. Ambas son decisiones de marketing, aunque las tomes en cinco segundos.
Dos: tus estados de WhatsApp son tu contenido. Ahí publicas lo que quieres que otros vean: tu comida, tu gym, tu mal día, tu nuevo corte de pelo. Estás generando contenido para una audiencia que, aunque sea pequeña, te consume. Y cuando alguien ve tu estado y reacciona, estás midiendo tu engagement sin usar una sola métrica formal.
Tres: tus «buenos días» son tu call to action. Ese mensaje que envías cada mañana al grupo familiar no es solo cortesía. Es una invitación a la interacción. Es un recordatorio de que existes. Es, en términos técnicos, una llamada a la acción de bajo costo y alto retorno emocional. Y funciona. Por eso lo repites o si no funciona, sigues presente.
Cuatro: tu lista de contactos es tu base de datos. Tienes a tus amigos, a tus compañeros de trabajo, a tu familia, separados por grupos. Estás haciendo segmentación de audiencias. Cuando decides a quién le cuentas qué, estás haciendo targeting. No lo llamas así, pero lo haces.
Cinco: cuando recomiendas un lugar, eres un influencer. No necesitas un millón de seguidores. Cuando le dices a tu amigo «ve a ese taquería, está buenísimo», estás haciendo marketing de boca en boca. Estás promocionando una marca, generando confianza y moviendo decisiones de compra. Eso, en la industria, se llama influencer marketing de proximidad. Y lo haces gratis.
Hay un fenómeno que merece capítulo aparte: las cadenas de WhatsApp. Esas que dicen «reenvía esto a 10 contactos o tendrás 7 años de mala suerte». Son un ejemplo brutal de marketing viral mal ejecutado, pero marketing al fin.
Piénsalo: alguien creó un mensaje con un objetivo (que se difundiera), diseñó un incentivo (la amenaza o la promesa), y lo lanzó a una red de contactos. Eso es una campaña de *viralidad* de manual. Lo malo es que no tiene producto, no tiene marca y no tiene ética. Pero técnicamente, es marketing. Y funciona. Se reenvía. Se comparte. Se multiplica. Millones de personas lo hacen sin saber que están participando en una estrategia de difusión diseñada por alguien más.
Ahora imagina si ese mismo esfuerzo se aplicara a algo útil. Ahí está el poder del marketing: puede usarse para vender tamales o para manipular conciencias. La diferencia está en quien lo ejecuta y con qué intención.
La razón principal por la que la gente no reconoce su propio marketing es cultural. Nos enseñaron que el marketing es cosa de empresas, de anuncios, de gente con traje que trabaja en oficinas con vidrio polarizado. Nos enseñaron que el marketing es «vender», y vender es «algo que hacen los vendedores». Nadie nos dijo que el marketing es una forma de comunicación, y que todos comunicamos.
Además, el marketing tiene mala fama. Se le asocia con manipulación, con engaño, con la creación de necesidades falsas. Y aunque hay mucho de eso en la industria, también hay una verdad incómoda: el marketing es una herramienta. Como un cuchillo. Puedes usarlo para cortar pan o para lastimar a alguien. La herramienta no es buena ni mala; el uso lo define.
Cuando entiendes que ya haces marketing, dejas de ser un espectador y te conviertes en un actor consciente. Puedes decidir qué proyectar, cómo comunicarlo y para qué. Puedes dejar de reenviar cadenas sin sentido. Puedes construir una marca personal coherente con lo que eres. Puedes, en resumen, dejar de hacer marketing por accidente y empezar a hacerlo con intención.
No todo el marketing cotidiano es valioso. Hay uno que construye y otro que destruye. El que construye es el que se hace con autenticidad: cuando compartes algo que realmente te importa, cuando recomiendas algo porque te funcionó, cuando saludas porque te nace. Ese marketing genera confianza y fortalece vínculos.
El que destruye es el que se hace por inercia o por vanidad: la foto que subes solo para que te digan «qué guapo», el mensaje que envías solo para que no se olviden de ti, la cadena que reenvías porque «por si acaso». Ese marketing no construye nada. Solo ocupa espacio. Aprovecho a invitarte a leer mi libro “Usar en caso de emergencia”, lo encuentras en Amazon, ahí encontrarás muchas anécdotas que te harán ver el marketing de una mejor manera, aplicándolo en tu día a día.
En mi podcast Marketing que Conecta siempre insisto en lo mismo: el mejor marketing es el que conecta de verdad. Y conectar de verdad no requiere espectaculares ni presupuestos millonarios. Requiere intención, coherencia y generosidad. Lo demás es ruido.
La próxima vez que tomes tu celular para subir una foto, escribir un mensaje o reenviar una cadena, recuerda esto: estás haciendo marketing. No hay forma de evitarlo. La pregunta no es si lo haces o no; la pregunta es si lo haces bien o mal.
Puedes seguir haciendo marketing inconsciente, reactivo, vacío. O puedes tomar el control y usar esa herramienta cotidiana para construir algo que valga la pena: una reputación, una relación, una comunidad. La decisión es tuya. Y no necesita espectaculares ni revistas. Solo necesita que abras los ojos y te des cuenta de que el marketing no está allá afuera, en los anuncios. Está aquí adentro, en cada cosa que haces.
Así que la próxima vez que alguien te diga «no sé nada de marketing«, sonríe. Porque esa persona acaba de hacer marketing sin saberlo. Y tú, ahora, ya lo sabes.
No olvides seguirme en mis redes y escuchar mi podcast Marketing que Conecta en Spotify y Amazon Music. Ahí hablamos de marketing sin tecnicismos innecesarios y con ejemplos que sí te sirven en la vida diaria.
Hasta un próximo encuentro.
