Tus hijos están en casa, ¿pero dónde viven?
Estar en casa no siempre significa estar a salvo: la comunicación familiar exige presencia real
La violencia vuelve a estremecer a México. Esta vez ocurrió en Torreón, Coahuila, donde el pasado 1 de octubre dos hermanos conocidos como “los cuates”, de 18 años, ingresaron armados con machetes y petardos a la Escuela Secundaria número 13, ubicada en el ejido La Unión, dejando como saldo a cuatro personas heridas y la muerte de la subdirectora del plantel.
Esta tragedia nos recuerda los acontecimientos del Colegio Cervantes, también en Torreón, en 2020; del Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, en 2017, y del CCH Sur de la Ciudad de México, en 2025. Hechos que, aunque tienen circunstancias distintas, nos obligan a preguntarnos qué está sucediendo con nuestros jóvenes y qué estamos dejando de hacer como sociedad para prevenir estas expresiones extremas de violencia.
Pero hay algo particularmente inquietante en este caso y es que la madre de los hermanos declaró que eran jóvenes que prácticamente no salían de casa, permanecían encerrados en sus habitaciones y tenían pocas amistades. Su abuela también reconoció que pasaban buena parte del tiempo conectados a internet. Mientras tanto, según las investigaciones difundidas por la Fiscalía de Coahuila, los hermanos se habían inspirado en ataques escolares que circulaban en redes sociales y buscaban identificarse con comunidades digitales que glorifican la violencia.
¿Cómo es posible que dos jóvenes permanecieran tanto tiempo dentro de su hogar y, al mismo tiempo, estuvieran tan expuestos a discursos capaces de alimentar el odio y la violencia? ¿Cuánto sabemos realmente de lo que nuestros hijos hacen cuando están frente a una pantalla?
Durante mucho tiempo, los padres hemos asociado la seguridad de nuestros hijos con saber dónde están, con quién salen y a qué hora regresan. Sin embargo, hoy podemos tenerlos a unos cuantos metros, aparentemente seguros en sus habitaciones, mientras interactúan con desconocidos, consumen contenidos violentos o encuentran reconocimiento y pertenencia en comunidades digitales cuyos valores desconocemos.
Internet ofrece oportunidades extraordinarias para aprender, crear y relacionarnos, pero también existen espacios donde la frustración, el resentimiento y el odio encuentran eco. Es el caso de algunas comunidades de la llamada “machósfera”, un entramado de espacios digitales que promueven discursos de superioridad masculina, misoginia y rechazo hacia las mujeres. Dentro de este universo se encuentran grupos identificados como “incel”, término que proviene de la expresión inglesa célibes involuntarios, en los que algunos participantes convierten sus dificultades para establecer relaciones afectivas en sentimientos de hostilidad y, en casos extremos, en justificaciones de la violencia.
No se trata de simples diferencias de opinión. Una revisión científica publicada en Current Psychology en 2024, que analizó 78 investigaciones sobre el fenómeno incel, documentó cómo determinados espacios digitales pueden reforzar discursos de odio, legitimar la violencia y favorecer procesos de radicalización. Esto no significa que todos los jóvenes expuestos a estos contenidos se vuelvan violentos, pero sí evidencia riesgos que no podemos ignorar.
Lo preocupante es que estas comunidades suelen ofrecer algo que muchos adolescentes buscan desesperadamente: sentirse comprendidos, escuchados y parte de un grupo. Cuando un joven experimenta rechazo, soledad o frustración y no encuentra espacios seguros para expresar lo que siente, puede resultar especialmente vulnerable a discursos que le ofrecen explicaciones sencillas a sus problemas y alguien a quien culpar de ellos.
Aquí es donde la comunicación familiar adquiere una relevancia fundamental. Porque comunicarnos con nuestros hijos no significa solamente preguntarles cómo les fue en la escuela, si hicieron la tarea o si ya comieron. Implica interesarnos genuinamente por su mundo, conocer lo que les preocupa, escuchar sus opiniones, incluso cuando no estamos de acuerdo, y comprender cómo están construyendo su identidad y su manera de relacionarse con los demás.
Sin embargo, debemos reconocer una realidad incómoda muchas veces confundimos vivir juntos con convivir y convivir con comunicarnos. Compartimos la casa, pero no necesariamente nuestras experiencias, preocupaciones o emociones. Podemos pasar horas bajo el mismo techo sin sostener una conversación significativa.
A esta desconexión se suma otro fenómeno que pocas veces reconocemos en nosotros mismos: la tecnoferencia, entendida como las interrupciones que provoca el uso de dispositivos tecnológicos en nuestras relaciones interpersonales. Una revisión publicada en BMC Public Health en 2023, basada en 13 estudios, encontró asociaciones entre la interferencia tecnológica de los padres, un menor bienestar psicológico de los adolescentes y mayores manifestaciones de conductas violentas. Aunque estos resultados no demuestran una relación directa de causa y efecto, sí muestran la importancia de cuidar la calidad de nuestras interacciones familiares.
Y entonces vale la pena preguntarnos: ¿cuántas veces nuestros hijos han intentado contarnos algo mientras respondemos un mensaje? ¿Cuántas comidas familiares transcurren con cada integrante mirando su propia pantalla? ¿Cómo pretendemos conocer su mundo digital si hemos dejado de interesarnos por su mundo emocional?
La comunicación familiar requiere presencia, pero no solamente física. Requiere disponibilidad emocional, escucha, confianza y tiempo. También exige ejercer nuestra responsabilidad como adultos, porque acompañar no significa renunciar a establecer límites.
Regular el uso de dispositivos es parte de la crianza. Significa conocer las plataformas que utilizan nuestros hijos, interesarnos por los contenidos que consumen, establecer acuerdos adecuados a su edad y enseñarles a cuestionar los mensajes que reciben. No se trata de vigilar cada movimiento ni de invadir indiscriminadamente su privacidad, sino de ejercer una mediación activa, responsable y respetuosa de su desarrollo.
Tampoco podemos normalizar cualquier comportamiento bajo el argumento de que son cosas de adolescentes. El aislamiento persistente, las expresiones de odio, la deshumanización de otras personas, las amenazas o la fascinación reiterada por agresores violentos merecen atención, diálogo y, cuando corresponda, intervención profesional. Ninguna señal aislada permite anticipar una tragedia, pero ignorar comportamientos preocupantes tampoco contribuye a prevenirla.
Por supuesto, sería injusto atribuir a las familias toda la responsabilidad de acontecimientos tan complejos. La violencia tiene múltiples causas y su prevención demanda también escuelas capaces de detectar situaciones de riesgo, instituciones que brinden atención oportuna a la salud mental y plataformas digitales que asuman su responsabilidad frente a la circulación de contenidos que glorifican el odio. Mucho menos podemos utilizar una tragedia para juzgar a una madre sin conocer las circunstancias que vivía su familia.
Pero reconocer esa complejidad tampoco debe convertirse en una excusa para evadir nuestra responsabilidad cotidiana. La educación digital comienza en casa, mucho antes de que nuestros hijos tengan su primer teléfono, y continúa durante la adolescencia, cuando más necesitan construir autonomía sin perder el acompañamiento adulto.
Quizá esta noche, cuando nuestros hijos se encierren en sus habitaciones, deberíamos preguntarnos algo más que si ya hicieron la tarea o a qué hora apagarán el celular. Tal vez sea momento de interesarnos por lo que miran, por aquello que les preocupa, por las personas que admiran y por las ideas con las que están aprendiendo a interpretar el mundo. Pero, sobre todo, de preguntarnos cuándo fue la última vez que conversamos verdaderamente con ellos, sin prisas, sin juicios y sin una pantalla de por medio.
Porque nuestros hijos pueden estar a unos cuantos metros de nosotros y, sin embargo, sentirse profundamente solos. Y aunque la comunicación familiar no puede garantizar que nunca ocurra una tragedia, sí puede convertirse en ese vínculo protector que les recuerde que, antes de buscar respuestas o pertenencia en cualquier rincón de internet, existe alguien en casa dispuesto a escucharlos.
