Opinión

Sydney Carton y el erotismo de la renuncia

El deseo puede nacer de la renuncia, del sacrificio y la devoción intensa de un hombre

Amigas… “un fantasma recorre el mundo, es el fantasma del erotismo, del magnetismo que se esconde entre las sombras, que se apodera de ti para hacerte desear, sentir, vibrar. Un fantasma despiadado que eriza nuestra piel en el suave y tibio tacto de un par de manos grandes, fuertes, impregnadas de deseos prohibidos en medio de una noche que promete el nirvana, en medio de sonrisas fugaces, en medio de…” 

¡Ya sé! Marx tenía en mente algo distinto respecto a su tan famosa frase, pero este espacio no es para hablar de comunismo, aquí venimos a hablar de otro de sus contemporáneos; Dickens.

Este hombre nos regaló a uno de los personajes más moralmente cuestionables que la literatura ha visto nacer, uno de los padres fundadores de las red flags literarias que, a nosotras, las amantes de cada personaje cuestionable de la literatura tanto nos fascinan, estoy hablando de Sydney Carton.

Y es que, amigas… ¡amigas! ¿acaso hay algo más magnético que un hombre que desprecia al mundo entero y a sí mismo, pero que dobla la rodilla ante ti? No lo creo. 

Porque no les estoy diciendo que él odie a todos menos a Lucie, sino que él se ha rendido consigo mismo, sí, pero Lucie consigue hacerle imaginar que todavía puede ser útil para alguien. Hay hombres que no necesitan un escenario brillante para encender el deseo; les basta con habitar la penumbra detrás de lo moralmente aceptable, desnudándote en la intimidad de sus pensamientos, pero adorándote como la diosa inalcanzable que eres. 

Ese es Sydney.

En Historia de dos ciudades, Charles Dickens nos regala en Sydney Carton el epítome del antihéroe: un hombre oscuro, atrapado en sus propios demonios, que camina por la vida con una indiferencia que muchos confunden con arrogancia. Sin embargo, detrás de esa fachada de hielo y de su voz grave, oscura… rota, se esconde el erotismo más peligroso de la literatura: el de la entrega absoluta, el del sacrificio; el delicioso erotismo de la renuncia. 

Sydney —no me canso de decir su precioso nombre. — no busca impresionar al mundo, pero cuando posa su mirada en lo que ama, es capaz de consumirse en su propio fuego con tal de dar refugio.

En la entrega anterior hablamos de un personaje sol, ese que cuando sonríe hace cantar a los pajaritos y te enamora desde la inteligencia y la distancia, pero amigas, a diferencia de Fitzwilliam Darcy, cuya sensualidad radica en el control, el estatus y la tensión contenida, la atracción de Sydney opera en una frecuencia psicológica mucho más oscura, visceral y apasionada: el atractivo del hombre roto que encuentra su redención en la entrega absoluta y con esto, Sydney es perfectamente capaz de desarmar nuestras fronteras sin necesidad de quitarnos un solo guante. 

Dickens construye el atractivo de Carton no desde lo que posee, sino desde todo aquello que es capaz de entregar y ¿acaso hay algo que nos derrita más que la entrega absoluta de un hombre?

Tráete un café y acompáñame a desmenuzar los componentes de esta magnética sensualidad trágica y por qué sigue encendiendo el deseo y la devoción de tantas lectoras apasionadas como tú y como yo.

Primero, a diferencia de los héroes románticos tradicionales que ofrecen riquezas, protección o un apellido, Sydney ofrece su propia aniquilación y créeme que la palabra no es exagerada. Él es presentado como un hombre brillante pero cínico, alcohólico y desencantado de la vida, pero es justamente esa vulnerabilidad extrema y su falta de instinto de autopreservación lo que ejerce un magnetismo inmediato y altamente peligroso, porque todas lo sabemos, es un el chacalón sexy que con la mano en la cintura puede destruir la construcción de nuestro mundo, pero anhelas que te devore los labios con una de sus sonrisas cínicas. 

Pero ¿por qué nos pasa esto Yazz? Pues porque con este hombre, el deseo no es tanto físico, es psicológico.

Sydney le dice a Lucie Manette que ella es la única que ha despertado su alma muerta y mis amores, para el deseo femenino, la idea de ser la única llave capaz de abrir un candado tan complejo, oscuro y poseedor de una voz de vampiro milenario recién despierto es una fantasía de poder y vinculación emocional devastadora porque promete algo que a todas nos tienta de forma irremediable, la posibilidad de la exclusividad.

Además, no vamos a fingir que Sydney debido a su sacrificio por Lucie, se convierte ante nuestros ojos en un santo, no, no, es un manipulador hasta su último paso en el templete de la guillotina. 

Pero he de decirte que el clímax erótico-emocional de su relación con Lucie, que nunca llega a ser física, sino verbal, ocurre mucho antes de la guillotina, cuando le hace su famosa promesa:

“Por ti, y por cualquiera que te sea querido, haría cualquier cosa… daría mi vida”.

¡Toma esta, Darcy!

La sensualidad que provoca la devoción total, en la psicología del deseo, roza lo sagrado y el hecho de que Sydney no pida nada a cambio le agrega una capa extra de sensualidad, porque ¡aja! Él sabe perfectamente que Lucie ama a Charles Darnay y al renunciar a la posesión física, su amor por ella se eleva a una categoría mística. El erotismo de su sacrificio radica en que él prefiere morir por ella que vivir sin ella, transformando el rechazo en el acto de amor más puro y extremo imaginable. ¿Quién no quiere que pierdan la cabeza por nosotras

Cuando ocurre el intercambio de identidades, también se alcanza una intimidad eterna a causa de la sustitución. Vean la secuencia conmigo: Sydney viaja a París para suplantar a Darnay en la prisión de la Conciergerie, y es ahi donde el proceso de sacrificio adquiere tintes de una intimidad casi erótica. Déjame que te explique.

Para salvar a Charles, Sydney lo droga y le exige que se intercambien la ropa, generando una coreografía al desnudarse y vestirse con las prendas del otro. En una lectura deliberadamente erótica, ponerse la ropa de Charles puede adquirir una carga simbólica inquietante: Sydney ocupa, por unas horas, el lugar del hombre que Lucie ama, quizá no en su cama, pero definitivamente si en su memoria, y por supuesto, el precio es su propia sangre.

Y fiel a su temperamento cínico y aparentemente desinteresado, el sacrificio de su vida se convierte en una forma de posesión eterna, porque díganme, ¿Quién podría vivir sin recordar cada día, en la cara de aquel que comparte su cama, el rostro del hombre por quien sigue vivo?

¿Podrían ustedes?

Porque al morir en lugar del esposo de Lucie, su sacrificio también puede entenderse como una última forma de permanecer en la vida de Lucie y que ella nunca, ni por un solo día de su vida, pueda olvidarlo y esa es una forma de posesión eterna a través de la culpa y la gratitud. Sé que es macabro y manipulador y si, bastante obsceno si queremos ser específicas, pero, es totalmente fiel al arco del personaje.

Porque piénsenlo desde la mirada de Sydney, Charles tendrá el cuerpo de Lucie, por supuesto, pero Sydney poseerá las lágrimas de su alma para siempre. No hay vuelta atrás, el fantasma ha sido invocado.

Y al final, quiero cerrar con lo que creo que es el clímax trágico, ese camino hacia el cadalso donde Dickens nos describe una calma mística en el rostro del antes roto y desencantado personaje. Sydney camina hacia la muerte sosteniendo la mano de una joven costurera inocente, mostrando una ternura que contrasta con el horror que los rodea, pero con la dignidad de un hombre transfigurado, hermoso en su paz interior

La frase final: “Es una cosa mucho, mucho mejor la que hago…” funciona como el orgasmo poético de la novela. Su muerte no es una derrota, es su mayor triunfo, sobre su rival en el corazón de Lucie y sobre su descarriada vida. Dickens con esta última escena me hizo incluso escuchar el sonido de la navaja cortando el aire. 

Ese, queridas amigas, fue el momento de máxima seducción histórica de uno de nuestros grandes bad boys literarios.

Las leo.