Sociedad rápida
Queremos llegar más rápido, independientemente del motivo.
La sociedad contemporánea es una sociedad de aceleración: una estructura humana en la que la velocidad de desplazamiento, comunicación, producción, decisión y procesamiento de información ha aumentado hasta convertir el tiempo en uno de sus principales recursos sociales. La irrupción de la inteligencia artificial añade una nueva dimensión: por primera vez, una parte creciente de los procesos cognitivos puede ejecutarse a una velocidad no humana.
Si tuviéramos que definir nuestra sociedad en una expresión breve, de acuerdo con el nivel de vida que llevamos, el término más acertado sería “sociedad rápida”. Queremos llegar más rápido, independientemente del modo, modalidad o motivo; lamentablemente, nos dejamos contagiar de esta velocidad cuando vamos al volante.
La velocidad en la historia de la humanidad, en función de vehículos no motorizados, es imprecisa. No se conoce con exactitud su inicio; sin embargo, es tan antigua como el diseño de estos vehículos de “fuerza de sangre” y su incorporación a la sociedad.
Mesopotamia fue la cuna de los vehículos sobre ruedas desde el 3000 a. C., destacando los hititas con el manual ecuestre más antiguo del mundo para entrenar caballos de tiro, mientras que el Antiguo Egipto perfeccionó los carros haciéndolos ultraligeros, utilizándolos los faraones en exhibiciones públicas de velocidad y destreza militar que sentaron las bases de las carreras competitivas en el Mediterráneo.
Las carreras de carros (cuadrigas y bigas) se introdujeron formalmente en los Juegos Olímpicos mucho después, en el año 680 a. C. donde participaban varias ciudades-Estado. Roma institucionalizó las competencias de velocidad, en el año 50 a. C., el líder y dictador de la República Romana Julio César reconstruyó y acondicionó el “Circo Máximo”, que alojaba a más de 150 mil espectadores y permitía un circuito de competencia de más de 621 metros de longitud por 150 metros de anchura.
Debemos aceptar que, desde la irrupción del Fardier de Cugnot en 1769 (propiamente un triciclo con una gran caldera de vapor situada en la parte delantera que impulsaba la rueda directora y tractora), los vehículos y las vías por las que circulamos han ido evolucionando, generando una falsa percepción de seguridad por la que se desarrolla mayor velocidad. Sin embargo, la evolución de los conductores no ha sido en la misma proporción: seguimos siendo los mismos seres humanos, con los mismos errores, responsables del 80% de los hechos de tránsito.
¿Por qué necesitamos “correr”?
Los conductores que desarrollan una velocidad mayor a la permitida se encuentran motivados por tres factores: psicológico, sociológico, físico o de comportamiento. Los motivos más comunes son:
- Esporádicos: conductores que sobreponen necesidades subjetivas: “llegar tarde al trabajo”, “cita de negocios” o lo que consideran “más importante”.
- Ignorancia: conductores que no conocen realmente los límites de velocidad. Por increíble que parezca, son ajenos a la velocidad real con la que conducen.
- Frustración: conductores afectados por modelos visuales negativos, tales como las carreras clandestinas.
- Estrés: desahogo y escape social ante el trabajo y los problemas familiares, además del consumo de alcohol y enervantes.
La prevención de hechos de tránsito tiene una base profunda en la actitud por encima de la aptitud. ¿Cómo podemos evitar la necesidad de pisar a fondo el acelerador?
- Considerar el automóvil como herramienta de trabajo, no como una extensión de nuestra personalidad.
- Evitar, en los más jóvenes, las apologías a la velocidad y hacer referencia a sus consecuencias.
Corremos por experimentar sensaciones nuevas al estar expuestos a un riesgo que creemos controlar; sin embargo, nunca ejercemos el control total sobre un automóvil.
Quizá, después de todo, la velocidad no sea únicamente una cuestión de movimiento, sino también de deseo.
Fragmento de: “Tan veloz como el deseo”, de Laura Esquivel.
“…En el norte está mi origen, escondido en la primera mirada de amor de mis abuelos, en el primer roce de sus manos. El proyecto de lo que yo sería se concretó con el nacimiento de mi madre. Sólo tuve que esperar a que su deseo se uniera al de mi padre para ser atraída(o) irremediablemente a este mundo…”
Feliz cumpleaños, mamá.
