¿Sabemos cómo hacerlo? Violencia escolar
Sin formación y sin el apoyo de un equipo interdisciplinarios de especialistas, el maestro no puede solo enfrentar la violencia
Ante las actuales complejidades que se presentan en la tarea de educar, las comunidades educativas requieren de mucho más apoyo porque en la escuela se produce y reproduce la violencia al ser una caja de resonancia de lo que ocurre en su exterior. La relación violencia escolar y el contexto cultural se agrupan en estos tiempos, en la categoría de temas motores para investigar.
El hecho reciente ocurrido en Torreón, donde murió una maestra al interior de una escuela es una consecuencia de lo que sucede en la sociedad y en las familias en los diversos contextos en los que están ubicados los centros educativos. En una entrevista que me hicieron argumenté, además de condenar el crimen, que es necesario preguntarse qué tipo de heridas (sociales, psicológicas, familiares etc.) hay en los adolescentes o jóvenes que llega a cometer un acto así, lo que requiere abordar esta problemática desde un enfoque interdisciplinario e integral, analizando sus múltiples causas y consecuencias.
Aunque no es atribución de la escuela frenar la violencia criminal, hay que tomar en cuenta que a pesar de los programas institucionales y de los esfuerzos aislados de los docentes en las instituciones, los datos disponibles muestran que los episodios de violencia física, psicológica y sexual en escuelas y universidades continúan siendo alarmantes, además de considerar si la escuela sola, puede arreglar todo lo que la sociedad, muchas familias y las redes sociales se encargan de minimizar, el aula se ha convertido poco a poco en un escenario de gestión de crisis emocional ante la ausencia de límites, de afecto y de comunicación en el hogar y de una sociedad individualista que poco hace para acompañar los procesos formativos de la niñez y juventud.
Por eso, como en otras situaciones, es necesario insistir que la falta de capacitación pedagógica específica para gestionar la convivencia y los conflictos es uno de los principales factores que agravan la violencia en las instituciones educativas, aunque existan el Programa Nacional de Convivencia Escolar (PNCE), la estrategia Escuela Libre de Violencia, la Política Nacional de Convivencia Escolar, las acciones de Cultura de Paz y Entornos Seguros y la reciente estrategia ABC de las Emociones, la realidad es que la prevención de la violencia, el fortalecimiento socioemocional y la construcción de ambientes escolares seguros, ante un ataque armado como el que sucedió, la exposición a la muerte es un riesgo en cualquier institución educativa.
Existen varios factores que es necesario señalar. Diversas investigaciones indican que un alto porcentaje de profesores (a menudo superior al 70% en contextos evaluados) reporta no haber recibido formación inicial o continua centrada en la prevención y manejo del acoso escolar y la violencia; existe además malestar docente por la desconexión entre los planes de estudio, los programas institucionales y las realidades de violencia que se presentan en el aula, que generan altos índices de agotamiento emocional, estrés y burnout en el profesorado (Calderón , 2020).
Ante la falta de herramientas institucionales claras y sin el apoyo de un equipo interdisciplinarios de especialistas, ya que generalmente se les dan indicaciones de la autoridad, se les dice que usen el material, que es necesario entregar evidencias y ante toda la carga administrativa que suelen solicitarles, los docentes recurren a medidas paliativas informales en lugar de protocolos sistémicos tomando en cuenta el contexto o rutas críticas institucionalizadas, por lo que el rol docente debe transformarse mediante una formación continua orientada a la comunicación asertiva, la resolución pacífica de conflictos y a la inclusión. (Andrade, 2020).
Porque una vez pasados los episodios de violencia, en una comunidad violentada es necesario preguntarse ¿Cuáles son las repercusiones en el clima escolar y en las condiciones socioemocionales y los aprendizajes de los alumnos y de los docentes por hacer vivido esa experiencia? ¿hasta qué punto los programas institucionales resuelven este problema latente en muchas escuelas?
Tal vez ahora, muchos docentes al sentirse solos, piensan lo que Pablo Latapí Sarre alguna vez escribió (2001): “Hablemos con franqueza, la esencial de nuestra tarea de educadores es tratar de hacer mejores a los hombres, debemos de confesar con honestidad, que poco sabemos de cómo hacerlo”.
Referencias:
Andrades-Moya, J. (2020). Convivencia escolar en Latinoamérica: Una revisión bibliográfica. Revista Electrónica Educare, 24(2), 1-27
Calderón Guerrero, G. (2020). El acoso escolar, la acción docente y la responsabilidad de la escuela. Andamios, 17(43), 345-369.
