¿Por qué avanza la derecha en América Latina?
La derecha ha capitalizado el miedo y la nostalgia por un pasado idealizado
La elección de Brasil ha prendido los focos de alerta en América Latina, donde el avance de la derecha se ha convertido en una fuerza política capaz de disputar el poder y poner en el centro del debate el rumbo de la economía, la seguridad y el bienestar de la población. Pero ¿por qué la derecha está ganando terreno?
Verán, hay un escritor y periodista que tiene algunas respuestas. Pablo Stefanoni lleva años siguiendo a las nuevas derechas y estudiando a personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei. Su tesis es incómoda: una parte de la agenda progresista de la izquierda se pasó de la raya y dejó un espacio que las nuevas derechas supieron ocupar.
Stefanoni sostiene que, en momentos de incertidumbre social, económica y cultural, las derechas han conseguido movilizar pasiones políticas muy fuertes. Lo hicieron hablando de orden, seguridad y estabilidad, pero también prometiendo algo más poderoso: recuperar un mundo que muchas personas sienten que están perdiendo.
No se trata solamente de intereses económicos. También interviene la percepción de que se están perdiendo posiciones, privilegios o certezas que durante mucho tiempo fueron consideradas naturales. Para algunos sectores, los cambios sociales dejaron de representar avances y comenzaron a vivirse como una amenaza a una forma conocida de entender la familia, la identidad, las relaciones entre hombres y mujeres y hasta el lugar que cada quien ocupaba en la sociedad.
Ahí encontraron terreno fértil Trump, Bolsonaro y Milei. Sus discursos consiguieron juntar malestares distintos y convertirlos en una misma narrativa: el progresismo había ido demasiado lejos y era necesario poner un límite. Frente a la incertidumbre, ofrecieron orden; frente a los cambios culturales, tradición; frente a la sensación de pérdida, la promesa de recuperar aquello que supuestamente se había dejado atrás.
Y aquí está lo interesante de Stefanoni. La derecha no necesitó inventar todos los malestares. Muchos de ellos eran reales. Lo que consiguió fue convertirlos en una explicación política común y ofrecer una salida sencilla a problemas mucho más complejos: volver al orden, recuperar la seguridad, defender la familia tradicional y detener los cambios que, para algunos sectores, habían alterado demasiado rápido las reglas conocidas.
La elección brasileña del fin de semana, una de las más reñidas de los últimos años, es un símbolo de esa tensión. Flávio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, obtuvo 47.04% de los votos, mientras Lula alcanzó 45.15%. Ninguno logró la mayoría y ambos irán a segunda vuelta el 25 de octubre. El resultado muestra hasta dónde ha llegado la disputa entre dos proyectos políticos y, sobre todo, la fuerza que conserva el bolsonarismo.
Pero Brasil no es un caso aislado. En Colombia, Abelardo de la Espriella ganó la elección presidencial frente al izquierdista Iván Cepeda, en una contienda que terminó prácticamente dividida en dos. Argentina eligió dos veces a Javier Milei y Chilellevó a la presidencia a José Antonio Kast, quien hizo de la migración irregular, la seguridad y las expulsiones uno de los ejes de su campaña. Son expresiones distintas de un mismo clima político: una parte importante del electorado está buscando respuestas frente a un presente que percibe como incierto.
Y aquí volvemos a Stefanoni. La promesa de la derecha es regresar a la familia tradicional, el empleo, la seguridad y el orden. El problema es que ese mundo probablemente no va a volver. No solamente porque buena parte de esa imagen pertenece a una memoria idealizada, sino porque las condiciones económicas y sociales que la hicieron posible ya cambiaron.
El neoliberalismo ha transformado profundamente el mercado laboral y ahora se suma una revolución tecnológica que puede dejar sin empleo a cientos de miles de personas. La paradoja es enorme: mientras algunos prometen regresar al pasado, el futuro ya llegó.
Para finalizar, hay que decirlo: la derecha también ha ganado con mentiras, con promesas que ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos y con verdades a medias que el electorado quiere escuchar. Basta mirar la economía de Milei y la distancia entre sus promesas y la realidad argentina. Ojalá dejáramos de escuchar el canto de las sirenas. Porque ese mundo al que prometen regresar —con empleo estable, familia tradicional, seguridad y certezas— ya no existe.
Mientras ellos ofrecen volver al pasado, la inteligencia artificial está a punto de transformar el trabajo y dejar a cientos de miles sin empleo. El futuro ya llegó, y quizá sería mejor empezar a discutir cómo enfrentarlo en lugar de seguir prometiendo un pasado que nunca volverá.
