Opinión

Nuestro tiempo: La pregunta por el ser humano

Fidencio Aguilar Víquez
Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

«Yo soy aquel para quien están
guardados los peligros,
las grandes hazañas,
los valerosos hechos.»
Don Quijote (1).

Vivimos un tiempo lleno de desafíos, riesgos, amenazas y esperanzas entremezclados. Nos jugamos nuestra humanidad en un contexto ya de suyo grave: pobreza, desigualdades escandalosas, violencia, inseguridad, tráfico de personas, armas, drogas, un deterioro ecológico severo y ahora, todo ello, con el riesgo de que la Inteligencia Artificial (IA) quede en manos de pocos, poderosos, adictos a los juegos de poder y a relegar lo humano si se cruza en sus pretensiones: incertidumbre completa.

Desde la vida cotidiana se percibe todo ello. Con cuánta dificultad, sobre todo las generaciones jóvenes, encuentran y pueden realizar un futuro promisorio. La preparación y el estudio no bastan para abrir un horizonte donde tomar la vida en las propias manos. El trabajo y la formación de una familia no son de las principales metas de las y los jóvenes actualmente —y no necesariamente porque no quieran—. El futuro no les promete mucho, como en otros tiempos o en otras generaciones. Sólo hay presente sin futuro, y éste dificultoso.

Desde luego, la vida no es fácil de suyo ni mecánica; es una tarea ardua que exige dedicación, trabajo, disciplina. Pero la situación presente, además, es complicada. Hay también grandes oportunidades que quizá en otros tiempos no había. Sin embargo, lo que parece imponerse son rasgaduras sociales e históricas que generan falta de diálogo e incomunicación entre las generaciones. Es verdad que, en tiempos pasados, tampoco había mucha comunicación entre mayores y jóvenes, pero ahora, con medios de conexión más eficaces, tampoco parece haberla.

Pese a ello, tenemos esperanza en que lo humano sea rescatado. Un poema de O. Paz puede servir de ejemplo: “Cruzan la noche los amantes enlazados, / conjunción de astros y cuerpos. / El hombre es el alimento del hombre. / El saber no es distinto del soñar, el soñar del hacer. / La poesía ha puesto fuego a todos los poemas. / Se acabaron las palabras, se acabaron las imágenes. / Abolida la distancia entre el nombre y la cosa, / nombrar es crear, e imaginar, nacer.” (2).

Hacen falta espíritus grandes, magnánimos, suele pensarse, pero, ¿es un tema de personalidades, de personajes? ¿Qué tipo de personajes? La modernidad nació también con una visión de aventura, de novela, tipo don Quijote, donde una historia depende “de si el alma del personaje principal es ‘demasiado estrecha’ o ‘demasiado amplia’ en relación a la realidad.” (3) El personaje, o personalidad, creado por el drama resulta ser el yo inteligible, vinculado al deber ser, a la esencia humana, una suerte de psicología normativa del héroe. En cambio, el personaje creado por la épica viene a ser el yo empírico, el héroe de la realidad histórica. El ideal se opone a la vida: es el dilema.

Los movimientos culturales y humanísticos de la modernidad, desde el humanismo renacentista hasta el romanticismo, ofrecieron diversas fórmulas para superar ese dilema o, mejor dicho, para optar por la vida, incluso para reducir el ideal a la vida (4). La analogía, donde la armonía y el orden en torno al ser y a la verdad regían el equilibrio, pronto se vio confrontada por la ironía. Y la vida es irónica, sin duda. En buena medida por ello la poesía moderna tuvo gran empuje. La imagen poética era una fina unidad entre lo contradictorio, lo distante entre sí y la pluralidad. Esto ha sido enriquecedor.

Pero también la ironía ha significado la ruptura con lo anterior, con la ley o con la noción que la sustenta: la autoridad. G. Deleuze habla de la repetición.

“La primera manera de invertir la ley es irónica, y la ironía aparece en ese caso como un arte de principios, de la ascensión hacia los principios y del derrumbe de los principios. La segunda es el humor, arte de las consecuencias y de los descensos, de los suspensos y de las caídas. ¿Hay que comprender, acaso, que la repetición surge tanto en ese suspenso como en ese ascenso, como si la existencia se recuperase y «retirase» en sí misma en cuanto deja de estar constreñida por las leyes? La repetición pertenece al humor y la ironía; es por naturaleza, transgresión, excepción; manifiesta siempre una singularidad contra los particulares sometidos a la ley, un universal contra las generalidades que hacen la ley.” (5).

Estando contra la ley, la repetición —y su contenido de ironía y humor— está dentro del campo del milagro: los singular se rebela contra lo universal y abstracto, “un elemento notable contra lo ordinario, una instantaneidad contra la variación, una eternidad contra la permanencia. Desde todo punto de vista la repetición es la transgresión.” (6). Los modelos de la repetición son —según Deleuze— Kierkegaard, Nietzsche y Pèguy, el tríptico del pastor, el anticristo y el católico.

“Cada uno de ellos, a su manera, hizo de la repetición no sólo una potencia propia del lenguaje y del pensamiento, un pathos y una patología superior, sino también la categoría fundamental de la filosofía del porvenir. A cada uno de ellos corresponde un Testamento y también un Teatro, una concepción del teatro y un personaje eminente dentro de él como héroe de la repetición: Job-Abraham, Dionisos-Zaratustra, Juana de Arco-Clío” (7).

La modernidad también plantea la premisa del sujeto. R. Guardini, M. Foucault y otros han mostrado de qué manera. Yo querría acudir, sin embargo, a san Agustín para hablar del sujeto, especialmente de sus movimientos internos. El Hiponense, en efecto, habla de los movimientos del alma en presencia del Espíritu divino; primero con lágrimas de purificación interior, lágrimas de consuelo y de alegría, lágrimas como panes de día y de noche, panes que confortan el corazón humano en medio de los avatares de la vida.

Así —según Agustín—, purificada por las lágrimas, el alma se abre a la tetralogía: Lectura, meditación, oración y contemplación. “… la lectura examina la dulzura de la vida feliz, la meditación la encuentra, y la oración la suplica, y llama, y la contemplación la degusta. Por eso el mismo Señor dice: buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). Buscad leyendo, y encontraréis meditando, llamad orando, y se os abrirá contemplando. (8).

No es fácil la existencia humana ni fácil encontrarle sentido, pero si miramos estas figuras que nos impelen a la autenticidad interior, sin eliminar la angustia de los momentos actuales, podremos encontrar esperanza viva en que lo humano pueda ser rescatado, resguardado, curado, sanado y colocado en un lugar y en un momento dignos. Por muy irónica que sea la vida, el humor —el buen humor—, incluso las lágrimas —como veía san Agustín—, nos pueden abrir la puerta del ser verdadero que está en nosotros, que no sólo nos purifica, sino nos dignifica en la historia, en el aquí y ahora, y en la eternidad, con su estela de esperanza, consuelo y ganas de servir y vivir.

Notas

1. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Ed. del IV Centenario, Real Academia Española/ Asociación de Academias de la Lengua Española, España/ México 2004, p. 175.
2. Octavio Paz, Obra poética I (1935-1970), Obras completas 11. Edición del autor, Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México 2006, p. 187.
3. György Lukács, Teoría de la novela. Un ensayo histórico-filosófico sobre las formas de la gran literatura épica, Godot, Buenos Aires 2010, p. 10.
4. Ib., pp. 129ss. y 142ss.
5. Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, Amorrortu, Buenos Aires 2009, p. 27.
6. Ib., p. 23.
7. Ib., p. 27.
8. Agustín, san, La escala del paraíso, cap. 2, en Escritos atribuidos, Obras completas XLI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2002, p. 586.