Opinión

Mujeres rurales contra el hambre y la pobreza

Alberto Jiménez Merino
Alberto Jiménez Merino

Ha sido Profesor Investigador y Rector de la Universidad Autónoma Chapingo. Se ha desempeñado como Secretario de Desarrollo Rural de Puebla, Delegado Federal de la Secretaría de Agricultura, Director de la CONAGUA, Director de la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento. Autor del Libro Agua para el Desarrollo y Manual Básico de Cultura del Agua. Ha sido Diputado Federal y Candidato a Gobernador de Puebla en la Elección Extraordinaria 2019. Actualmente, Presidente de El Colegio de Puebla.

El 15 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales; el 16, el Día Mundial de la Alimentación; y, el 17, el Día Mundial para la Erradicación de la Pobreza, definidos por la Organización de las Naciones para la Agricultura y la Alimentación (FAO). El Colegio de Puebla, en coordinación con diversas dependencias del Gobierno del Estado, realizará el Foro Estatal Día Mundial de la Alimentación, Mujer Rural y Combate a la Pobreza 2026.

En una comunidad de la Mixteca Poblana, sin servicios, en la mayor precariedad imaginable, en la segunda mitad de la década 1950, había una mujer rural, con apenas 4 años de escuela que, como miles de madres poblanas y mexicanas, siempre garantizó la alimentación y las necesidades básicas de sus 11 hijos, con gran esfuerzo, sacrificios y decoro. Se llama Águeda Merino Córdova.

Es muy posible que se haya limitado en cubrir alguna necesidad propia por darles a sus hijos, incluyendo quedarse sin comer o racionándose al máximo. Siempre justa, a todos daba una parte. Muchas veces faltó la tercera comida, pero las dos primeras del día siempre se cubrieron. Varias veces inventó platillos, aunque fueran muy modestos.

Recuerdo el chile capón: agua, jugo de limón, chiltepín seco y cebolla. Excepto el agua, todo lo demás en cantidades muy raquíticas, hervido por 10 minutos, luego acompañado por tortillas y sal. No sabíamos que los quintoniles, verdolagas, alaches y otras hierbas se comieran, las destinábamos a alimentar dos o tres cerdos que siempre había para complementar la economía familiar.

Comíamos las flores tiernas del árbol del borrego (Acacia acatlensis), el fruto tierno del bonete (Jacaratia mexicana), y sus semillas maduras tostadas, así como las vainas y brotes de guaje (Leucaena leucocephala). Un tiempo comimos pescado bagre y mojarra de rio, en mis tiempos de pescador.

Aprendimos a hacer nixtamal, poniendo el maíz en una cubeta con agua y un puño de cal, al fuego en un tlecuítl de tres piedras; cuando iniciaba a hervir, se retiraba del fuego y se quedaba toda la noche reposando para moler por la mañana. Primero, en metate, luego en molino manual y después, en un molino eléctrico, uno de los primeros servicios públicos comunitarios que conocí en Tecomatlán, Puebla. 

Junto con mi papá, nos enseñó que la leña es una de las primeras fuentes de ingreso en las comunidades rurales; la caza de animales silvestres, fuente de alimento; producir y vender algo que los demás necesitan; así como administrar los recursos físicos y económicos como reutilizar la ropa, remendarla, reparar los huaraches de correa y suelas de llanta, lecciones de economía doméstica pura.

Mi mamá también trabajaba en el campo, ayudando a mi papá a cultivar la Milpa Mexicana: un sistema agrícola prehispánico consistente en la asociación de maíz, frijol y calabaza. Mi papá decía que si había buena lluvia cosecharíamos de todo, pero si no, por lo menos habría frijol y calabaza. El maíz requiere más lluvia y un periodo más largo para madurar.

El frijol y la calabaza maduran más pronto, con menos lluvia que el maíz. Sembrábamos en los primeros días de junio, y para principios de agosto ya había flores de calabaza, calabacitas y brotes. Para mediados y finales de agosto había ejotes, y a mediados de septiembre, elotes y el frijol iniciando madurez, pero ya se podía comer, mientras terminaba su maduración junto a los otros componentes de la milpa.

De ahí nace la dieta mexicana predominante en las zonas rurales: maíz, frijol, salsa de chile y semillas de calabaza. Un buen balance nutritivo de energía, proteína, vitaminas, minerales. Hoy sabemos que la Milpa Mexicana es la base de la Seguridad Alimentaria de las familias más pobres y es practicada por los productores agrícolas de pequeña escala que con este sistema distribuyen el riesgo climático, cada vez más alto, y cuyo mayor ejemplo es El Súper Niño 2026.

Las mujeres rurales, según diversas fuentes, representan el 40% de la fuerza laboral en el mundo, llegando al 50 % en Asia y África. En México, aproximadamente 1.5 millones de mujeres son titulares de derechos agrarios, equivalente al 28 % del total de los sujetos agrarios.

Cerca de 645 millones de personas en el mundo, 7.8% de la población aun padecen hambre (www.dw.com, 2026). En México, aproximadamente 35 millones de personas padecen algún grado de inseguridad alimentaria, cerca de un tercio de la población (www.tecscience.tec.mx, 2024). Según datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) 2024, 38.5 millones de mexicanos se encuentran en pobreza multidimensional, de los cuales, 7 millones se encuentran en pobreza extrema. A nivel mundial, según la plataforma de Pobreza y Desigualdad de las Naciones Unidas, 826 millones de personas, es decir, 1 de cada 10 habitantes en el mundo se encuentran en pobreza extrema.  

Con el fin de visibilizar la problemática de las mujeres rurales, el hambre y la pobreza, revisar experiencias de solución existentes y proponer acciones viables y prácticas,factibles de adopción y aplicación en las comunidades de Puebla, el próximo viernes 16 de octubre, en El Colegio de Puebla, el colegio de los poblanos, como parte del Programa Desarrollo Regional Sustentable y en coordinación con distintas dependencias del Gobierno del Estado de Puebla, se realizará el Foro Estatal Día Mundial de la Alimentación, Mujer Rural y Combate a la Pobreza 2026.