Las acciones morales las dicta la conciencia
Las acciones políticas se conforman al criterio utilitarista del máximo beneficio para la mayoría
Las conclusiones a las que nos llevan el análisis y la reflexión sobre la relación entre Ética y Política son a la vez tajantes como esperadas.
Por una parte, la única decisión o acción verdaderamente libre es la moral. Por la otra, no hay acción que no esté sujeta al escrutinio de los otros.
En sus Ensayos de Filosofía Popular, Alejandro Tomasini Bassols nos dice que sólo cuando el sujeto se deja guiar por su conciencia moral la decisión que toma tiene ese carácter. “…depende exclusivamente del agente el que el dilema que enfrenta sea un genuino dilema moral o más bien un dilema factual que se resuelve por medio de un cálculo de pérdidas y ganancias, costos y beneficios.” En otras palabras, actuar de acuerdo con nuestra conciencia equivale a no tomar en cuenta los beneficios de nuestra acción. Actuar por deber vuelve irrelevantes a las consecuencias.
Justamente porque no estamos calculando las consecuencias es que nuestra acción es verdaderamente libre, puesto que no está sujeta a ninguna presión externa. En el momento en que consideramos las consecuencias de nuestra acción, nos volvemos un objeto más en el mundo y nuestra acción está sujeta a una explicación causal. En cambio, en el caso de la acción moral no hay explicación factual, relativa a los hechos, sino, en todo caso, una justificación de por qué actuamos así, con base en qué principios éticos decidimos el curso de nuestras acciones.
Una consecuencia de gran relevancia es que sólo las acciones morales, en tanto realizadas de manera absolutamente libre, sin estar condicionadas por ninguna circunstancia, son las que dotan de sentido a nuestra vida.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando nuestras decisiones y acciones afectan los intereses de otras personas? O bien, ¿qué sucede cuando nuestras acciones buscan generar el mayor beneficio para la mayoría de las personas involucradas y actuamos desde una perspectiva utilitarista?
A la primera pregunta nuestro autor responde que “una decisión moral concierne exclusivamente a la vida del sujeto” y en el momento en que otras personas se ven involucradas, el problema deja de ser moral para volverse social. Asimismo, responde al segundo interrogante señalando que “el principio de máxima utilidad como criterio para determinar si una decisión o una acción es ‘buena’ o no vale exclusivamente en el ámbito de la política…” Tan pronto entramos en un cálculo de perjuicios y beneficios, el asunto se vuelve objetivo y no subjetivo. La decisión se toma con base en el resultado de este cálculo.
Volvamos al caso del examen de admisión de la UNAM. El problema que se le planteó a la institución era eminentemente práctico: un examen mal aplicado que no arrojó resultados claros y, por lo tanto, no servía para su objetivo: seleccionar a los que podían ingresar a la universidad. Sin embargo, la declaración del rector fue de corte “moral”, pues calificó de “tramposos” a los que habían obtenido resultados por encima de los alcanzados en años anteriores. Intentó volver moral un asunto factual para justificar la realización de un segundo examen. Por cierto, un examen que presentó un número considerablemente disminuido de estudiantes. Es más, su “riguroso escrutinio” se topó con un insignificante número de casos fuera de lo normal o estándar.
Obviamente el problema era de cupo y no moral.
Ahora bien, es natural que al preguntarnos por la relación entre Ética y Política volvamos nuestra atención hacia los políticos, hacia aquellas personas que detentan cargos, ya sea de tipo ejecutivo, legislativo o judicial en el ámbito gubernamental, u otros cargos en distintos ámbitos como el universitario, y que son responsables de tomar decisiones que afectan los intereses de la mayoría.
Y aquí nuestro autor afirma algo que podría parecer sorprendente: “Lo que es inmoral es la decisión del sujeto (del político) de actuar en contra de lo que su conciencia moral le dicta cuando con lo que choca es con sus intereses, no cuando están en juego los intereses de los demás.” En otras palabras, actúa inmoralmente si sus intereses prevalecen por encima de sus principios éticos. Es más, si esto ocurre, si actúa conforme a sus intereses, puede ser que hasta sus acciones resulten socialmente laudables, pero esto no le quita lo inmoral a su decisión. En estos casos es cuando decimos de ese político que es muy hábil, que pudo hacer confluir sus intereses con los intereses sociales. Pero no decimos que es una persona buena porque se benefició.
Una lección importante de esta discusión es que a la misma persona la podemos juzgar moral y políticamente. Si hacemos lo primero, “nos ponemos en sus zapatos” y le adjudicamos los principios éticos que hacemos nuestros en el contexto de que se trate y así decidimos si actuó moral o inmoralmente. Si hacemos lo segundo, el criterio utilitarista de lograr el mayor beneficio para el mayor número de personas será el adecuado.
Así, cuando juzgamos moralmente presuponemos que el sujeto tiene conciencia moral y si su conducta no nos parece que se ajusta a ella, lo calificamos de inmoral. No porque esa persona no se plantee un problema como problema moral escapa a nuestro juicio, máxime que los principios éticos se adquieren, se interiorizan conforme nos desarrollamos dentro de la forma de vida en la que nacemos. Compartimos, sin duda, una moralidad establecida.
