La violencia se reinventa
Hay historias que logran cambiar las leyes porque antes lograron algo más difícil, cambiar la forma en que nombramos lo sucedido.
Llamarse Olimpia, el documental dirigido por Indira Cato que en unos días llegará a Netflix, es la historia de una joven poblana que enfrentó la difusión de un video íntimo sin su consentimiento y que, en lugar de aceptar que la vergüenza le pertenecía, terminó impulsando un movimiento que obligó a México a reconocer que la violencia también ocurre detrás de una pantalla.
Tal vez ahí está una de las mayores aportaciones de Olimpia, enseñarnos que lo virtual nunca fue completamente virtual; porque el dolor era real, el miedo era real, la humillación, el aislamiento, la pérdida de privacidad y las consecuencias en la vida de una mujer eran absolutamente reales, aunque la agresión ocurriera mediante un teléfono.
Y mientras apenas aprendíamos a comprender esa violencia, la tecnología volvió a adelantarse. Hace algunos años, para destruir la intimidad de una mujer alguien necesitaba tener una fotografía o un video verdadero. Hoy ni siquiera eso es necesario. Basta una imagen publicada en una red social para que la inteligencia artificial pueda colocar un rostro sobre otro cuerpo, fabricar una escena sexual que jamás ocurrió o generar audios y videos suficientemente convincentes para sembrar la duda.
Entramos así en una etapa todavía más inquietante de la violencia digital, ya no es necesario robar nuestra intimidad; ahora también pueden inventarla.
Los llamados deepfakes sexuales muestran con crudeza hacia dónde puede dirigirse esta tecnología cuando reproduce las mismas desigualdades que existen fuera de internet. ONU Mujeres advierte que la enorme mayoría de los videos deepfake de contenido pornográfico tienen como protagonistas a mujeres. No estamos, por tanto, frente a una simple travesura tecnológica, estamos frente a una nueva forma de ejercer poder sobre el cuerpo, la reputación y la identidad de otra persona.
Y aquí aparece una paradoja que merece nuestra atención. La inteligencia artificial puede ayudarnos a diagnosticar enfermedades, hacer más eficientes los gobiernos, facilitar el aprendizaje o acercarnos conocimientos que antes parecían inaccesibles. La misma herramienta puede utilizarse para desnudar digitalmente a una adolescente, fabricar material sexual de una mujer o acosarla sin que jamás haya existido la imagen original.
Por eso Llamarse Olimpia no tendría que mirarse únicamente como la historia de una batalla que ya se ganó. Sería un error pensar que la Ley Olimpia cerró una etapa. En realidad, abrió una conversación que tendremos que actualizar permanentemente.
Y aunque la legislación sigue avanzando, nunca será suficiente si seguimos educando a nuestras hijas para proteger sus fotografías en lugar de educar a la comunidad para respetar el consentimiento. Considero fundamental hablar con niñas, niños y adolescentes sobre intimidad digital, consentimiento y responsabilidad; exigir a las plataformas respuestas más rápidas; preparar a policías, autoridades y jueces para comprender estas nuevas violencias; y asumir que compartir una imagen, aunque sepamos que fue creada artificialmente, también causa daño.
Olimpia consiguió algo que parecía imposible, convertir una experiencia profundamente personal en un derecho colectivo. México incluso se ha convertido en referente internacional en esta materia. Quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea descubrir hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial, sino decidir hasta dónde estamos dispuestos a permitir que llegue cuando detrás de una pantalla sigue existiendo una persona de carne y hueso, con dignidad, historia y derechos.
