La primera división de la Plaza de San Pedro
El primer acto de ingeniería de tránsito registrado, no fue realizado por un ingeniero
La Norma Oficial Mexicana NOM-034-SCT2/SEDATU-2022 permite precisar, desde el enfoque normativo mexicano, el concepto de estudio de ingeniería de tránsito, al establecer: “Trabajos de campo y gabinete para determinar el comportamiento de los flujos de peatones, vehículos no motorizados y motorizados, a fin de identificar y valorar los conflictos en una red vial o parte de ella, con el propósito de sugerir la solución más segura y eficiente para todos los usuarios de la vía”. Sin embargo, y pese a la naturaleza netamente técnica y exacta de tal aseveración, la primera aplicación de una política pública en materia de movilidad urbana bajo ese rubro se suscitó en el transcurso del año 1300 y fue ejecutada por alguien cuya obra no se encuentra en el catálogo oficial de normalización de la Secretaría de Economía.
Para el ser humano de aquellos tiempos, esencialmente peregrino y proclive a desplazarse en busca de una mejor calidad de vida, específicamente en la vieja Europa, el paso por la Tierra solo se explicaba y tenía sentido en relación con la eternidad. Su obsesión era llegar al “cielo” diseñado por los ministros y jefes de culto de la época.
En esos años en Europa circulaban aires turbulentos, entre el hambre de renovación y la terrible realidad de la decadencia espiritual de la época. Francia e Inglaterra vivían enfrascadas en cruentas guerras; las ciudades-Estado de Venecia, Génova y Pisa luchaban por la hegemonía de las rutas comerciales con las naciones de Oriente; los bienes materiales e ideológicos de las personas eclesiásticas en Dinamarca, Portugal, Inglaterra y Francia eran objeto de violencia. La institución cristiana, dividida, fue incapaz de mantener la conquista de los Santos Lugares, y la caída del último bastión de los cruzados en Tierra Santa constituía el escenario predominante.
Reducida y vedada entonces la peregrinación a Jerusalén, ya sistematizada, debido a las reconquistas de los sarracenos, y aunado esto al sinuoso Camino de Santiago, producto de las contiendas entre los reyes cristianos, los ojos de la institución cristiana y de sus seguidores se volvieron hacia Roma. Las masivas movilizaciones humanas, traducidas en peregrinaciones, y los supuestos premios espirituales ofrecidos a los participantes alcanzaron proporciones inconmensurables a lo largo del siglo XIII.
De acuerdo con el cálculo utilizado en Roma, los años debían comenzar a contarse desde el primer día de la Natividad. Bajo ese razonamiento, el año 1300 debía comenzar el 25 de diciembre de 1299. Fue en ese momento dogmático cuando comenzó a propagarse entre romanos, peregrinos y seguidores de la institución religiosa la ostentosa noticia de una amnistía general de los pecados, reservada única y exclusivamente a quienes hubieran visitado las basílicas papales. La indulgencia plenaria del Año Santo los colocaba en un grado de semejanza con los grandes santos, como si acabaran de recibir el bautismo. De lo anterior, solo los administradores responsables de las arcas de la época sabrán el grado de verdad de tal aseveración.
La noticia apócrifa corrió como la pólvora y, durante el crepúsculo del 1 de enero del año civil, se congregó una enorme multitud en la “Ciudad Eterna”, clamando por la indulgencia.
Solo el lente mágico de un cineasta consagrado estaría en condiciones de reproducir fielmente las características de los grandes desplazamientos humanos, cuyos protagonistas estaban obsesionados con restituirse en la inocencia, depurar su conciencia y lograr la paz interior. Todo parece indicar que, en el seno del pueblo romano, entre los peregrinos y sus seguidores latía un sincero afán de purificación espiritual, así como una conciencia que reconocía la gravedad de las faltas como causa de las calamidades de aquel momento y su responsabilidad en la descomposición de la sociedad.
Es imperante poner en consideración que, durante el siglo descrito, la población de la región alcanzó un máximo demográfico, lo que incrementó el tránsito en los mal conservados caminos.
Los cientos de miles de solicitantes de condonación espiritual se fundían en una amalgama heterogénea de pueblos y naciones propias del viejo mundo, en la que las severas penitencias y flagelaciones se procuraban como dones gratuitos y fáciles de adquirir durante los jubileos. A lo anterior se sumaba que los sinuosos derroteros escogidos para llegar a su destino estaban sazonados con enfermedades, hambrunas e insalubridad, aun cuando los caballeros armados contribuían a mantener los caminos abiertos al tránsito y los religiosos brindaban amparo al viajero. Se trataba de un escenario cruento, potenciado por la llegada de las multitudes a Roma, ya que hasta los cadáveres necesitaban también la gracia eterna.
Las autoridades eclesiásticas, tomadas por sorpresa, no sabían cómo encauzar y normar semejante fervor.
Fue entonces cuando el papa Bonifacio VIII se encontró ante un acontecimiento de magnitud sin precedentes. El gentío, mientras tanto, no cesaba en su empeño y, finalmente, durante las festividades, se suscitaron hechos trágicos y violentos, consistentes en sofocamientos y aplastamientos de seres humanos. Sorprendido por la cantidad y el estado de los cuerpos siniestrados, el pontífice dio una orden sin precedentes en la historia de la institución que representaba, dada la naturaleza diametralmente opuesta de esta y su escasa injerencia en la materia:
“Pintar una raya blanca para dividir la calle y, de esa forma, poder controlar a la muchedumbre”.
Esta pueril aplicación del sentido común, hasta esa fecha desconocida, constituye el antecedente de la señalización contemporánea. Es importante señalar que la denominación dispositivos para el control del tránsito se aplica a las señales, marcas, semáforos y cualquier otro dispositivo que se coloca sobre las calles y carreteras o junto a ellas, implementado por una autoridad pública, como en el caso del papa Bonifacio VIII, para prevenir, regular y guiar a los usuarios respecto de las diferentes precauciones, limitaciones e indicaciones.
Por extrañamente análogo que parezca, la orden del entonces máximo representante de la Iglesia se aproximaba a los requisitos fundamentales de cualquier dispositivo de control del tránsito implementado en nuestra era:
- Satisfacer una necesidad de movilidad.
- Llamar la atención.
- Transmitir un mensaje simple y claro.
- Imponer respeto a los usuarios en las diferentes vialidades.
- Estar en el lugar apropiado con el fin de dar tiempo para reaccionar.
El 22 de febrero de 1300, durante la festividad de la Cátedra de San Pedro, se promulgó desde la Basílica Vaticana el año del jubileo, tras la lectura del documento que ahora puede encontrarse esculpido junto a la Puerta Santa de San Pedro y en el que se aprecia una breve referencia al primer acto de ingeniería de tránsito de la era moderna.
Una sencilla marca que dividía el sendero, alguien que ordenó ejecutarla y quienes la aceptaron facilitaron la consumación masiva de una festividad sumamente relevante para la institución cristiana.
¿Qué grado de respeto o significado tiene para usted, en sus desplazamientos cotidianos, una sencilla marca en el pavimento?
