La no violencia también se aprende en casa
La forma en que hablamos, escuchamos y resolvemos conflictos también educa para la paz
Casi todos los días los medios de comunicación nos enfrentan a nuevos episodios de violencia. Historias ocurridas en Puebla o en distintos puntos del país que nos conmocionan, indignan y, muchas veces, nos dejan preguntándonos cómo es posible llegar a esos extremos. Violencia entre parejas, agresiones dentro de los hogares, enfrentamientos en las calles, ataques entre jóvenes o casos en los que niñas, niños y adolescentes son víctimas o testigos. Cada hecho tiene circunstancias y causas particulares, pero en conjunto nos recuerdan que la violencia sigue formando parte de nuestra realidad cotidiana y que prevenirla exige mucho más que reaccionar cuando el daño ya está hecho.
En este contexto, cada 2 de octubre se conmemora el Día Internacional de la No Violencia, fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en coincidencia con el aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi. La intención es difundir una cultura de paz, tolerancia, comprensión y no violencia a través, entre otras vías, de la educación y la sensibilización pública.
Sin embargo, hablar de no violencia puede parecernos lejano cuando pensamos solamente en guerras, enfrentamientos, delincuencia o grandes conflictos sociales. La violencia también puede estar mucho más cerca. Puede aparecer en nuestras relaciones cotidianas y, particularmente, en el espacio que debería brindarnos mayor seguridad, como lo es la familia.
En México, la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 reveló que 70.1% de las mujeres de 15 años y más había experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. En Puebla, el porcentaje fue incluso ligeramente superior, con 70.8%. En el estado, 53.2% reportó violencia psicológica, 34.3% física y 48.5% sexual.
Cuando observamos específicamente el ámbito familiar, la misma encuesta estimó que 10.6% de las mujeres poblanas de 15 años y más había vivido situaciones de violencia por parte de algún integrante de su familia durante los 12 meses previos al levantamiento del estudio.
La problemática continúa apareciendo en registros más recientes. De enero a noviembre de 2024, la Fiscalía General del Estado de Puebla reportó 9 mil 580 hechos con apariencia de delito relacionados con violencia familiar. Representaron casi 13% de los hechos registrados por la institución durante ese periodo y colocaron a la violencia familiar como el segundo tipo penal con mayor incidencia, sólo después del robo.
Estas cifras hablan de situaciones que requieren prevención, atención institucional, acceso a la justicia y acompañamiento especializado. Pero también deberían llevarnos a preguntarnos qué estamos aprendiendo y enseñando acerca de la manera de relacionarnos con los demás.
Porque la violencia no siempre comienza con un golpe, también puede comenzar cuando aprendemos que gritar es la única manera de hacernos escuchar; cuando ridiculizamos lo que otra persona siente o usamos el silencio como castigo; cuando amenazamos para conseguir obediencia, confundimos autoridad con miedo, insultamos durante una discusión o cuando pensamos que reconocer un error significa perder poder.
No todas estas conductas constituyen por sí mismas violencia en el mismo sentido ni tienen la misma gravedad. Sin embargo, sí pueden formar parte de dinámicas comunicativas que deterioran las relaciones y normalizan maneras agresivas de enfrentar los desacuerdos; por ello, hablar de comunicación familiar también es hablar de prevención.
Una familia sana no es aquella en la que nunca hay conflictos, ya que estos forman parte de cualquier relación humana. Padres e hijos pueden pensar diferente. Las parejas pueden tener desacuerdos. Los hermanos pueden molestarse entre sí. Podemos sentir enojo, frustración, cansancio o tristeza, pero la diferencia está en qué hacemos con todo eso.
La no violencia no significa evitar los problemas, guardar silencio o permitir que alguien vulnere nuestros derechos. Significa aprender a afrontar los conflictos sin recurrir a la agresión como primera respuesta. Incluso, la ONU ha insistido en que la no violencia no debe confundirse con pasividad, ya que supone buscar formas de enfrentar las diferencias sin reproducir el daño; es ahí donde la comunicación familiar tiene mucho que aportar.
Cuando una niña o un niño descubre que puede expresar su enojo sin ser ridiculizado, aprende algo sobre la convivencia. Cuando un adolescente encuentra adultos capaces de escucharlo antes de juzgarlo, aprende que el diálogo puede resolver diferencias. Cuando los padres pueden establecer límites firmes sin insultar ni humillar, enseñan que autoridad y violencia no son sinónimos.
También educamos cuando somos capaces de decir: “me equivoqué”, “no debí hablarte así”, “explícame qué pasó”, “estoy enojado, pero podemos hablarlo” o simplemente “te estoy escuchando”. Parecen frases sencillas, pero detrás de ellas existen habilidades fundamentales para la vida, como son la regulación emocional, escucha, empatía, respeto, negociación, establecimiento de límites y capacidad para reparar una relación después de un conflicto.
Tal vez uno de los mayores retos sea reconocer que niñas, niños y adolescentes aprenden mucho menos de nuestros discursos que de nuestras conductas. Podemos pedirles que no griten mientras nosotros gritamos, exigirles respeto mientras los descalificamos, pedirles diálogo mientras evitamos escuchar aquello que nos incomoda o podemos enseñarles, desde el ejemplo cotidiano, que existen otras maneras de resolver una diferencia.
La familia no puede explicar por sí sola toda la violencia existente en una sociedad. Sus causas son múltiples y requieren respuestas sociales, educativas, comunitarias e institucionales, pero sí constituye uno de los primeros espacios donde aprendemos cómo relacionarnos con otras personas.
Por eso, en la víspera del próximo 2 de octubre, quizá valga la pena llevar la reflexión más allá de una fecha en el calendario. Preguntarnos cómo discutimos en casa, corregimos o expresamos nuestro enojo. Cómo reaccionamos cuando alguien piensa diferente, cómo ponemos límites, escuchamos y, sobre todo, qué están aprendiendo quienes nos observan.
Construir una sociedad menos violenta requiere leyes, instituciones y políticas públicas. Pero también necesita algo mucho más cotidiano, como son personas capaces de relacionarse sin utilizar la agresión como lenguaje. Porque la paz no comienza únicamente cuando termina una guerra, también comienza cuando, dentro de una familia, aprendemos que podemos estar en desacuerdo sin lastimarnos.
