Opinión

Independencia de México, ¿qué resolvió y qué no?

“Periodos de crisis, como el que en nuestros días
atraviesa el mundo, obligan a los hombres a
plantearse el problema del significado de su destino.”
Jean Daniélou, El misterio de la historia, Dinor, 1953.

Conmemoramos y celebramos las gestas de Independencia de México. En su gran mayoría, los mexicanos y las mexicanas nos quedamos sólo en la celebración. Para conmemorar hay que tener conciencia histórica y para tener ésta hay que mirar la historia con objetividad, como en realidad ha sido y como la conocemos. Luego, como pueblo y como sociedad (expresión multiforme de aquél), podremos mirar el futuro para imaginarlo, proyectarlo y realizarlo: juntos, en paz, como hijos de la misma patria.

No podremos tener una sana conciencia histórica si mutilamos partes de nuestra historia. Nuestras raíces indígenas, hispánicas, mestizas y nuestros diversos momentos: precolombinos, virreinales, independientes, modernos y contemporáneos, configuran nuestra personalidad y nuestra manera de madurar como nación a lo largo del tiempo. Claro que hay paradojas y contradicciones en ello. O somos indigenistas, o hispanistas, o liberales o revolucionarios. Ser hermanos se nos escapa a menudo, por razones políticas, religiosas o ideológicas. Es un reto vivo.

La Independencia ha sido un acontecimiento que muestra ese cúmulo de circunstancias que nos permite mirar lo que pasó y por qué, y cómo eso permanece de algún modo hasta nuestros días; 1810 fue un año en que dieron comienzo las luchas por la Independencia de los virreinatos y capitanías de la Corona española en América, la mayoría encabezadas por líderes criollos (Hidalgo, Bolívar, San Martín) seguidos por mestizos e indígenas. Fue un levantamiento continental coincidente, no concertado.

En México, la situación social y política fue compleja durante el siglo XVIII, previo al levantamiento. De éste a la consumación, el caso fue más complejo. La Nueva España representaba para la Corona española una fuente relevante de su fortaleza económica; la plata y la hacienda eran sus símbolos. La producción de la primera, de 1702 a 1804, pasó de 5 a 26 millones de pesos anuales (el 67% de toda la plata en Hispanoamérica). La hacienda generaba hipotecas y anualidades que iban a la Iglesia y que ésta destinaba a sus diversas obras funcionales y caritativas.

La población pasó de 3.3 millones, en 1742, a 6.1 millones de habitantes en 1810. Los blancos (peninsulares y criollos) eran el 18%; las castas el 22%; y los indios el 60%. De 1720 a 1810 hubo diez crisis agrícolas que, sobre todo en 1809, dejó a la mayoría de la población (castas e indios) en situación de hambre (1). En el año previo al levantamiento, el precio del maíz de cuadruplicó, pasando a 56 reales por fanega (45 kgs. Aprox.), mientras el salario de un jornalero era de 2 reales al día. Se desencadenó el desempleo, la huida a las ciudades, los desórdenes sociales y el bandidismo (2).

En buena medida, tal situación explica por qué la primera fase del levantamiento, encabezada por el cura Hidalgo, fue violenta. Lo paradójico es cómo una situación de abundancia (minería y comercio), desembocó en hambre y desesperación de las masas indias (preludiada por las crisis agrarias). Ya el entonces obispo de Michoacán, fray Antonio de San Miguel, y el estudioso alemán, Alexander von Humbolt, consignaban en sus informes la realidad de un México desigual y miserable (3).

En este rubro social, lo que acentuó la crisis fue que el 12 de diciembre de 1804, España entró en guerra con Gran Bretaña. A fines de ese mes la Corona española secuestró los fondos de caridad para solventar dicha guerra. Tal medida afectó: a) A la Iglesia directamente, pues trasladó el dinero de los acreedores al Estado con menor rendimiento; b) Obligó a los propietarios a redimir sus créditos y préstamos; c) Forzó a pequeños propietarios a vender sus bienes desfavorablemente (4).

Lo que detonó la crisis política fue la captura de Fernando VII por Napoleón (1808). La soberanía volvía al pueblo, sostuvieron sobre todo los criollos, representados sobre todo en el Cabildo de la Ciudad de México (fray Melchor de Talamantes y Juan Francisco de Azcárate); sus contrapares, los peninsulares, de la Audiencia y el Consulado, buscaban una vinculación a la Junta de Sevilla. El virrey Iturrigaray buscaba calmar las aguas. La Audiencia lo capturó y lo mandó a España y encarceló a Talamantes y Azcárate y a quienes planteaban la independencia, pues no había rey.

Los peninsulares nombraron virrey a Pedro Garibay. En 1809 una gran sequía provocó el encarecimiento del maíz y la hambruna general de mestizos e indios. En 1810, llegó el nuevo virrey Francisco Javier de Venegas de España y fue descubierta la conspiración de Querétaro; el cura Hidalgo aceleró el levantamiento con el Grito de Dolores la madrugada del 16 de septiembre de ese año. Esta primera fase de la independencia atrajo a pocos criollos y congregó más a las castas y a los indios; se extendió al Bajío.

Aunque en sus proclamas Hidalgo —con Juan de Aldama e Ignacio Allende— lanzaba vivas a la patria, a la Virgen de Guadalupe y al rey Fernando VII (5) (obligado a abdicar en favor de un hermano de Napoleón), pronto el grito fue muy claro: Independencia y libertad. La revolución conquistó Guanajuato, luego Guadalajara y logró una red de espionaje, información, propaganda y suministro de armas en la Ciudad de México con el grupo los «Guadalupes»; pero pronto derivó en violencia: saqueo y asesinato.

Los criollos que inicialmente apoyaron la idea de la Independencia dejaron solo a Hidalgo y sus 80 mil seguidores, más horda que ejército. El general realista Félix María Calleja (fiel a la Corona) pronto lo cercó en la zona de Guanajuato, Michoacán y Guadalajara. Hidalgo nunca llegó a la Ciudad de México. Los realistas lo vencieron en Puente de Calderón (Jalisco) en enero de 1811. Hidalgo y Allende fueron capturados el 21 de marzo de 1811 y llevados a Chihuahua donde fueron ejecutados.

Los criollos realistas (leales a la Corona) devolvieron a México a España. Pronto fueron promovidos a los cargos militares y administrativos. El movimiento de Independencia permaneció en manos de José María Morelos, cura cercano al pueblo como Hidalgo. Mantuvo hegemonía en el sur del país y fue más estratégico tanto militar como políticamente. El Congreso de Chilpancingo, Los sentimientos de la nación y la Constitución de Apatzingán denotan su proyecto para el país (6).

La abolición de la esclavitud, la religión católica, la Virgen de Guadalupe y la patria fueron los ideales de Morelos. Pero los realistas recrudecieron sus ataques. Calleja sustituyó a Garibay como virrey y presionó militarmente a Morelos, que había logrado el control del sur (Guerrero, Puebla y Oaxaca). Huyendo hacia Tehuacán, Congreso y Morelos, éste fue capturado en Temalaca y trasladado a Ciudad de México. Fue condenado y fusilado el 22 de diciembre de 1815 (7). Los criollos tampoco lo apoyaron.

De 1815 a 1820 el movimiento de Independencia se volvió guerra de guerrillas, con Vicente Guerrero al frente. Los criollos volvieron a los puestos políticos y militares. La cosa cambió cuando Fernando VII fue obligado a restablecer la Constitución liberal de Cádiz de 1812. Ésta abolía fueros militares, administrativos y eclesiásticos. Su aplicación en México, con un nuevo virrey, Juan Ruiz de Apodaca, afectaba los intereses de los grupos criollos, que pronto se replantearon la idea de parar esto.

Se dio entonces la tercera fase de la Independencia. Agustín de Iturbide, nombrado comandante general del ejército realista para enfrentar a Vicente Guerrero (1820), simuló el conflicto, pero en realidad buscaba repeler la Constitución de Cádiz de 1812. Arropado por la oligarquía, el ejército y la Iglesia, formuló el Plan de Iguala (24/feb/1821). Ahí se planteaba una monarquía constitucional mexicana que abría a todos los habitantes la “opción a todo empleo, según su mérito y virtudes.” (8).

Religión, Independencia y Unión, las tres garantías, concertaron el consenso de la mayoría; Guerrero firmó a regañadientes. La Corona española, aun así, nombró a Juan O’Donojú como virrey; cuando éste llegó, en agosto de 1821, firmó con Iturbide el Tratado de Córdoba (24/ago/1821) reconociendo a México como “nación independiente y soberana”. Dicho virrey regresó a España, pero murió a los dos meses. El gobierno español no reconoció todo esto. El 27 de septiembre de ese año el Ejército Trigarante entró formalmente a la Ciudad de México y se formó un gobierno provisional.

Hasta aquí nuestra descripción. ¿Qué nos muestran todos estos hechos? Algunos dicen que fue una revolución conservadora (9); otros que finalmente se trató del “mismo fraile en diversa mula”: que los criollos terminaron peleándose entre sí, liberales contra conservadores y arrastraron a las castas y a los indios en su encarnizada lucha. Muchas cosas no se resolvieron y siguen sin resolverse.

Políticamente prevalece la idea del “libertador”, pero más bien ésta prefigura la del “dictador” (10), que en vez de unificar disuelve, fragmenta y polariza. Socialmente la desigualdad sigue hiriendo a millones de mexicanas y mexicanos que son sometidos a nuevas formas de esclavitud, sobre todo por el crimen organizado en amplias zonas del país. Hemos avanzado en la conciencia de pueblo y de nación, pero su perversión identificándolos con el Estado, o con un partido, prevalece. Hay que afinar la mirada: Todos cabemos en un proyecto porque somos hijos de la misma patria, no enemigos.

Notas

1. John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Ariel, Barcelona 2001, pp. 292-294.
2. Ib., p. 295.
3. Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, Porrúa, México 1991, pp. 35-50.
4. Lynch, op. cit., p. 299.
5. Miguel Hidalgo y Costilla, Discurso en Valladolid (17/oct/1810) en Liébano Sáenz (compilador), Antología universal del discurso político, Sanborns, México 2011, tomo 2, p. 631.
6. Lynch, op. cit., pp. 309-310.
7. Ib., pp. 311-312.
8. Plan de Iguala, 24 de febrero de 1821, en Lucas Alamán, Historia de México: desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta el momento presente, Tomo V, p. 740.
9. Lynch, op. cit., pp. 313-319.
10. Octavio Paz, El laberinto de la soledad/ Posdata/ Vuelta a El laberinto de la soledad, FCE, México 2008, p. 132ss.