Opinión

El tecladista asesinado y las notas periodísticas

La sobreexposición a la violencia: nos vuelve insensibles al shock, lacera nuestra concepción del valor de la vida propia

La banda que era un trío ahora es un dúo. Honás no volverá a tocar el teclado junto a Manuel y Erik. La violencia homicida decidió que fuera así, en el mismo acto de cobardía criminal que acabó con la vida de Ana Paola, la pequeña Sofía, Aleyda y el golden retriever de la familia. No conozco bien la música de Camilo Séptimo, pero su verso de 2017 “Tan solo queda esperar para verte otra vez / Para siempre” cobra una nueva dimensión.

Cuando se relata una tragedia, se reconstruye la realidad y se cimienta la memoria colectiva. Esa es la tarea del periodismo: contar historias basadas en la verdad, los hechos verificables y el bien común. El asesinato de Jonathan Meléndez, su familia y la trabajadora del hogar fue una nueva prueba para un gremio que en las últimas semanas ha sido zarandeado por el poder político de diferentes formas. Los resultados, como suele ocurrir, fueron mixtos.

Existieron críticas mordaces contra la forma en que los medios narraron la tragedia, cada quien, a su modo, con sus recursos y sus vicios. Por un lado, un periodista fue señalado por abusar de elementos literarios y construir una imagen poco afortunada del hijo de Honás. El pequeño de 6 años sobrevivió al atentado, y la crónica en cuestión lo retrata como una víctima perfecta: indefenso, petrificado y, según el texto, aferrado a alguna “creencia ancestral” para buscar consuelo.

Como bien explicó la defensora del lector de aquel medio, el periodista no tenía forma de saber con exactitud cómo se sentía el niño ni qué pasaba por su mente; no estuvo en el lugar del hecho ni habló con la víctima. Tampoco estaba escribiendo un material opinativo, en el que la especulación es válida con ciertas restricciones. El error, considero, estuvo en dramatizar la condición de la víctima y echar mano de la imaginación para elaborar su perfil.

Una reconstrucción fidedigna de los hechos debe ser suficiente para llamar la atención de los lectores y darles herramientas para construir una indignación racional y no una reacción visceral. El escenario en sí mismo ya es devastador: no es necesario aderezarlo con licencias creativas para enfatizar la gravedad del hecho. Soy el primero en defender el periodismo narrativo, pero este no puede dejar de ser periodismo: en cuanto cruza la línea de la veracidad, se convierte en ficción.

En el otro espectro, periodistas y audiencias debatieron sobre la facilidad con la que algunos comunicadores tienen acceso a contenidos explícitos que solo deberían estar en poder de las autoridades. “¿En qué momento normalizamos los videos policiales en las noticias?”, cuestionaba alguien en X/Twitter. Aunque falto de contexto histórico, su reclamo es pertinente.

El periodismo de nota roja cumple una función social relevante. Bien ejecutado, puede contribuir a amplificar realidades invisibilizadas y a acelerar procesos de búsqueda de justicia y transparencia gubernamental. Sin embargo, también es muy fácil caer en prácticas deshonestas que ponen el morbo y la obscenidad por encima de la dignidad humana. La necroeconomía es presentada como noticia de último momento.

Algunos comunicadores de fuente policiaca expresaron su estupefacción frente a las imágenes del multihomicidio ocurrido en Atizapán. Esto no debería alegrarnos ni sorprendernos, sino hacernos cuestionar las negociaciones con fuentes informativas (sobre todo si son servidores públicos), la facilidad con la que las tragedias ocupan los espacios mediáticos estelares y los motivos por los cuales, como consumidores de noticias, no podemos dejar de mirar.

Ahora que han sido tan discutidos los derechos de las audiencias, el caso Jonathan Meléndez y su familia debería ser un llamado de atención para medios y sociedad por igual. La sobreexposición a la violencia tiene consecuencias múltiples: nos vuelve insensibles al shock, lacera nuestra concepción del valor de la vida propia y ajena, exime al Estado de proveer condiciones de seguridad pública y legitima lo que Rita Segato llama las “pedagogías de la crueldad”. Los medios informativos deben ser un servicio público para el bien común, no una escuela de sociopatías.