Opinión

El nuevo orden financiero mundial: hacia una transformación profunda del poder económico

El sistema financiero internacional atraviesa una etapa de transformación que puede terminar siendo tan importante como cualquiera de las grandes modificaciones experimentadas durante las últimas décadas. No se trata solamente de la aparición de nuevas tecnologías financieras, de la expansión de las monedas digitales o de una mayor utilización de monedas distintas al dólar. Lo que está en juego es algo más profundo: la relación entre dinero, tecnología, poder económico y poder geopolítico está cambiando. La hipótesis que propongo es que entre 2020 y 2026 se han acumulado fuerzas suficientes para afirmar que se aproxima una transformación profunda del sistema financiero mundial. No significa que el dólar vaya a desaparecer ni que Estados Unidos esté próximo a perder su posición central. Significa que el sistema que durante décadas funcionó alrededor de una moneda dominante, de mercados financieros estadounidenses y de instituciones creadas fundamentalmente bajo el liderazgo occidental comienza a enfrentar una realidad distinta.

El cambio más importante quizá no sea la sustitución del dólar por otra moneda. Puede ser, más bien, el paso de un sistema relativamente concentrado hacia otro más multipolar, digital, fragmentado y competitivo, en el que distintas monedas, plataformas de pago, instituciones financieras y centros de poder económico disputen espacios de influencia. Los acontecimientos posteriores a la pandemia aceleraron esta tendencia. La guerra en Ucrania, las sanciones financieras, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, la transformación de las cadenas globales de producción, el fortalecimiento de los países asiáticos, la creciente autonomía financiera de los países del Golfo y la incorporación acelerada de la inteligencia artificial a las finanzas han creado un escenario diferente. La pregunta fundamental ya no es simplemente quién tiene más riqueza, sino quién controla las infraestructuras mediante las cuales circula esa riqueza.

Hablar de desdolarización exige evitar dos posiciones igualmente equivocadas. La primera consiste en afirmar que el dólar está condenado a perder rápidamente su hegemonía. La segunda es sostener que nada está cambiando.

Los datos muestran una realidad mucho más compleja. En el primer trimestre de 2026, el dólar representaba 57.13% de las reservas oficiales de divisas reportadas al FMI. Esa cifra confirma que continúa siendo, por amplio margen, la principal moneda de reserva internacional. (Datos del FMI) Pero la misma información revela que la estructura monetaria mundial está diversificándose. El oro ha adquirido una importancia creciente en las reservas oficiales y otras monedas han aumentado su presencia. La diversificación no equivale todavía a una sustitución del dólar, pero sí modifica las condiciones bajo las cuales opera su hegemonía.

La fortaleza del dólar se aprecia todavía con mayor claridad en los mercados cambiarios. De acuerdo con la encuesta trienal del Banco de Pagos Internacionales correspondiente a 2025, el dólar estuvo presente en uno de los lados de aproximadamente 89% de las operaciones cambiarias mundiales. El volumen total de operaciones de divisas alcanzó alrededor de 9.6 billones de dólares diarios. (Bank for International Settlements)

Esto significa que cualquier análisis serio debe reconocer una paradoja: el mundo puede estar buscando reducir su dependencia del dólar mientras continúa dependiendo de él.

La desdolarización, por ello, debe entenderse como un proceso gradual de diversificación de reservas, comercio, financiamiento y sistemas de pago. No existe actualmente una moneda única capaz de sustituir simultáneamente todas las funciones internacionales que desempeña el dólar.

El euro tiene una dimensión económica suficiente para competir, pero Europa enfrenta dificultades políticas y fiscales para convertir esa dimensión en un poder financiero equivalente. China posee una economía y una capacidad comercial extraordinarias, pero el renminbi todavía enfrenta restricciones relacionadas con la convertibilidad, los controles de capital y la estructura de sus mercados financieros. En consecuencia, el escenario más probable no parece ser el de una sustitución inmediata, sino el de una competencia creciente entre monedas y sistemas financieros.

El futuro del dólar dependerá menos de la voluntad de otros países por abandonarlo que de la capacidad de Estados Unidos para conservar las condiciones que hicieron posible su centralidad. Una moneda internacional necesita algo más que el tamaño de la economía que la emite. Requiere mercados financieros profundos, activos considerados seguros, estabilidad jurídica, instituciones creíbles, liquidez y una infraestructura internacional capaz de utilizarla a gran escala.

Estados Unidos conserva muchas de esas ventajas. Por eso sería prematuro hablar del final de la hegemonía del dólar. Lo que sí parece razonable es hablar del fin de su excepcionalidad incontestada. El uso de sanciones financieras como instrumento de política exterior ha generado, además, un incentivo para que algunos países busquen mecanismos alternativos. Cuando las reservas, las transacciones y los sistemas de pago pueden convertirse en instrumentos de presión geopolítica, los gobiernos comienzan a considerar que la diversificación financiera forma parte de su seguridad nacional.

Esta es una de las transformaciones más significativas de nuestro tiempo: la política monetaria internacional está adquiriendo una dimensión explícitamente geopolítica. La cuestión es especialmente delicada para Washington. El poder financiero estadounidense deriva en buena medida de la confianza internacional en sus mercados y en sus instituciones. Si la utilización del dólar se percibe cada vez más como parte de una estrategia de confrontación geopolítica, algunos países tendrán mayores incentivos para reducir su exposición. Sin embargo, existe también una contradicción: la búsqueda de alternativas puede terminar fortaleciendo indirectamente al dólar. Un ejemplo particularmente significativo son las stablecoins. El BIS estimaba, a principios de 2026, que aproximadamente 98% del valor de las stablecoins estaba denominado en dólares. Por tanto, la expansión del dinero digital privado puede convertirse, al menos inicialmente, en un mecanismo de nueva dolarización de economías que precisamente buscan reducir su dependencia monetaria. (Bank for International Settlements)

El futuro del dólar, entonces, podría ser menos el de una moneda que desaparece que el de una moneda que se adapta al nuevo sistema digital y multipolar. La verdadera dimensión del desafío chino no consiste únicamente en crear una alternativa al dólar. China está construyendo progresivamente una esfera financiera propia vinculada con su enorme capacidad comercial, sus bancos, sus inversiones internacionales y sus relaciones económicas con Asia, África, América Latina y los países del Golfo.

La internacionalización del renminbi ha avanzado, aunque todavía se encuentra lejos de desafiar directamente al dólar. La investigación del BIS basada en la encuesta cambiaria de 2025 encuentra que los vínculos financieros y bancarios con China tienen una importancia creciente para la internacionalización del renminbi, incluso por encima de los vínculos estrictamente comerciales en determinados horizontes. (Bank for International Settlements)

Esta observación resulta fundamental. China no necesita necesariamente que el renminbi se convierta en la nueva moneda dominante para modificar el sistema. Le basta con conseguir que una proporción cada vez mayor del comercio y de las inversiones internacionales pueda realizarse utilizando su propia moneda y sus propios mecanismos financieros.

Asia constituye el espacio natural de esa expansión.

India, Japón, Corea del Sur, los países de la ASEAN y los centros financieros de Hong Kong y Singapur tienen intereses distintos y no forman un bloque homogéneo. Pero precisamente esa diversidad permite pensar en un escenario asiático donde varias monedas y sistemas financieros convivan y compitan.

La consecuencia podría ser una reducción gradual de la necesidad de utilizar el dólar como intermediario en determinadas operaciones regionales.

No sería el fin del dólar. Sería el surgimiento de circuitos financieros paralelos.

Los países del Golfo ocupan una posición particularmente estratégica en esta transformación.

Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo poseen recursos energéticos, grandes reservas financieras, fondos soberanos y una ubicación geográfica privilegiada entre Europa, Asia y África.

Pero quizá lo más importante sea que están modificando el destino de su riqueza. Los fondos soberanos del Golfo han incrementado sus inversiones internacionales y participan cada vez más en sectores como tecnología, infraestructura, servicios financieros y nuevas industrias. Un estudio del FMI publicado en 2025 encontró un aumento de las inversiones transfronterizas de los países del Consejo de Cooperación del Golfo y una creciente orientación hacia los servicios. (IMF)

Esta transformación tiene consecuencias geopolíticas. Los países del Golfo ya no deben ser vistos únicamente como productores de petróleo. Están adquiriendo características de intermediarios financieros globales. Su estrategia consiste, en buena medida, en mantener relaciones simultáneas con Estados Unidos, Europa, China y otras economías asiáticas.

Esta capacidad de relacionarse con distintos polos puede otorgarles un margen de autonomía considerable. Si el sistema financiero internacional se vuelve más multipolar, los países del Golfo podrían convertirse en uno de los espacios donde diferentes capitales, monedas y proyectos estratégicos se encuentren.

Su papel será todavía mayor si el petróleo pierde progresivamente parte de su centralidad y los fondos acumulados durante décadas se convierten en instrumentos para participar en la economía tecnológica del futuro. Europa representa uno de los casos más interesantes. La Unión Europea posee un mercado enorme, instituciones financieras desarrolladas y una moneda internacional consolidada: el euro. El Banco Central Europeo informó en junio de 2026 que el euro mantuvo en 2025 alrededor de 20% de participación promedio en distintos indicadores de uso internacional y continuó siendo la segunda moneda más importante del sistema monetario mundial. También destacó el crecimiento de las emisiones internacionales de deuda denominadas en euros. (European Central Bank) Europa tiene, por tanto, capacidad para desempeñar un papel mucho mayor. Su problema no es económico sino, en buena medida, político  .La fortaleza internacional del euro depende de la capacidad europea para profundizar sus mercados de capitales, crear activos seguros a escala continental, desarrollar sistemas de pagos eficientes y construir una estrategia común frente a la fragmentación geopolítica. Europa podría convertirse en uno de los grandes polos del nuevo sistema financiero. Pero para ello necesita transformar su poder económico en poder financiero estratégico. De lo contrario, corre el riesgo de permanecer atrapada entre dos grandes centros de poder: Estados Unidos y China.

Para América Latina, la transformación financiera internacional presenta simultáneamente riesgos y oportunidades. La región ha mantenido históricamente una elevada exposición al dólar debido al comercio, la deuda externa, las remesas, las reservas internacionales y la profundidad de los vínculos económicos con Estados Unidos. Pero el crecimiento de China como socio comercial e inversionista está modificando esa realidad. El problema para América Latina es que sustituir una dependencia por otra no constituye verdadera autonomía. La oportunidad consiste en aprovechar la competencia entre los grandes centros económicos para diversificar mercados, fuentes de financiamiento, reservas y mecanismos de pago. La región debería evitar, por tanto, la falsa disyuntiva entre Washington y Beijing. Su objetivo estratégico debería ser disponer de relaciones suficientemente amplias con Estados Unidos, Europa, China, Asia y los países del Golfo como para evitar que una sola potencia pueda condicionar decisivamente sus decisiones económicas. México tiene aquí una posición singular. Su integración productiva con Estados Unidos, particularmente mediante el T-MEC, constituye una ventaja extraordinaria. Pero al mismo tiempo limita sus márgenes para desarrollar una política de diversificación financiera completamente independiente.

El desafío mexicano será aprovechar la integración norteamericana sin renunciar a una estrategia global de diversificación. La pregunta no debería ser si México debe escoger entre Estados Unidos y China, sino cómo puede fortalecer su posición negociadora manteniendo vínculos económicos suficientemente amplios con ambos y profundizando simultáneamente sus relaciones con Europa, Asia y América Latina.

A todas estas transformaciones se agrega una variable que puede resultar incluso más disruptiva que la propia competencia monetaria: la inteligencia artificial. La IA está comenzando a modificar prácticamente todas las funciones del sistema financiero: evaluación de crédito, detección de fraude, gestión de inversiones, administración de riesgos, seguros, pagos, cumplimiento regulatorio y supervisión. El BIS ha advertido que la inteligencia artificial puede mejorar significativamente la eficiencia financiera, pero también puede incrementar la concentración tecnológica, la interdependencia entre instituciones y la velocidad con la que los problemas financieros se transmiten de un mercado a otro. (Bank for International Settlements) Esta transformación modifica la naturaleza misma del poder.  Durante buena parte del siglo XX, el poder financiero dependió fundamentalmente de la capacidad de movilizar capital. En el siglo XXI dependerá cada vez más de la capacidad de procesar información. Quien controle los datos, los modelos de inteligencia artificial, la infraestructura computacional y las redes de pagos tendrá una influencia extraordinaria sobre los mercados.

La cuestión deja de ser entonces solamente quién controla una moneda. La pregunta es: ¿quién controla los algoritmos que determinan cómo se asigna el capital?

Esto puede generar una nueva concentración de poder. Si bancos, fondos de inversión y empresas utilizan modelos similares para evaluar riesgos y tomar decisiones, sus comportamientos pueden sincronizarse. Ante una crisis, miles de sistemas podrían vender simultáneamente los mismos activos, provocando movimientos de mercado mucho más rápidos que los observados en las crisis tradicionales. El BIS ha señalado precisamente el riesgo de que la utilización generalizada de modelos similares que generen comportamientos de manada, aumente la volatilidad y acelere los mecanismos de contagio financiero. (Bank for International Settlements)

La IA puede hacer al sistema financiero más eficiente. Pero también puede hacerlo más rápido, más complejo y potencialmente más frágil. Y existe una dimensión geopolítica adicional: el desarrollo de los sistemas de IA depende de chips avanzados, centros de datos, energía, redes de comunicación y grandes capacidades de cómputo. De esta manera, la competencia financiera empieza a entrelazarse con la competencia tecnológica. Finanzas, tecnología y geopolítica dejan de ser ámbitos separados.

Todos estos procesos apuntan hacia una conclusión. El futuro sistema financiero mundial probablemente no será simplemente estadounidense, chino o europeo. Será más complejo. Podría estar compuesto por diferentes capas: el dólar manteniendo una posición central; el euro conservando un papel relevante; el renminbi ampliando su utilización regional e internacional; otras monedas ganando espacios específicos; el oro recuperando importancia como activo de reserva; los sistemas digitales transformando los pagos; las stablecoins ampliando la circulación privada de dinero digital; y las monedas digitales de bancos centrales tratando de preservar el papel de las autoridades monetarias. Esto puede producir un sistema multipolar pero no necesariamente equilibrado. La multipolaridad no garantiza estabilidad. Puede incluso aumentar la competencia y la fragmentación.

La historia demuestra que los grandes cambios en los sistemas monetarios internacionales no son exclusivamente económicos. También son consecuencia de cambios en la distribución del poder. La transición del patrón oro al sistema de Bretton Woods, y posteriormente la consolidación del dólar después de la desaparición de la convertibilidad en oro, estuvieron asociadas a transformaciones profundas en la estructura del poder mundial. Ahora estamos ante otra transformación. La diferencia es que esta vez el cambio tecnológico ocurre simultáneamente con la redistribución geopolítica del poder.

Conclusión:

Entre 2020 y 2026 se han acumulado suficientes señales para afirmar que el sistema financiero internacional se encuentra ante una transformación profunda. No estamos todavía ante el fin del dólar. Tampoco parece razonable afirmar que el renminbi vaya a sustituirlo en el corto plazo. Lo que está ocurriendo es algo más complejo y, posiblemente, más importante: la arquitectura financiera internacional está dejando de depender de un solo centro de gravedad.

La desdolarización constituye una de las expresiones de este proceso, pero no es la totalidad del fenómeno. El verdadero cambio incluye la diversificación de reservas, la expansión de nuevos sistemas de pago, la internacionalización progresiva del renminbi, el fortalecimiento del euro, la creciente importancia financiera de los países del Golfo, la búsqueda latinoamericana de mayor diversificación, la digitalización del dinero y, sobre todo, la incorporación de la inteligencia artificial al corazón de las decisiones financieras. El dólar conservará durante bastante tiempo ventajas que ninguna otra moneda puede igualar fácilmente. Su profundidad financiera, su liquidez y la dimensión de los mercados estadounidenses constituyen barreras formidables para cualquier sustituto. Pero una hegemonía puede debilitarse sin desaparecer. Ese parece ser el escenario más plausible.

La pregunta decisiva para los próximos años no será quién reemplazará al dólar, sino cómo se distribuirá el poder en un sistema donde el dólar seguirá siendo central, pero dejará de ser suficiente. Estados Unidos deberá decidir si utiliza su poder financiero fundamentalmente como instrumento de presión geopolítica o si procura conservar la confianza internacional que sostiene su moneda. China tendrá que demostrar que puede internacionalizar su moneda sin renunciar a la estabilidad y apertura necesarias para convertirla en una verdadera moneda global. Europa deberá decidir si quiere ser únicamente una gran potencia comercial o también una potencia financiera y monetaria. Los países del Golfo pueden convertirse en intermediarios entre diferentes polos económicos. Asia probablemente será el escenario principal de la nueva competencia financiera. América Latina tendrá que evitar convertirse nuevamente en el espacio pasivo donde otros centros de poder disputen influencia. Y todos tendrán que enfrentar una realidad inédita: el dinero del futuro será cada vez más digital, las decisiones financieras serán cada vez más algorítmicas y el poder económico dependerá crecientemente de quién controle los datos, las redes, los sistemas de pago y la inteligencia que los gobierna.

Por eso, la transformación que se avecina no debe entenderse únicamente como una transición monetaria. Es una transformación del concepto mismo de poder. El sistema financiero internacional que emerja de esta etapa será probablemente menos unipolar, más tecnológico y más competitivo. Su estabilidad dependerá de que las grandes potencias sean capaces de construir reglas de coexistencia en lugar de convertir cada instrumento financiero en un arma de confrontación. El gran desafío del periodo que comienza será, en consecuencia, construir un sistema financiero multipolar sin convertirlo en un sistema financiero fragmentado por la rivalidad geopolítica. De la respuesta a ese desafío dependerá buena parte del equilibrio económico y político del siglo XXI.