El erotismo de la venganza
¿Puede la venganza ser sensual? El deseo destructivo en Cumbres Borrascosas, sí.
Amigas y amigos míos, sean bienvenidos a este espacio seguro donde podemos dar rienda suelta a nuestros más cuestionables gustos literarios, porque sí, esta columna también es para ellos, pero bueno, a lo que venimos.
El domingo pasado nos sumergimos en las aguas turbias de Grenouille y el efímero mundo de los olores, pero hoy, agárrense fuerte porque hoy vengo a traerles a otro monstruo. Uno inglés, victoriano, envuelto en la bruma de los páramos y con los ojos cargados de tormenta. Esta semana decidí hablarles del antihéroe por excelencia; ese hombre que lleva más de un siglo haciéndonos suspirar en la literatura a pesar de que, si lo conociéramos en la vida real, saldríamos corriendo en dirección opuesta.
Les presento a nuestro obsesivo de hoy: Heathcliff.
Ya las veo venir: «¡Ay, Yazz, pero si Cumbres Borrascosas es una gran historia de amor!».
A ver, respiren hondo antes de que les dé un paro respiratorio. Ya sé que Cumbres Borrascosas no es precisamente una historia de romance, aunque muchas y muchos piensen que sí, porque también es una historia de muchísima pasión, pero despojada de finales felices y bombones empalagosos. Emily Brontë no nos regaló un romance; nos regaló una radiografía del erotismo de la destrucción mutua. Y la pregunta incómoda de esta semana es clara: ¿Por qué nos resulta tan magnético y perturbadoramente erótico un personaje que se alimenta puramente de la venganza y el rencor?
La respuesta rápida: Porque lo es. ¡Ja! Pero para entender a Heathcliff, hay que desnudarnos de la moralidad convencional. ¿Listas?
Heathcliff no tiene nada de caballero educado, predecible y aburrido —hola, Edgar Linton— que la sociedad espera. Heathcliff es puro instinto salvaje, la naturaleza indomable que no pide permiso ni se disculpa. El erotismo en él no nace de la galantería, sino del peligro de estar en su mira, de esa atracción primitiva por lo prohibido y lo indomable.
A diferencia del deseo carnal común, lo que une a Heathcliff con Catherine Earnshaw —a quien llamaremos Cathy para efectos prácticos— no es solo la piel, es una fusión metafísica. Hay una frase bellísima que seguro recuerdan, ese momento donde Cathy nos confiesa el tamaño de su entrega: «De lo que sea que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son lo mismo».
¡Uff! Eso no es amor de manitas sudadas, amigas. Eso es un erotismo que roza la divinidad y nos sacude a la orilla del peligroso abismo de la obsesión: la pérdida absoluta de la individualidad. Es desear tanto al otro que dejas de saber dónde terminas tú y dónde empieza él.
Pero ¿qué pasa cuando ese deseo absoluto es traicionado por las conveniencias sociales?
Al menos aquí, el amor se pudre y se transforma en el combustible más volátil del mundo: la venganza.
Cuando Cathy lo rechaza para casarse por estatus, el dolor implosiona dentro de Heathcliff. Y aquí viene el giro perversamente erótico: su despecho no lo apaga; lo incinera desde el centro hasta su periferia y su venganza se vuelve una obra de arte oscura. Él regresa años después, rico, poderoso y cruel. Nunca sabemos de dónde sacó tanto dinero, una genialidad maestra de Brontë pues nos tiene todo el tiempo fantaseando en los peores escenarios porque sabemos que todos ellos son posibles. Lo que sí sabemos es que él está dispuesto a destruir todo lo que rodea a su amada, no porque haya dejado de desearla, sino porque la herida sigue abierta y sangrando en carne viva. Hay un magnetismo brutal en ver a un hombre romper el mundo entero solo porque no puede tenerte.
Y si Grenouille buscaba atrapar el alma de sus víctimas en un frasco, Heathcliff lleva la obsesión al extremo gótico de la necrofilia espiritual. Cuando Cathy dice la icónica frase: «Yo soy Heathcliff», el personaje arraiga la idea de fusión absoluta, codependencia y pérdida de individualidad entre ambos. Esta conexión metafísica convierte la separación física en una auténtica amputación en lugar de una simple ruptura, y cuando por fin ella muere, él no busca superarlo. Le ruega, le exige que lo persiga, que se convierta en su fantasma, porque no concibe existir en un mundo donde ella no esté y continúa destruyendo todo lo remotamente cercano a ella.
El verdadero clímax de este tormento ocurre casi al final de la novela. Heathcliff ya no es el joven salvaje, es un hombre roto, consumido por una huelga de hambre voluntaria porque ya no pertenece a este plano. Se deja de interesar en la venganza terrenal porque se obsesiona con el más allá. En sus últimos días, se pasa las noches enteras frente a la ventana abierta, bajo la lluvia, con los ojos fijos en la negrura de los páramos. ¿Y qué ve? El espectro de su Cathy. El fantasma de la mujer que amó y destruyó, llamándolo desde el frío.
Esa ventana abierta es el portal de su consumación.
El erotismo a esta altura se vuelve espectral: ya no hacen falta los cuerpos, tan así que su deseo es tan descomunal que rompe la barrera entre los vivos y los muertos. Heathcliff muere con una sonrisa fija en el rostro, con los ojos abiertos de par en par, arrebatado por la visión de su eterna compañera en el abrazo definitivo que la vida les negó.
Jean-Baptiste Grenouille nos enseñó el vacío de quien no puede ser amado; Heathcliff nos demuestra que la pasión, cuando se alimenta del ego, el orgullo y el rencor, se convierte en un fuego que devora a los amantes hasta dejarlos en cenizas.
Entonces, ¿puede el rencor ser sexy?
No nos engañemos, queridas, lo sexy no es el daño, sino la intensidad absoluta de un hombre que se niega a olvidar, que prefiere arder en el infierno de los páramos antes que enfriarse en la indiferencia.
Estos dos personajes se pasan la vida destruyéndose y al mismo tiempo, deseándose con uno de los deseos nucleares más poderosos que las novelas nos han regalado, por eso puedo entender que, para algunas, esta sea una historia de amor, una que definitivamente solo podríamos disfrutar en todo su esplendor en la seguridad que nos otorgan las páginas de un libro.
Heathcliff, como decía mi sabia abuelita: ni picha, ni cacha ni deja batear.
La venganza lo consumió hasta el tuétano y le arrebató la poca humanidad que Cathy en su momento le otorgó. Ella fue la única en realmente verlo y amarlo, por supuesto a su retorcida y egoísta manera, era obvio que nuestro protagonista reaccionaría de esa forma, dado su temperamento salvaje y bruto.
Pero, dejando a un costado el libro solo para fines didácticos y vamos a complementar el escenario de nuestra imaginación con una de las escenas de la pantalla, díganme con sinceridad: ¿quién no quisiera que Heathcliff la levantara con una sola mano para pegarla a su pecho?
Yo me confieso ahora mismo: ¡Sí, por favor! Tráiganme un Heathcliff para el fin de semana.
¿Y ustedes? ¿Alguna vez han preferido la tormenta antes que la calma?
Les mando un beso enorme.
Las leo.
