El erotismo de la vanidad
¿Otra forma de inmortalidad? ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por la belleza eterna?
¿Cuántas veces hemos evitado el espejo a toda costa? Queridas amigas… debo confesar que yo he omitido la parte de peinarme desde hace más de diez años y no me arrepiento de nada. Pero, ojalá todo fuera tan fácil como evitar una imagen en el espejo.
El verdadero problema es escapar de todo lo demás que en este mundo nos persigue como si le pagaran por ello.
Esta semana quiero hablarles de uno de los hombres más sensuales, bellos, sicalípticos y perversos que la literatura clásica ha parido. Acompáñenme a desnudar la belleza sobrenatural que acompaña a nuestro protagonista en El retrato de Dorian Gray de nuestro siempre admirado Oscar Wilde.
La pregunta medular de hoy es: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para vencer aquello que ningún ser humano puede vencer: la muerte?
¿Aceptarías inmediatamente si alguien de la nada llega y te ofrece ser joven y bella, eternamente?
No, no contestes todavía, dame la oportunidad de contarte desde mi perspectiva cómo veo el arco argumental de este fascinante personaje, desde su esplendor hasta su inevitable decadencia, y quizá esto te obligue a leer dos veces las letras chiquititas del contrato.
Pero cuidado, antes de condenar a nuestro precioso Dorian —porque Wilde nos deja claro que el muchacho era precioso— respondamos algo con sinceridad: ¿quién no ha deseado alguna vez detener el tiempo?
Y no me refiero a vivir eternamente en un sentido abstracto, sino a algo mucho más egoísta y cercano como, no sé, conservar aquello que tenemos aquí y ahora. La juventud. La belleza. El cuerpo. La simple posibilidad de hacerlo todo, sin consecuencias.
Es seductor pensar en lo mucho que facilitaría nuestra vida el no tener arrugas, manchas de sol o kilitos de más. Somos seres visuales y nuestra vanidad se alimenta constantemente de la aprobación de los otros sobre nosotros. Si, ya sé que parece trabalenguas. Repítelo varias veces, es divertido.
Bueno, me pongo seria. En este punto, en este deseo intrínseco de que el tiempo no ejerza sus estragos sobre nosotros donde aparece Dorian Gray. El deseo de no envejecer es profundamente humano, yo misma he fantaseado con ello y eso es precisamente lo que hace que Dorian sea tan peligroso para nosotros como lectores: lo entendemos perfectamente antes de atrevernos a juzgarlo a él porque, si, pudiéramos estarnos juzgando a nosotros mismos y eso solo es para los valientes, pero es aquí, en este punto donde el erotismo se manifiesta con toda su fuerza.
Porque vean, Dorian descubre muy pronto que su estética no solo provoca una admiración pasiva; su belleza le otorga un poder real sobre los demás. La gente lo mira de otra manera, lo desea, lo perdona y lo idealiza sin cuestionarlo.
La belleza le funciona como una moneda de cambio y una herramienta de dominación cuando el entorno está dispuesto a entregárselo todo, solo con la promesa de que Dorian los vea, y ya no hablo de todo lo que darían si se convirtieran en el objeto de deseo de un hombre como él —Ben Barnes, te estoy hablando a ti. — lo siento, no pude evitar citar al Dorian más reciente en pantalla. Y a diferencia de otros personajes de la literatura que sostienen su poder en el estatus social o la riqueza, Dorian posee algo mucho más frágil y magnético: un rostro perfecto y ese mismo rostro también puede, potencialmente, convertirse en una prisión.
Aquí llegamos al corazón de todo este deseo y es que Dorian no solo anhela ser hermoso; él exige que la realidad se congele para él eternamente.
Es entonces cuando ocurre la gran inversión del mito: su cuerpo permanece intacto mientras el lienzo envejece. La muerte y el deterioro no desaparecen de su vida, simplemente cambian de objeto y ya no recae sobre él directamente. Dorian no elimina el precio de la inmortalidad, solo consigue que la decadencia de su cuerpo y alma recaiga en algo más, en este caso, que el retrato, pague la factura moral y física en su lugar, dando inicio a su inevitable bancarrota emocional.
Lo verdaderamente terrorífico de la historia de Dorian es que consigue exactamente lo que pidió. No hay un castigo divino inmediato, por supuesto. Él se la lleva muy cómodo y puede seguir viviendo, seduciendo, experimentando y destruyendo a su paso, pero ¡sorpresa! Esto no evita que, mientras tanto, en una habitación cerrada, el retrato acumule la contabilidad moral de su existencia ignorando que en cada pecado deja un saldo y cada crueldad cometida con la encantadora sonrisa de su perfecto rostro vaya aumentando la deuda. Aunque tampoco es cien por ciento indiferente ya que de vez en cuando, Dorian se atreve a mirar el lienzo para ver el costo exacto de seguir siendo joven y esto hace que su necesidad de nunca convertirse en eso que se descompone en el ático sea más fuerte.
Esto nos deja una pregunta incómoda: ¿seguiríamos deseando la inmortalidad si pudiéramos ver diariamente en un espejo todo lo que nos está costando mantenerla? Porque recordemos que incluso eso, no impidió que Dorian viviera la vida loca, sin límites y sin consecuencias visibles inmediatas. Si, mi querido Dorian, el polvo no desaparece con barrerlo debajo de la alfombra. ¡Qué razón tenía mi abuelita!
Entonces, ¿por qué Dorian Gray nos sigue pareciendo una figura tan erótica?
Pues porque no deja de ser una tentación, peligrosa, sí, pero significativamente introspectiva, ya que su belleza habita fuera del alcance del tiempo y también por la enorme distancia que existe entre el hombre que vemos y el hombre que realmente es. Y he de decirles que la condición humana, en mayor o menor grado, tiene esa dicotomía merodeando a nuestro alrededor.
Dorian se transforma en una fantasía pura, una superficie perfecta que jamás se deteriora y Wilde ejecuta un acto perverso con nosotras, sus fieles lectoras: nos permite mirar debajo de esa superficie. Sabemos que ese rostro hermoso es una mentira absoluta y, quizás por eso mismo, nos resulta todavía más fascinante.
Pero, seamos honestos ¿qué es lo que nos fascina realmente? La belleza efímera que nos muestra el espejo o saborear los peligrosos placeres que se ocultan detrás del mismo rostro perfecto.
Si lo piensan, todos somos un poco Dorian, ocultamos algo detrás del feed perfecto en redes, de la cortesía diplomática o una sonrisa hipócrita. Eso me hace preguntarme: ¿acaso siempre hay algo más —no necesariamente maligno— detrás de la belleza que mostramos en público?
Porque el verdadero fracaso de Dorian no es que al final muera, no hombre, eso al final de la historia le va de maravilla y siendo honestas, para el nivel de Wilde, una conclusión así de simple sería una falta de respeto a tremendo personaje.
La verdadera tragedia es que logró prolongar su juventud, pero en el camino extravió aquello que hacía que su vida valiera la pena. Perdió sus afectos, sus relaciones, su capacidad de arrepentimiento y, en última instancia, su humanidad.
Dorian sacrificó su alma para conservar la vida del cuerpo y al hacerlo, nos dejó abierta una interrogante incómoda: si conservar la existencia física nos exige renunciar poco a poco a aquello que nos hace humanos, ¿seguimos queriendo vivir perfectos para siempre?
Si tu respuesta es sí, chócalas. Si tu respuesta es no… también chócalas.
Porque no hay una respuesta correcta, como bien dije, Dorian nos invita a introducirnos conscientemente en un ejercicio, incómodo, pero necesario de introspección, porque si algo nos deja claro el señor Wilde con esta historia, es que todo, por más insignificante o efímero que parezca, conlleva un costo. El punto es: ¿lo pagaríamos?
Aunque, quizá la respuesta no esté en la eternidad del cuerpo, sino en la del nombre, porque sugiero que tal vez, no queremos que sobreviva nuestra bella cara por los siglos de los siglos, ¿qué tal nuestro nombre? ¿nuestro legado?
Pero ya basta, eso de la gloria y de cómo vencer al olvido, lo hablaremos la próxima semana, cuando nos toque hablar de Aquiles. Díganme ¿les gustaría una comparativa?
Las leo mis amores. Bye.
