El erotismo de la posesión
¿Puede el deseo convertirnos en monstruos? El erotismo de la obsesión en El perfume
Ya desde ahora les digo que este personaje puede polarizar las opiniones, pero antes de que se me infarten, queridas amigas, déjenme decirles dos cosas. Primero; el erotismo puede estar presente en todo, depende de los ojos que lo miren. Segundo; ¿hay algo más seductoramente erótico que un aroma que envuelve, aturde y enardece los sentidos?
Les presento a nuestro protagonista de esta semana… Jean-Baptiste Grenouille.
¿Cómo que no saben de quién hablo? Eso me ofende, pero lo tomo.
Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de El perfume, de Patrick Süskind, es el hombre que dejará de hacerte pensar que aquí solo vengo a hablarte de los hombres que nos atraen para empezar a preguntarte: ¿por qué ciertas construcciones literarias del deseo funcionan como detonante del erotismo, incluso cuando sabemos que el personaje es un monstruo?
Y ojo, que voy a hablar desde la perspectiva de este personaje pues encaja perfecto, ya que Grenouille lleva el aroma de las cosas a un nivel de idolatría obsesiva. Con este señorito, el erotismo no está en decir ¡vaya! qué hombre tan deseable, sino en una pregunta bastante más incómoda: ¿Cómo consigue Patrick Süskind convertir el deseo, el olor, el cuerpo y la obsesión en algo erótico cuando el objetivo mismo del deseo puede resultar profundamente repulsivo?
Para entenderlo, hay que bajarnos del pedestal de lo visual y adentrarnos en el efímero mundo de los olores. Los aromas arremeten contra nuestro inconsciente; son los estímulos que más recuerdos y sensaciones provocan en nuestro cuerpo. Desde la suave brisa del mar que se percibe salada en el paladar, el aroma de la tierra mojada que nos recuerda nuestra infancia, el café en una mañana fría o, ¿cómo olvidarlo?, el perfume de algún extraño pasando a nuestro lado. Sí, amigas, todas —no lo nieguen— hemos volteado el cuello cuando ese aroma despierta el recuerdo de nuestro amor de la adolescencia. Todas hacemos asociaciones olfativas directamente relacionadas con momentos clave de nuestras experiencias de vida.
Desafortunadamente vivimos en la tiranía de la mirada, pero Grenouille nos arrastra al subsuelo de los instintos: el olfato como el sentido erótico primigenio. Porque el olor no pide permiso; entra por la nariz, inunda los pulmones y hackea el cerebro antes de que la razón pueda levantar una defensa. Y es ahí donde radica la genialidad —y el horror— de este personaje.
Grenouille habita en un extraño vacío afectivo, parido entre las tripas de pescado de un mercado podrido y rechazado desde la cuna. «…como ese momento doloroso y brutal en que la nodriza le advierte a la monja que los niños normales huelen a caramelo en la coronilla, pero que Grenouille no huele a nada, como si no tuviera alma». Süskind nos da el primer guiño de por qué carece de un olor propio. Con esto, convierte a Grenouille en un fantasma de carne que nadie nota, un agujero negro emocional. Y ante esa absoluta falta de identidad, surge su sed de poseer la de los demás.
Y es aquí donde el juego se vuelve perversamente erótico, porque «Estando en ese agujero oscuro, camino a Grasse, Grenouille descubre su propia maldición: es capaz de recordar y oler el fiambre que se había comido meses atrás, pero es incapaz de percibir su propio aroma. El dios del olfato está vacío». Y, a ver, una cosa es aceptar que la gente lo perciba como algo que está ahí simplemente existiendo, y otra muy diferente es confirmar que, en efecto, es solo un cascarón sin esencia. Esto convierte ese momento en el punto de inflexión en el que crear la esencia perfecta, el perfume supremo, se transforma en el sustituto de su cuerpo y de su alma.
A Grenouille no le interesan las mujeres que asesina en el sentido carnal; no busca el contacto, la caricia ni el sexo. Lo que hace es llevar la mirada masculina al extremo absoluto: una mirada que cosifica a sus objetivos con la única y obsesiva necesidad de destilar sus almas. Grenouille despoja a sus víctimas de su humanidad para quedarse con su esencia pura y, al atrapar su aroma en un frasco, realiza el acto de deseo, posesión y control definitivo. Él no quiere a la mujer, al ser humano que siente, ama y vibra; las mujeres son un mero instrumento para obtener su belleza, pero una belleza construida artificialmente a través de la muerte de aquella que la poseía.
Y si creen que eso es lo peor, prepárense para el verdadero clímax de esta historia, porque Süskind nos plantea un giro tan brillante que me fue imposible no soltar unas cuantas lagrimitas mientras comprendía lo que estaba leyendo.
Grenouille crea el perfume perfecto, ¡por supuesto que sí!, el tipo era un maldito genio; un elixir divino hecho con la vida de veinticinco doncellas. Cuando está a punto de ser ejecutado en Grasse, se aplica una gota, solo una gota de la fragancia que costó la vida y la muerte de mujeres inocentes. Cuando está de pie en la cima del cadalso, la plaza entera cae de rodillas en una orgía frenética. El odio del pueblo se transforma en un deseo erótico incontrolable hacia él que, al no poder saciar con él mismo, lo trasladan al vecino, al cuñado, a la tía y hasta al cardenal. Y, sin embargo, para Grenouille, ese triunfo es su maldición. En ese instante es consciente de la desgarradora diferencia entre desear a alguien y desear el efecto que alguien produce en los demás.
Su alma —porque ¡sorpresa!, aparentemente sí tenía un alma, quizá pequeña y desnutrida como él, pero ahí estaba— explota en miles de partículas al descubrir que ÉL no es amado; solo es el catalizador de un espejismo que tiene fecha de expiración al diluirse en el aire. La gente no lo desea a él, no lo ama a él, sino al poder invisible que emana de la piel artificial que robó por la fuerza a todas esas mujeres.
Al final, atrapado en los ecos de las voces inocentes y los demonios que reverberan en su propio vacío, sabiendo que jamás podrá experimentar el amor real que su aroma provoca porque sigue sin tener uno, decide entregarse al canibalismo místico de los desamparados en el Cementerio de los Inocentes.
Aunque Süskind no lo describe a detalle, creo que pudo haber ocurrido así: cuando Grenouille puso un pie en la Rue aux Neuf, sus dedos curtidos por la lejía, llenos de callos causados por la piel quemada, pero largos y habilidosos como el buen perfumista en que se convirtió, abrieron el pequeño frasco que contenía el trabajo de su vida y lo vertió sobre su levita azul. La heterogénea chusma lo vio aparecer de pronto resplandeciendo como un visitante celestial. Todos querían tocarlo, tener dentro de sus cuerpos putrefactos un trocito pequeño de divinidad y, como buenos humanos dejándose llevar por sus pasiones, lo devoraron por puro amor, por una pulsión erótica de asimilación absoluta. Y Grenouille, por primera vez en su vida, se sintió amado.
Jean-Baptiste Grenouille nos demuestra que el erotismo, despojado de moralidad, puede ser una fuerza oscura, abstracta y destructiva: el deseo de poseer el alma del otro, aunque en el proceso nos convirtamos en monstruos, obedece al más puro y primigenio de los deseos.
Entonces, desear ¿nos convierte en monstruos? No necesariamente, amigas.
Lo que puede convertirnos fácilmente en monstruos es no respetar el derecho del objeto del deseo a ser, incluso, aunque no sea para nosotras.
Les mando un beso enorme y, si ustedes quieren, las leo.
