El erotismo de la inmortalidad
Otra forma de dolor bien puede ser, mirarte en los ojos de aquel a quien ya no puedes tocar
Bienvenidas, mis niñas, a un capítulo más de su serie: “El erotismo de…” Porque el erotismo va mucho más allá del sexo: es perderte en unos ojos nobles y vibrar con una voz rota y oscura; es sentir que se desaparece el suelo cuando sus dedos suaves rozan los tuyos, incluso cuando es imposible volver a tocarlo… el erotismo no es solo piel; es también el deseo desesperado de disfrutar aquello que nos proporciona placer, sin tener que sentir culpa.
Tráiganse los pañuelos desechables y un cafecito para disfrutar del viento otoñal de este fin de semana porque hoy les traigo, no uno, sino dos preciosos personajes que les van a hacer saltar unas cuantas lagrimitas de cocodrilo, tomando en cuenta que los cocodrilos andan muy de moda en Puebla.
Les presento a un clásico de toda la vida, el semidios héroe del panteón griego, fuerte, envolvente e inmortal: Aquiles. Pero voy a empezar aclarando algo importante: no hablaré del personaje de Homero en la Ilíada, les hablaré de uno que está rompiendo los corazones de miles de chicas desde la fecha de su estreno en 2011: el Aquiles de La canción de Aquiles de Madeline Miller.
Y antes de que me digan «¿cómo comparas, Yazz?», déjenme decirles que no comparo. La obra de Homero es una indiscutible obra de arte y no pienso compararla con ninguna otra. Pero —y aquí está el pero que a veces nos permite descubrir joyas como la que les voy a presentar— Miller nos regala una versión anterior al héroe mitológico que todos conocemos, al humano detrás de ese mito que nos hace plantearnos una pregunta interesante: ¿tiene sentido sobrevivir en la memoria del mundo si perdemos a la persona ante cuyos ojos nuestra existencia adquiere significado?
Miller narra la historia de Aquiles desde los ojos de Patroclo —sí, ese Patroclo—, donde nos muestra al joven héroe desde los nueve años. Un chico inocente, con anhelos, con emociones y sentimientos como los de cualquier chico de esa edad, pero que, en el caso de Aquiles, llevaba el peso extra de ser el hijo de una diosa y un rey —no hablaremos aquí de la historia de Tetis— y, por si fuera poco, la sombra de una profecía que parece importar incluso más que él mismo.
El pobre chico se ve en la disyuntiva de elegir entre una vida larga y feliz o una muerte temprana pero acompañada de la gloria eterna.
—Pero Yazz, la historia de Aquiles ya la conocemos. —Está bien, iré directo a la carnita.
Lo que hace tan sensual a Aquiles en esta versión de Miller son dos cosas:
Primero, la mirada inocente a través de los ojos de quien nos narra la historia. Patroclo habla de él con admiración y aspiración porque, al haber nacido en una cuna donde nadie parecía desearlo, alejado de su madre y amedrentado constantemente por un padre que valoraba más las manifestaciones de fortaleza antes que las de bondad, se siente incapaz de merecer siquiera la mirada de un chico como Aquiles; y, sin embargo, Aquiles lo ve. No solo al niño asustado y con habilidades poco más que mediocres para el combate, no, no. Aquiles ve un alma bondadosa, un amigo fiel, un compañero leal y, ajá, también un hombre que le atrae sin estar plenamente seguros, ambos, de cómo funciona todo aquello de la sensualidad de sus cuerpos.
Patroclo no solo describe su modo de luchar, no caray, eso es lo de menos; describe sus manos suaves y sus dedos largos mientras toca la lira, la forma tan lenta y deliberada con que arrastra las comisuras de sus carnosos labios, sus ojos con motitas doradas que atrapan la luz y espantan sus fantasmas, su abdomen esculpido que se eleva con suavidad mientras duerme, las gotitas de sudor que parecen brillar mientras se resbalan por su frente y se mecen en sus pestañas. ¡Ay, mamita! Atrévete a asegurar que no te emocionaste.
Y con cada roce, cada encuentro y cada beso, con cada risa y abrazo, vemos crecer en slowburn uno de los amores más hermosos que he leído en los últimos años.
Segundo, porque en la versión de Miller no vemos solo la grandeza de un héroe, sino la susceptibilidad del chico mediante el cual se formó ese héroe, para que, de ese modo, nos arrancara el corazón con más dolor al comprender todo lo que se estaba perdiendo con la muerte de estos dos: el mejor de los griegos y el mejor de los mirmidones.
Homero nos dio un héroe clásico cuyo nombre jamás será olvidado, pero Miller nos obsequia un par de jóvenes que aprenden a amarse no solo gracias a los obstáculos, sino a través de ellos.
Y es justo aquí, mis niñas, donde cumplo la promesa que dejé firmada el domingo pasado.
¿Se acuerdan de Dorian Gray y su pacto desesperado? Pues pónganlos mentalmente uno al lado del otro, porque este par de chiquitos bebés parecen habitar en extremos opuestos, pero están jugando en la misma peligrosa cancha del destino.
Miren qué locura de contraste: Dorian quería que su belleza sobreviviera al tiempo; Aquiles sabe que su cuerpo no podrá hacerlo y apuesta todo por su nombre.
La semana pasada nos escandalizábamos —y babeábamos un poco, para qué mentir— con Dorian intentando que su precioso cuerpo no muriera, congelando sus veintitantos años a costa de lo que fuera. Hoy, con Aquiles, vemos la otra cara de la moneda: él acepta conscientemente que su cuerpo se convierta en polvo, que lo atraviese una flecha y que su vida sea corta con tal de que su nombre se vuelva inmortal.
Y, sin embargo, mis niñas, si lo piensan bien, ¡los dos están sentados en la misma mesa de apuestas negociando exactamente con la misma moneda: su humanidad!
Pero las invito a analizar conmigo la diferencia en sus transacciones con la muerte y el destino.
Mientras Dorian entregó su alma por puro egoísmo y terminó momificado en un vacío absoluto donde ya no sentía amor por nadie, Aquiles hace todo lo contrario.
El erotismo de Aquiles en la versión de Miller no nace de la frialdad de un espejo, sino del calor de un encuentro. Es un erotismo que se desborda porque sabe que el tiempo corre. Cada caricia de y para Patroclo, cada minuto ganado a la profecía y cada espacio de libertad en una guerra que no es de ellos es deliciosamente urgente porque el final es inevitable.
Dorian se deshumanizó para conservar un cascarón perfecto.
Aquiles, en cambio, abraza su mortalidad a través de un amor tan puro que es, en sí mismo, lo único que le da sentido a su gloria. Por eso dolió tanto verlos caer, porque Miller nos demostró que Aquiles no quería ser una estatua de mármol; era un chico que amaba, que sufría y que pagó el precio de la profecía con su propia sangre.
Al final, lectoras de mi corazón, la literatura nos vuelve a poner contra la pared. Porque no sé ustedes, pero mi momento de soltar las lágrimas con Miller fue cuando Tetis —sí, la diosa que se opuso con colmillos y garras a que Patroclo y Aquiles estuvieran juntos— fue quien, al final, graba el nombre de Patroclo, el amor de la vida de su hijo, junto al de Aquiles, el gran amor de su propia vida, en la misma tumba que los reuniría en el otro mundo para la eternidad. ¡Ay, dolor!
La semana pasada les preguntaba si pagarían el costo de un cuerpo perfecto para siempre.
Hoy les pregunto: ¿vale la pena morir joven si a cambio dejas un legado eterno? ¿Tiene sentido que el mundo entero grite tu nombre por los siglos de los siglos si en el camino pierdes a la persona ante cuyos ojos tu existencia tenía significado?
Yo no tengo la respuesta correcta, pero mientras el viento otoñal sigue soplando y nos terminamos este cafecito, me quedo pensando en que, a veces, la inmortalidad más bonita no se esconde en un lienzo guardado en el ático, sino en el recuerdo de quienes nos amaron de verdad, incluso más allá de la eternidad.
Y ustedes, mis niñas… después de diseccionar a estos dos monumentos de hombres, ¿qué prefieren? ¿La eterna juventud del cuerpo de Dorian o la gloria eterna del nombre de Aquiles? O ambos. Ya sabes lo que digo, si algo les gusta: ¡aumenten la maldita dosis!
No se preocupen que yo guardo el secreto.
¡Hasta el próximo domingo!
