Opinión

Cuando opinar se convierte en un riesgo para las mujeres

La violencia digital busca silenciar a las mujeres; defender su voz y su libertad también es una tarea de toda la sociedad

Las redes sociales nos dieron una herramienta extraordinaria para expresarnos, compartir ideas y participar en las conversaciones que definen nuestra sociedad. Hoy, una mujer puede hacer escuchar su voz, defender sus convicciones y construir una comunidad sin necesidad de estar frente a un micrófono o en una tribuna. Sin embargo, esa misma libertad también ha abierto la puerta a una realidad que no podemos ignorar: la violencia digital contra las mujeres.

Basta con que una mujer opine, cuestione una decisión, manifieste una postura política o simplemente se atreva a pensar diferente para que, en ocasiones, deje de discutirse lo que dice y comiencen los ataques contra quién es, cómo se ve o qué hace con su vida personal.

¿En qué momento dejamos de debatir las ideas para convertir las diferencias en agresiones?

La crítica es necesaria en cualquier sociedad democrática. Todas las personas que participamos en la vida pública debemos tener la capacidad de escuchar opiniones distintas, aceptar cuestionamientos y reconocer nuestros errores. Pero una cosa es la crítica y otra muy diferente es utilizar la descalificación, las amenazas, la difusión de información privada o las agresiones contra una mujer con la intención de intimidarla y hacerla guardar silencio.

El problema no radica en que las mujeres seamos cuestionadas. Radica en que, con demasiada frecuencia, el cuestionamiento se transforma en una agresión que busca desacreditarnos por razones que nada tienen que ver con nuestras ideas o capacidades.

Esta situación adquiere una dimensión particular cuando hablamos de mujeres que participan en la política o ejercen una responsabilidad pública. Sus decisiones deben estar sujetas al escrutinio ciudadano, pero eso no significa que deban aceptar como parte de su trabajo la violencia, el hostigamiento o los ataques que buscan menoscabar su dignidad.

Ninguna mujer debería tener que elegir entre ejercer su libertad de expresión y proteger su tranquilidad, su seguridad o la de su familia.

Tampoco podemos normalizar que una mujer cierre sus redes sociales, deje de participar en una conversación o renuncie a expresar sus opiniones por miedo a convertirse en blanco de agresiones. Cuando eso ocurre, el daño va más allá de una persona: perdemos voces, experiencias y perspectivas que enriquecen la vida pública.

Existe, además, un nuevo desafío: el uso de herramientas tecnológicas y de inteligencia artificial para manipular imágenes, fabricar contenidos o difundir información falsa que puede dañar la reputación de una mujer en cuestión de minutos. La rapidez con la que circula un contenido no lo convierte en verdadero, pero sí puede multiplicar sus consecuencias antes de que la persona afectada tenga oportunidad de defenderse.

Frente a esta realidad, la responsabilidad no recae únicamente en quienes cometen las agresiones. También debemos preguntarnos qué hacemos quienes observamos, compartimos o reaccionamos ante esos contenidos. Cada vez que difundimos una publicación humillante sin verificarla, convertimos una agresión en un espectáculo y contribuimos a que la violencia encuentre nuevos espacios.

La libertad de expresión es un derecho fundamental, pero no debe utilizarse como justificación para amenazar, acosar o vulnerar la dignidad de otras personas. Podemos disentir sin destruir, cuestionar sin humillar y debatir sin convertir a quien piensa diferente en un enemigo.

Desde mi perspectiva como mujer y servidora pública, considero que necesitamos construir espacios digitales donde la participación femenina no se convierta en una prueba de resistencia frente a la violencia. Necesitamos instituciones que atiendan las denuncias, plataformas que asuman su responsabilidad y una sociedad que comprenda que detrás de cada perfil existe una persona con derechos, sentimientos y una vida que no termina cuando apaga la pantalla.

No se trata de pedir un trato especial para las mujeres ni de evitar que se nos cuestione. Se trata de exigir las mismas condiciones de respeto, libertad y seguridad que corresponden a cualquier persona.

Las mujeres hemos trabajado durante generaciones para conquistar espacios de participación. No podemos permitir que ahora el miedo a las agresiones digitales se convierta en una nueva barrera para ejercer nuestra voz.

Porque cuando una mujer deja de opinar por miedo, no solamente se silencia una voz: se debilita la conversación pública y se pierde una oportunidad de construir una sociedad más plural, justa y consciente.

Que ninguna mujer tenga que pagar con su tranquilidad el precio de expresar lo que piensa. La libertad de opinar debe ser un derecho que podamos ejercer sin miedo, tanto fuera como dentro de las redes sociales.