Opinión

Crisis de extranjeros deportados a México

Desde 2025, EU nos ha enviado a mil mensuales a Tabasco y Chiapas

Lo que le voy a contar no tiene nombre. Resulta que, desde enero de 2025, Estados Unidos nos ha enviado a alrededor de 18 mil personas de terceros países -venezolanos, hondureños, cubanos y nicaragüenses, entre otras nacionalidades- la mayoría de ellas a Chiapas y Tabasco. Son personas que habían permanecido en EU con permisos humanitarios temporales o Estatus de Protección Temporal, que ingresaron mediante CBP One —cancelado por Donald Trump— o cuyos procesos de solicitud de asilo fueron cerrados o rechazados. Desde ese año, el 94 por ciento de los casos las solicitudes de asilo en EU fueron negadas.

Algunos llevaban décadas viviendo en Estados Unidos y ahora son trasladados a Villahermosa o Tapachula, sin familiares, redes de apoyo, documentos de identidad, INE ni recursos económicos.

Y ahí comienza otro problema que México todavía no sabe cómo resolver. Quienes llegan son depositados en un país donde deben reconstruir su vida prácticamente desde cero, pero sin una política suficiente de recepción, documentación, vivienda, empleo y acceso a servicios, por eso muchos vuelven a desplazarse y algunos terminan saliendo en caravanas, no necesariamente porque México sea un destino elegido, sino porque la permanencia se vuelve inviable y necesitan construir colectivamente las condiciones mínimas para continuar moviéndose.

México dejó de ser únicamente un territorio de paso y miles de personas están permaneciendo aquí, algunas durante meses y otras de manera indefinida, pero permanecer tampoco garantiza integración. El índice Semillas en Trayectoria coloca en apenas 0.6 sobre 1 el nivel de integración de las personas en movilidad, cuatro décimas por debajo de la población local, una cifra que resulta significativa porque la integración no depende solamente de quienes llegan, sino también de la capacidad de la sociedad y de las instituciones para recibir, incluir y garantizar derechos.

Los datos son todavía más duros cuando se observa la vida cotidiana: 60 por ciento de las personas en movilidad ha experimentado discriminación al buscar empleo y 59 por ciento la ha enfrentado en centros de salud, mientras 35 por ciento de los mexicanos se niega a rentar una habitación a una persona migrante y 22 por ciento de la población local está poco o nada dispuesta a contratarlos. Llegar a México abre así una nueva frontera, una que no aparece en los mapas y que se encuentra en el mercado laboral, la vivienda, los servicios y la aceptación social.

Por eso el problema migratorio ya no puede reducirse al control de las fronteras. Estados Unidos está trasladando hacia México una parte creciente de las consecuencias de su política de deportación y contención, mientras nuestro país enfrenta el desafío de recibir poblaciones que llegan sin recursos, documentación ni redes; si después de ser expulsadas las personas tampoco encuentran condiciones para trabajar, rentar, estudiar, atenderse o reconstruir sus vidas, la contención se convierte en permanencia forzada y la permanencia, nuevamente, en movilidad.

El desplazamiento no necesariamente termina cuando una persona llega a un nuevo territorio, comienza otra etapa. Demostrar que tiene derecho a trabajar, rentar una vivienda, recibir atención médica, estudiar o acceder a la justicia. El verdadero desafío para México no es solamente recibir a quienes Estados Unidos expulsa, sino construir las condiciones para que esas personas puedan dejar de vivir en tránsito. Porque cuando un país deporta y otro simplemente recibe, pero ninguno garantiza integración, la migración no desaparece… se queda, se desplaza y vuelve a comenzar.

México está frente a un desafío para que el que todavía no tiene soluciones. Así las cosas. Nada más abra Tiktok para que vea las historias de extranjeros deportados a Chiapas y Tabasco.