Opinión

Cholula, ciudad esponja

Rodolfo Herrera Charolet
Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

El agua que debemos devolver a la tierra

Cuando pedimos a los habitantes de una ciudad milenaria que cierren la llave mientras permitimos que el concreto se trague la cuenca, evidenciamos una urgencia sin visión de futuro.

Hubo un tiempo en que los cholultecas escuchaban el agua. La lluvia y los escurrimientos procedentes de las laderas de los volcanes encontraban milpa, árbol y tierra porosa, y una parte de esa agua regresaba naturalmente al subsuelo. En el Cholollan antiguo el agua no era un trámite: era ciclo, alimento y divinidad. Ehécatl con sus vientos abría el cielo; Tláloc cobraba su parte; el Tlachihualtépetl —esa montaña hecha por manos humanas— resumía lo que hoy sus habitantes parecen olvidar: que esta ciudad nació de la tierra, del agua y de un pacto con el equilibrio natural.

Hoy Cholula refleja una contradicción. Hay casas que racionan el líquido como si fuera reliquia y, al mismo tiempo, calles que durante las lluvias se convierten en cauces improvisados. El problema no es una abstracción. El propio municipio ha reconocido zonas de riesgo de inundación en el centro de San Pedro Cholula, Santa María Xixitla y otras comunidades, mientras reportes periodísticos han documentado anegamientos recurrentes en la Recta a Cholula y en vialidades de San Diego Cuachayotla.

En la memoria cotidiana aparecen además puntos históricamente asociados con acumulaciones de agua durante lluvias intensas: la avenida Miguel Alemán, la 12 Oriente-Poniente, distintos tramos de la Recta a Cholula, calles de San Diego Cuachayotla y la zona cercana a San Diego Textil. No todos cuentan con el mismo nivel de documentación pública, por lo que deben distinguirse los registros oficiales y periodísticos de la experiencia reiterada de los habitantes.

La Plaza de la Concordia permite plantear otra discusión. Durante generaciones fue espacio de tránsito, mercado y suelo abierto; hoy es una gran superficie endurecida en pleno corazón histórico. No se trata de condenar la plaza ni de desconocer su función social y cultural, sino de preguntar cuánto podría retener, conducir o infiltrar de otra manera el centro histórico si las intervenciones realizadas durante décadas hubieran incorporado criterios hidrológicos.

Otro ejemplo que merece reconstrucción documental es la 8 Poniente, donde la memoria histórica identifica el paso de un antiguo canal relacionado con el manejo de aguas pluviales antes de que la expansión urbana modificara el lugar. Ese antecedente debe contrastarse con cartografía, planos y archivos municipales antes de convertirlo en una conclusión definitiva.

Las autoridades presentes y pasadas han privilegiado durante distintos periodos superficies pavimentadas como expresión visible de obra pública. El problema es acumulativo: gobiernos de distintas épocas y signos políticos han heredado, reproducido o permitido un modelo urbano que redujo progresivamente la capacidad natural del territorio para absorber y regular el agua.

Cuando esa lógica se prolonga durante décadas, los escurrimientos aumentan, arrastran residuos y presionan sistemas de drenaje cuya capacidad puede ser rebasada durante episodios intensos.

Lo notable no es que llueva. Lo irracional es haber diseñado partes de la ciudad como si la lluvia fuera un residuo del que hubiera que deshacerse inmediatamente.

Desde hace años se predica la cultura del agua con un catecismo doméstico: cierre la llave al cepillarse, dúchese cinco minutos, lave el automóvil con cubeta, no riegue al mediodía. Todo eso es correcto. Pero resulta insuficiente si las políticas urbanas no incorporan captación, retención, conducción adecuada y compensación hidrológica.

En el reparto de responsabilidades, al habitante se le pide ahorrar el litro mientras la planeación urbana debe explicar qué ocurre con la hectárea.

Plaza San Diego constituye un ejemplo útil para analizar esa transformación territorial sin adelantar conclusiones que todavía requieren documentos técnicos. Su desarrollo se realizó sobre terrenos anteriormente vinculados con extensiones agrícolas de San Diego Los Sauces, y las autorizaciones de construcción y cambio de uso del suelo estuvieron relacionadas originalmente con San Pedro Cholula.

El cuestionamiento serio no consiste en afirmar, sin expediente, que un desarrollo incumplió determinada obligación. Consiste en revisar qué condiciones ambientales e hidráulicas fueron autorizadas, qué infraestructura se exigió y qué cumplimiento fue posteriormente verificado.

Ese método debería aplicarse no solo a una plaza comercial, sino a fraccionamientos, vialidades, estacionamientos, unidades habitacionales y grandes superficies construidas durante las últimas décadas.

La Reserva Territorial Atlixcáyotl-Quetzalcóatl ofrece otro antecedente del problema acumulado. El territorio originalmente contempló áreas verdes y zonas de amortiguamiento, pero posteriormente experimentó expansión inmobiliaria, disputas jurisdiccionales, cambios de uso y controversias sobre la preservación de espacios públicos.

Una ciudad esponja no es un eslogan para colocar en un informe. Es una ciudad que absorbe, retiene, filtra, aprovecha y libera el agua con mayor lentitud. Combina jardines de lluvia con colectores, techos captadores con almacenamiento, parques inundables con infraestructura pluvial y reúso con tratamiento adecuado.

No se trata de regresar a una Cholula que ya no existe. Se trata de recuperar un principio elemental con herramientas contemporáneas: el agua necesita espacio.

San Pedro y San Andrés tampoco pueden seguir actuando como si fueran sistemas hidrológicos independientes. Los escurrimientos, cauces y acuíferos atraviesan límites administrativos.

El patrimonio también se ahoga

Cholula presenta además una condición que ninguna solución urbana genérica puede ignorar: debajo de la ciudad contemporánea permanece la ciudad antigua.

Cada excavación, depósito, zanja de infiltración o modificación de niveles puede interactuar con estructuras, cimentaciones o vestigios arqueológicos. Por eso una estrategia de ciudad esponja no puede significar perforar indiscriminadamente.

Y existe evidencia de que la humedad y las lluvias representan un problema real para el patrimonio arqueológico.

En 2017 se documentaron grietas, deslaves y desprendimientos en estructuras y escalinatas de la zona arqueológica de Cholula después de lluvias intensas. El INAH proyectó entonces trabajos de restauración en puntos afectados por acumulación de humedad y desprendimiento de materiales.

El problema volvió a observarse en julio de 2025. Reportes periodísticos documentaron un nuevo desgajamiento en la denominada Pirámide del Cerro Rojo y desprendimientos en sectores de la Gran Pirámide y del Museo Regional, relacionados con humedad y lluvias.

Existe además otro factor documentado que debe distinguirse del efecto de las precipitaciones: la presencia de ardillas y sus madrigueras ha provocado hundimientos y deterioros en determinadas áreas de la escalinata y del montículo.

La conclusión responsable es que no todas las afectaciones patrimoniales tienen una sola causa. Humedad, lluvias, erosión, fauna, deterioro acumulado y actividades humanas pueden coincidir. Por eso cada intervención hidráulica debe partir de estudios específicos y de la autorización de las autoridades competentes.

Donde la infiltración pueda poner en riesgo estructuras arqueológicas, cimentaciones o materiales históricos, la solución debe cambiar: captar, almacenar y conducir controladamente.

El patrimonio también necesita respirar.

Y no se protege reparándolo únicamente después del desprendimiento.

Lo urgente no es el folleto; es la decisión

La conciencia ciudadana sigue siendo indispensable. Sin vecinos que mantengan limpias las coladeras, sin escuelas que enseñen a captar lluvia, sin hogares que reduzcan desperdicios y sin comunidades que protejan sus áreas verdes, cualquier infraestructura termina deteriorándose.

Pero si la política pública se reduce a talleres, campañas y lonas, la cultura del agua se convierte en una manera de trasladar al ciudadano una responsabilidad que también corresponde a gobiernos, organismos operadores, desarrolladores y grandes usuarios.

Se necesitan más acciones que ceremonias inaugurales.

Hay intervenciones que no caben en una campaña de cinco minutos bajo la regadera: colectores, mantenimiento de redes, separación adecuada de sistemas pluviales y sanitarios donde sea técnicamente posible, plantas de tratamiento operativas, infraestructura de regulación, recuperación de cauces, captación de lluvia, reúso, sustitución de tuberías deterioradas y sistemas de respaldo para cárcamos.

También se necesita algo menos espectacular y más importante: mantenimiento.

Eso cuesta.

También cuesta no hacerlo.

Solo que el segundo costo aparece fragmentado: calles inundadas, comercios cerrados, vehículos dañados, viviendas afectadas, pavimentos destruidos, pérdida de horas de trabajo y recursos públicos destinados una y otra vez a reparar consecuencias.

Las empresas tampoco son espectadoras. Quien urbaniza, extrae agua o descarga aguas residuales forma parte del ciclo. Los nuevos desarrollos deberían demostrar cómo manejarán el incremento de escorrentía derivado de sus proyectos y cómo cumplirán las disposiciones ambientales e hidráulicas aplicables.

La sustentabilidad de folleto no filtra un solo litro.

Cinco pasos, no cinco sexenios de pretexto.

Primero, diagnóstico verificable: dónde se inunda, qué redes están deterioradas, qué suelo todavía absorbe, qué cauces han sido modificados y qué zonas presentan restricciones arqueológicas.

Segundo, proyectos piloto medibles en escuelas, mercados, parques y edificios públicos.

Tercero, incorporar infraestructura verde y manejo pluvial a la obra vial, los espacios públicos y los nuevos desarrollos.

Cuarto, integrar San Pedro, San Andrés y la cuenca metropolitana bajo indicadores públicos y responsabilidades compartidas.

Quinto —el menos fotogénico y probablemente el más importante— mantener.

La obra sin mantenimiento es una ruina con placa.

El futuro inmediato no puede convertirse en un horizonte de veinte años para seguir estudiando lo evidente. Es esta temporada de lluvias y la siguiente. Es decidir si Cholula continúa tratando la precipitación como un estorbo o comienza a manejarla como recurso.

Los antiguos cholultecas no necesitaban la palabra “resiliencia” para comprender que la ciudad dependía del agua, del suelo y de sus ciclos.

Nosotros tenemos tecnología, instituciones, presupuesto y conocimiento científico.

Lo que falta es coordinarlos.

El agua ya hizo su parte: cayó.

Falta que la ciudad, sus gobiernos, sus empresas y su gente dejen de tapar la tierra y aprendan, otra vez, a devolvérsela.

¿O no lo cree usted?