Opinión

12 de octubre: descolonizar la historia, entre el neocolonialismo conservador y la soberanía popular

Melitón Lozano Pérez
Melitón Lozano Pérez

Es un destacado profesional mexicano con una sólida trayectoria en el ámbito educativo, académico, social y político, caracterizada por su compromiso con el derecho a la educación y el desarrollo comunitario.

Hay fechas en el calendario que la historia oficial pretendió anestesiar. Durante décadas se nos enseñó a celebrar el Día de la Raza o a edulcorar la barbarie bajo el eufemismo del encuentro de dos mundos. Pero la memoria, cuando se cultiva con rigor ético, desmonta la fábula. El 12 de octubre de 1492 no fue la alborada de un descubrimiento, sino el inicio de una desposesión violenta: el desembarco de una espada y una cruz que vulneraron lo más sagrado de la condición humana, su dignidad.

Como bien denunció Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, aquel proceso convirtió la riqueza de un continente en la causa fundamental de su desdicha. La conquista encadenó a los pueblos originarios, utilizó la fe como herramienta de dominación ideológica y exterminó millones de vidas para nutrir las arcas del naciente capital transnacional. Nos despojaron del oro, de la plata y del suelo, pero jamás pudieron extirpar de raíz la memoria ancestral.

Decir que fuimos descubiertos implica asumir la narrativa del colonizador, la que niega la existencia previa del otro. No hubo tal encuentro, sino sometimiento, pillaje y esclavitud. Existíamos ya, en el esplendor de sociedades con una profunda esencia comunitaria, saberes astronómicos refinados y una relación de veneración y armonía con la madre tierra que occidente, en su afán mercantilizador, jamás logró comprender, y por eso, hoy padecemos las terribles consecuencias del calentamiento global, entre otros problemas medioambientales, de pobreza y desigualdad.

El colonialismo no es un fósil del pasado, sino una lógica reactiva que muta para sobrevivir. Hoy, en pleno siglo XXI, presenciamos la reemergencia de un neoimperialismo rampante que pretende convertir a América Latina, una vez más, en el patio trasero de los grandes poderes financieros y geopolíticos. La injerencia del neofascismo transnacional, encabezado por figuras como Donald Trump y sus ramificaciones en la derecha continental, no es casual ni abstracta. Responde a una geopolítica del despojo orientada a apoderarse del litio, del agua, del petróleo y de los bienes comunes de nuestras naciones.

Frente a esta acometida, la derecha local, encarnada en el bloque del PRIAN, actúa como la vieja élite entreguista del siglo XIX: subordinada al mandato externo, nostálgica del vasallaje y defensora de un modelo neoliberal que privatizó la patria y socializó las pérdidas.

Ahí reside la contradicción dialéctica fundamental de nuestra era. Por un lado, el modelo neoliberal y el neoporfirismo tecnocrático conciben al mercado como el regulador supremo de la sociedad, promueven el despojo de recursos y subordinan las decisiones nacionales a los dictados imperialistas. Por el otro, emerge el Humanismo Mexicano, la doctrina política de la Cuarta Transformación que concibe al Estado como garante de la justicia distributiva y coloca en el centro a las víctimas del sistema: a los desposeídos, a los vulnerados y a quienes el filósofo Enrique Dussel llamaba los otros, los excluidos por la totalidad dominante. El Humanismo Mexicano no pide permiso para ser libre, pues asume que la verdadera democracia no se mide por la docilidad ante las potencias extranjeras, sino por el grado de liberación social de los más humildes.

Para entender la dimensión ética de este cambio de época es imprescindible acudir al pensamiento histórico proyectado en obras como Grandeza y Hacia una economía moral, de Andrés Manuel López Obrador. En ellas se rescata la tesis central de que la fuerza moral de México no proviene de las instituciones coloniales ni de los dogmas importados, sino del legado profundo de las culturas precuauhtémicas. Culturas como la maya, la zapoteca, la mixteca o la nahua no solo legaron monumentos de piedra; legaron una ética de la fraternidad y del trabajo comunitario que sobrevivió a los siglos de opresión. Durante la larga noche neoliberal, la narrativa conservadora pretendió que el pueblo sintiera vergüenza de sus orígenes, empujando a millones al desprecio de su propia identidad.

Hoy asistimos a un florecimiento ético e identitario sin precedentes. Por primera vez en la historia constitucional, los pueblos originarios y afromexicanos dejan de ser tratados como objetos de asistencia pública o folclore para constituirse en sujetos plenos de derecho público. Asimismo, reciben directamente los recursos públicos para ser administrados bajo sus propios usos y costumbres, decidiendo comunitariamente sobre su presente y su futuro.

Esta restitución de dignidad se refleja en los datos sociales recientes, donde en el último censo más de 20 millones de mexicanas y mexicanos se autodefinen con orgullo como pertenecientes a un grupo indígena, revirtiendo décadas de estigmatización y racismo sistémico.

Descolonizar no es un ejercicio académico ni una conmemoración retórica, sino una praxis política diaria. Significa defender los energéticos, defender la tierra y sostener la cabeza en alto en la mesa de las naciones. Bajo la conducción de la primera mujer presidenta de México: Claudia Sheinbaum pardo y de un pueblo éticamente politizado, la patria sostiene con firmeza su soberanía ante los embates de la derecha globalizada.

La Cuarta Transformación demuestra que es posible construir una alternativa propia, fundada en la justicia social y la dignidad, sin subordinarse a los dictados de Washington ni a las corporaciones trasnacionales.

El 12 de octubre ya no nos evoca la resignación ante el conquistador, sino la memoria viva de la resistencia. Hoy no rendimos pleitesía al imperio; honramos la grandeza de un pueblo que decidió romper las cadenas del olvido, tomar las riendas de su destino y consolidar, desde la raíz, su segunda y definitiva independencia. ¡Que vivan los pueblos originarios! ¡Que viva la Soberanía popular!