La talacha en Puebla: el negocio del fútbol que mueve miles de pesos
Desde Amozoc hasta Tehuacán y Atlixco, cientos de futbolistas encuentran en las ligas de barrio una forma de ganarse la vida con el balón, en un circuito marcado por la pasión, el dinero y la precariedad laboral
Lejos de los reflectores de la Liga MX, los contratos millonarios y los estadios profesionales, en Puebla existe otro fútbol que se juega en canchas de tierra, campos de pasto sintético y unidades deportivas municipales; es la talacha, un circuito amateur y semiprofesional que mueve dinero, reúne a cientos de aficionados y permite a numerosos jugadores obtener ingresos por hacer lo que más les gusta: jugar al fútbol.
Conocido también como fútbol llanero o de barrio, este fenómeno reúne a exprofesionales, jóvenes que no lograron consolidarse en las fuerzas básicas, talentos locales y jugadores extranjeros que recorren distintas regiones del país para reforzar equipos en torneos de feria, ligas independientes y competencias regionales.
A diferencia del fútbol profesional, en la talacha los jugadores suelen cobrar por partido o torneo, sin contratos laborales formales ni garantías de seguridad social; los equipos son financiados por particulares, conocidos como patrones, quienes cubren uniformes, arbitrajes, traslados y pagos a los futbolistas para competir por el prestigio y los premios en disputa.
Amozoc, corazón de la talacha poblana
Uno de los escenarios más representativos de esta actividad es el Torneo de Feria de Amozoc, una tradición futbolera que, de acuerdo con referencias locales, se celebra desde 1974 y convoca cada año a jugadores de Puebla y otros estados.
Durante las festividades de agosto en honor a la Virgen de la Asunción, las canchas de La Vía y la Unidad Deportiva reciben encuentros de distintas categorías; equipos y aficionados llegan de Veracruz, Tlaxcala, Ciudad de México y Estado de México, además de otros puntos del país, para participar en una competencia donde el orgullo de representar a una comunidad pesa tanto como el resultado deportivo.
Los propietarios de los equipos invierten en refuerzos para elevar el nivel de sus planteles y buscar el campeonato; las finales se convierten en auténticas fiestas populares, con gradas llenas y una afición que vive cada jugada con intensidad, aunque la pasión también puede derivar en enfrentamientos y conflictos.
Pero la actividad no se limita a Amozoc; Atlixco, Tehuacán, Cholula, Cuautinchán y distintos barrios de la capital poblana mantienen ligas y torneos que alimentan este circuito futbolístico.
¿Cuánto gana un jugador de talacha?
Los ingresos dependen de la calidad del futbolista, la importancia del encuentro, la categoría y los recursos del equipo; en el fútbol de 11 jugadores, los pagos pueden alcanzar desde los 5 mil hasta los 30 mil pesos por partido y, en torneos de mayor nivel, llegar hasta los 100 mil pesos para los refuerzos más cotizados y de nombre en el futbol profesional.
En el fútbol 7 también existen pagos por encuentro, aunque generalmente son menores; mientras algunos jugadores reciben cantidades modestas que van desde los 500 pesos, otros construyen una fuente importante de ingresos al participar en varios equipos y competencias durante la semana, llegando a recabar hasta 20 mil pesos.
Sin embargo, las cifras varían considerablemente y no existe un registro oficial que permita establecer cuánto dinero mueve el circuito poblano o cuál es el ingreso promedio de sus participantes.
Detrás de cada partido también hay una economía que beneficia a árbitros, entrenadores, vendedores de alimentos, transportistas y comerciantes. En torneos que congregan a cientos de personas, la actividad deportiva se convierte en una oportunidad de ingresos para los negocios de la zona.
El otro lado del sueño futbolístico
La talacha representa una alternativa para quienes quedaron fuera del fútbol profesional o buscan prolongar su carrera después de militar en categorías formativas y divisiones inferiores.
También permite que jugadores con experiencia encuentren equipos dispuestos a pagar por su talento, algunos futbolistas recorren distintos municipios e incluso viajan a otras entidades para disputar encuentros, lo que convierte su agenda semanal en una sucesión de partidos y traslados.
No obstante, detrás de las remuneraciones que pueden resultar atractivas existe una realidad laboral vulnerable, la ausencia de contratos formales, prestaciones y cobertura médica deja a muchos jugadores expuestos ante lesiones, accidentes y retrasos en los pagos.
La necesidad de desplazarse constantemente entre municipios también implica riesgos, especialmente cuando los futbolistas viajan de noche o regresan a sus hogares después de jornadas intensas.
Tan solo el mes pasado, Ignacio “Nacho Porte” Moreno y Carlos “Charly” Ramírez, jugadores vinculados con la talacha poblana, murieron en un accidente carretero cuando regresaban a Atlixco después de jugar en Tehuacán, poniendo de relieve la vulnerabilidad que enfrentan quienes viven de este circuito.
Una industria que permanece fuera del radar
Aunque comparte jugadores y espacios con distintas categorías del fútbol organizado, la talacha no debe confundirse con las competencias afiliadas a la Federación Mexicana de Fútbol; la Liga TDP, por ejemplo, forma parte de la estructura oficial y cuenta con requisitos de participación y mecanismos deportivos propios.
En contraste, buena parte de la actividad llanera funciona mediante acuerdos entre organizadores, propietarios de equipos y jugadores, el dinero circula principalmente a través de pagos directos, sin que exista información pública suficiente para dimensionar su impacto económico.
A escala nacional, torneos como la Copa Potosí, la Copa Agustín Alonso y la Copa Mariachi han contribuido a dar mayor visibilidad al fútbol de talacha, con competencias que atraen a jugadores experimentados y ofrecen bolsas económicas importantes; estos certámenes también muestran que el fútbol amateur puede convertirse en un mercado atractivo para quienes conservan un nivel competitivo.
En Puebla, el fenómeno mantiene su arraigo gracias a las tradiciones municipales, la participación de las comunidades y la posibilidad de obtener ingresos fuera de las estructuras profesionales.
La talacha es, en definitiva, el otro lado del fútbol: un espacio donde la pasión se mezcla con el negocio, el talento encuentra oportunidades y cientos de jugadores mantienen viva su carrera con cada partido, pero también es un sector que evidencia las limitaciones del sistema deportivo para ofrecer alternativas laborales estables a quienes hacen del balón su forma de vida.
