Opinión

La vuelta a Brecht

Viernes, Septiembre 9, 2022
Leer más sobre Fernando Gabriel García Teruel
Regresar a Brecht, ser un obrero que lee y hace preguntas para dejar de caminar a ciegas
Nacido en Puebla en 1996, estudió la licenciatura en Ingeniería Industrial en la Ibero Puebla. Actualmente estudia la maestría en Biosistemas en Wageningen University and Research. Apasionado por la ciencia y artes
La vuelta a Brecht

En el poema Preguntas de un obrero que lee, Bertolt Brecht invita a la mesa a los fantasmas cuyas negadas vidas permite la afirmación de otras. Más como papel que como tinta, su ausente presencia en libros de historia posibilitó la inscripción de grandes personajes y hazañas para la posteridad. Estos fantasmas son trabajadores, soldados, esclavos, amantes y todo humano promedio que sirvió y vivió en función de la necesidad, la supervivencia y quizá la satisfacción de ciertos placeres mundanos. Hombre-masa que, aunque no siendo merecedores de ser recordados en detalle, su nombre y acciones existieron y dieron pauta para que otros sí lo sean. La historia se ha escrito con mucho papel y poca tinta.  

Si bien Brecht se reconocía como comunista, o bien, marxista sin partido, su cuestionamiento hacia los grandes monumentos, Césares y reinos, es decir, su crítica al histórico abuso imperialista y patriarcal sobre una mayoría olvidada es también utilizado por esa misma abusiva minoría para señalar los peligros que atentar contra estatus quo involucran. En otras palabras, utilizan selectivamente la historia para recordarle al pueblo el terrible destino que su lucha por existir en los libros de historia puede desencadenar. Utilizan los gulags de Stalin, la masacre en Yugoslavia, el hambre en Rumanía o cualquier contraejemplo que gobiernos autoproclamados comunistas convenientemente ofrezcan para deslegitimar cualquier movimiento que proclame una causa común.

Para suerte del capitalismo y sus protectores, los gobiernos que se proclamaron comunistas en Occidente terminaron siempre en terror y pobreza, permitiendo que una bienintencionada idea, el comunismo, sea casi automáticamente ligada a lo peor posible, hambre y caos. Siendo el comunismo popularmente entendido como lo contrario al capitalismo, los ejemplos fallidos del primero le permitieron y permiten al segundo proclamarse como la única vía posible para la conservación y desarrollo de la humanidad. Razonamiento falso y como tal, peligroso.

Sin entrar en detalle de cómo los regímenes proclamados comunistas fallaron en acercarse a la idea de comunismo; pensar que estamos en una calle de sentido único es peligroso porque da certeza. Y si bien la certeza goza de connotaciones positivas, su presencia descarta la posibilidad de imaginar otras opciones, invitando o empujando a caminar de forma irreflexiva y justificada sobre una vía aparentemente definida. Esta calle de aparente sentido único podría llevarnos o ya nos está llevando a un precipicio que, por estar sumergidos en la cómoda cárcel de la certeza, parece inevitable.

En este afán por mantener la certeza de que el capitalismo es la única opción, de que el crecimiento económico es la única vía y que la tecnología y el capital son la única solución, Occidente enfrenta y ofrece interesantes contradicciones e hipocresías. Vemos al Parlamento Europeo y la Casa Blanca condenando a China y Rusia por su comportamiento en Taiwán y Ucrania, pero completamente callados ante Israel y Arabia Saudita por su comportamiento en Palestina y Yemen. Condenan -so excusa de los derechos humanos-, al gobierno de Irán, pero callan ante la explotación y abuso de compañías privadas en el Congo o Malí. Podríamos decir que todo está permitido siempre y cuando se mantenga en y de acuerdo con esta calle de sentido único y no interfiera en la certeza Occidental del capital. Tal es el miedo a la incertidumbre y al detener la marcha sobre esta calle ya trazada, que sin importar lo contradictorio que resulte, los defensores del capital, principalmente Occidente, no paren de señalar la espiga en el ojo ajeno teniendo una viga en el propio.

Desgraciadamente esta hipocresía no sólo habita en los altos niveles de la diplomacia y entre gobernantes. Pensar esto sería no sólo inocente sino estúpido. Esta hipocresía occidental está diluida y presente en toda nuestra cultura, es decir, está en todos los niveles e individuos. Está en la cálida bienvenida europea en casas particulares a refugiados ucranianos mientras refugiados de África y Medio Oriente son colocados en centros de inmigrantes a los extremos de las ciudades. Está en las películas donde el fin último del protagonista es la fama y la fortuna. Está, por ejemplo y motivo de esta reflexión, incluso en los museos y recorridos históricos.

Considerada la construcción más pesada del mundo y la segunda más grande después del Pentágono en Estados Unidos, el Palacio del Parlamento en Bucarest es la principal atracción turística de la capital rumana y quizá de todo el país. Es, por no decir más, estúpidamente sorprendente. La construcción fue orden y capricho de Nicolae Ceaușescu, presidente y dictador de la entonces República Socialista de Rumania, con la intención de centralizar y tener todo el gobierno en un único edificio. A finales de 1989, Ceaușescu fue ejecutado durante la revolución sin nunca haber ocupado las fastuosas instalaciones.

Al triunfo de la revolución se decidió mantener la construcción haciendo cambios menores: en vez de todas las oficinas de gobierno, será el parlamento el que lo ocupe y en vez de retratos de Nicolae habrá pinturas o espacios vacíos. Hoy en día, el Palacio del Parlamento se puede visitar de forma guiada, recorrido en el que el guía irá señalando todos los lujos y excentricidades con una mezcla de orgullo y vergüenza, y a la par, los turistas mostrarán una mezcla de asombro y reproche. Orgullo y asombro porque es una obra impresionante con magníficos lujos, enormes espacios e incontables puertas, todo, o bien casi todo, hecho con manos y productos rumanos. Vergüenza y reproche, porque su construcción fue inspirada tras la visita de Ceaușescu a su homólogo en Corea del Norte y es vestigio de tiempos oscuros para Rumania y llamados comunistas.

Hoy, el edificio además de acoger al parlamento es ícono de la ciudad, recibe miles de turistas de todo el mundo y es rentado para la organización de ferias, exposiciones y cocteles por, y sólo por, empresas o corporativos privados. Esta utilidad Occidental, es decir, aparentar democracia y generar capital, permite que de cierta forma las críticas y el desprecio por su origen dictatorial y de etiqueta comunista sean amortiguadas.

Sin embargo, eso no evita que ciertas críticas y mojigatería se hagan esperar. Durante mi recorrido por el Palacio del Parlamento tuve la suerte de tener en mi grupo a una pareja de Estados Unidos que no dejaron de mostrar indignación y exhalar cada vez que el guía mencionaba las condiciones de trabajo o cierto dato curioso sobre las megalomanías de Ceaușescu. Información que sin duda es parte intencionada del recorrido para reafirmar lo terrible que fueron los tiempos denominados comunistas.

Esta información sobre las condiciones de trabajo y las muertes registradas durante su construcción nunca será entregada durante una visita a la Basílica de San Pedro en El Vaticano o al Capitolio en Estados Unido, no porque no haya habido abusos ni muertes, sino porque ahí como en otros innecesarios-macro-monumentos occidentales, esa información es irrelevante, no hay vergüenza alguna pues son vestigios de los ganadores y narradores de la historia. Una calle de sentido único donde no se cuestiona y mucho menos se crítica, sólo se aprecia. En cambio, donde los perdedores han dejado rastro, todo será eliminado, no debe haber contradicción por más magnífico que sea, al contrario, la magnificencia exige pronta aniquilación.

No pretendo con este escrito defender el régimen de Nicolae Ceaușescu ni de ningún otro, sino compartir la fascinación que siento por la facilidad en que las personas ven lo que quieren ver, cuestionando y señalando donde les conviene. La incomodidad de pensar en otras posibilidades que les genera, y la fe ciega que se tiene hacia lo que está. Tal parece que por más mal que vaya es mejor seguir que cambiar. La humanidad se encuentra en una relación codependiente y tóxica con el estatus quo y el capitalismo; sabemos que está mal y que nos está destruyendo, pero el miedo a la incertidumbre es peor.

¿Cómo es que somos capaces de indignarnos y reprochar ciertas prácticas, personas y países, a la par que decidimos ignorar exactamente lo mismo en nuestro entorno y cotidianeidad? Toda la historia de la humanidad, todas las grandes civilizaciones y monumentos han sido construidos por una mayoría utilizada, abusada y olvidada por y para el beneficio de unos cuantos; todas nuestras innecesarias necesidades de consumo del día a día son la consecuencia de ese abuso, ¿dónde está la indignación?

Para la construcción del Palacio del Parlamento se trabajó siete días a la semana, veinticuatro horas al día en tres turnos de ocho horas, es decir, lo mismo que cualquier fábrica hoy en México. Por supuesto si comparamos las condiciones de trabajo y prestaciones de uno con otro, la comparación resulta estúpida. Pero si comparamos la diferencia entre el nivel de vida del dictador rumano y el más bajo albañil del Palacio con la diferencia entre el nivel de vida de uno de los oligarcas mexicanos y el más bajo asalariado de alguna de sus empresas, resulta no estúpida sino indignante, o al menos eso me gustaría pensar.

Pareciera que, aunque las condiciones mínimas de trabajo mejoran con el transcurso de los años, la diferencia entre los extremos se mantiene, la desigualdad no sólo permanece, sino que se disfraza. Se disfraza vestida de necesaria, de consecuencia de un sistema presentado como el mejor y único posible, se disfraza invitándote a no pensar en ella, sino en otras, en las del lejano Oriente y de un pasado oscuro, rojo y terrible.

No quiero ser fatalista ni niego que el mundo ha ido mejorando. Estoy convencido de que estamos mejor que antes, pero esto no significa que vayamos por buen camino, mucho menos cuando el camino se presenta como una única opción sistemáticamente da cabida a una extrema desigualdad y a un desastre ambiental. El camino de la humanidad no es una calle de sentido único que puede haber otras rutas. Debemos dar lugar a la incertidumbre y la imaginación, a sospechar del entorno y de los pasos ya tomados. Cuestionar no sólo aquello que va en contra del estatus quo sino el estatus quo mismo. Regresar a Brecht, ser un obrero que lee y hace preguntas. Debemos tomar una postura feminista y entender que la historia de la humanidad ha sido una historia de opresión y abuso de pocos sobre muchos, y que lo sigue siendo, pero tal vez podría dejar de serlo. Debemos dejar de caminar a ciegas por miedo a ver las infinitas posibilidades que la libertad contiene y la incertidumbre intrínseca a ella.

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