Opinión
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“Ad te, Domine, levavi animan meam…”

Domingo, Noviembre 28, 2021
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Ya nos acercamos al Adviento, con cuyo primer domingo comienza un nuevo año litúrgico
Originario de Puebla de los Ángeles, estudió Ciencia Política, música, historia y musicología en Núremberg, Leipzig, Essen y Heidelberg (Alemania). Es Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Heidelberg.
“Ad te, Domine, levavi animan meam…”

Con estas palabras del Salmo 25 comienza, desde hace siglos, la antífona de entrada (“Introitus”) de la misa del primer domingo de Adviento. Y es que la Navidad, como la Pascua, también tiene un tiempo de preparación, que recibió el nombre de Tempus adventus (de “advenire”, en latín, “llegar”, pues Cristo “llega” en Navidad). El desarrollo histórico de esta festividad de preparación muestra muchas diferencias en las iglesias locales de los primeros siglos del cristianismo, que desafortunadamente han sido poco estudiadas; sin embargo, aunque podemos advertir que las costumbres y la piedad populares centraron su atención de manera evidente a la Navidad, el Adviento recibió también un lugar muy especial.

Las primeras huellas de un tiempo de preparación hacia la Navidad no las encontramos en la liturgia romana, sino en las liturgias locales en la actual España y sobre todo en las Galias (es decir, en parte de los territorios de las actuales Francia, Bélgica, Suiza, Países Bajos, Alemania e Italia). Es importante señalar que, en esos territorios, debido a su unión muy fuerte con la Iglesia Oriental, la Epifanía (6 de enero) era originalmente la fiesta del nacimiento de Jesús y también, al contrario de Roma, era una fecha ideal para celebrar el bautizo de los catecúmenos. El testimonio más antiguo del Adviento como tiempo de preparación data del siglo V: se trata de un texto que regula el ayuno, escrito por el obispo Perpetuo de Tours (fallecido en el 490). En este documento se prescribe un ayuno tres veces por semana entre la fiesta de San Martín de Tours (11 de noviembre) y la Navidad. Parece ser que había una especie de “quadragesima Sancti Martini”, es decir, una “cuaresma de San Martín” que abarcaba desde la festividad de este popular santo hasta la fiesta de la Epifanía.

Son 56 días, es decir, ocho semanas, pero si consideramos que, debido a la influencia de Bizancio y Jerusalén, no se ayunaba ni los domingos ni los sábados, quedan exactamente cuarenta días en los que sí se podía ayunar. Esto tiene que ver con la relevancia que tenía en las iglesias orientales la Epifanía como fecha de bautismo, por lo que no se le concedía menor importancia que a la Pascua, que en Roma era la fecha más importante para bautizar a los niños. Sin embargo, no sabemos exactamente en cuáles iglesias locales en Occidente ni durante exactamente cuánto tiempo permaneció esta costumbre, en vista de la escasez de fuentes de la época.

Los primeros testimonios de una liturgia de Adviento son de la primera mitad del siglo V y proceden de la importante ciudad de Ravena, en Italia, que también tenía una muy fuerte relación con las iglesias orientales, como lo vemos claramente en su hermosísimo arte musivario y en su arquitectura. El tema central de dicha liturgia es la espera del nacimiento de Jesús. En la ciudad de Roma, por el contrario, tendremos que esperar hasta aproximadamente mediados del siglo VI para encontrar las primeras fuentes de una liturgia de Adviento. Hacia fines del mismo siglo, bajo el pontificado de San Gregorio Magno (fallecido en el 604), el Sacramentario para la ciudad de Roma deja ver que la espera en Adviento no está dirigida hacia la venida final de Cristo (“Parusía”), sino hacia su Encarnación y es la preparación para dicha liturgia. Esto se debe a la convicción de que dicha Encarnación, como acontecimiento histórico, es el principio de nuestra redención y experimentará su perfección con la segunda venida de Jesucristo.

En otras partes de Europa, bajo la influencia de los monjes misioneros irlandeses (como San Columbano, en el siglo VI), en la liturgia de Adviento se nota la preocupación por la venida de Cristo para el Juicio Final y por eso la necesidad de hacer penitencia. Es por eso que en esas regiones se suprimió el canto del “Gloria”, del “Aleluya” y del “Te Deum” en la liturgia de las horas y se impuso el empleo del color violeta en el ropaje sacerdotal. Algunas de estas costumbres se introdujeron en la liturgia romana en el siglo XII, menos la supresión del canto del “Aleluya”. El ayuno de Adviento ya no se prescribe desde 1917.

Tampoco había unidad en cuanto a la duración del tiempo de Adviento. Tuvieron que transcurrir muchos siglos para que pudiese imponerse la duración de cuatro domingos, costumbre proveniente de Roma. A pesar, por ejemplo, de que Pipino el Breve y su hijo Carlomagno (siglos VIII y IX) ordenaron adoptar esta costumbre romana, en muchos lugares se seguía celebrando en cinco y en seis semanas, hasta que hacia el siglo XI, por fin, se unificó la costumbre en los antiguos territorios galos. Aún en nuestros días, las liturgias Ambrosiana (Milán) e Hispana (mal llamada “mozárabe”), celebran seis domingos de Adviento.

En cuanto a la Navidad, a partir de un documento que presenta una lista con las fechas del fallecimiento de los obispos de Roma (“Depositio episcoporum”) y de los mártires romanos (“Depositio martyrum”) de Filocalus (año 354), sabemos que ya en el año 336 se celebraba en Roma la Navidad el 25 de diciembre. Los orígenes de esta festividad no están muy claros, por lo que hay varias teorías para explicarlos. Por un lado, la celebración de esta fiesta romana puede interpretarse como una reacción de la comunidad cristiana de esa ciudad en contra de la festividad pagana instaurada por el gobierno romano llamada “Natale Solis invicti” (“Nacimiento del dios del sol invicto”), que el emperador Aureliano introdujo en el año 274 para celebrar al dios sirio del sol en Emesa (la actual ciudad siria de Homs). La idea del emperador era contar con el apoyo del dios del sol para consolidar su enorme imperio. Es probable que la iglesia romana haya tratado de “inmunizar” a su comunidad en contra de esta fiesta pagana introduciendo a su vez la fiesta del nacimiento de Jesús como “Sol de la justicia” (Mal 3, 20) y como “Luz del mundo” (Jn 8, 12).

Otra hipótesis, por el contrario, dice que ya en el siglo III algunos teólogos se esforzaban por fechar el nacimiento de Jesús, pues en los Evangelios no se menciona el día. En un contexto cultural que daba mucha importancia al simbolismo de Jesús como sol, centraron su atención en los equinoccios y solsticios: como Juan el Bautista ha de haber nacido en el equinoccio de verano, Jesús, según Lc 1, 26, debió haber nacido a su vez en el solsticio de invierno. Aún cuando esta última teoría nos pudiese parecer -vista desde una perspectiva científica- como poco probable y muy a priori, parece que influyó en efecto en la decisión por la fecha, que acabó por consolidarse el 25 de diciembre ante la decisión de imponer la festividad del sol por parte de Aureliano. Es decir, parece que la explicación está en ambas teorías y no en una sola de ellas.

Es interesante ver cómo esta festividad de la Navidad se extendió rápidamente por el mundo cristiano tanto occidental como oriental en ese mismo siglo IV, sobre todo porque la Iglesia no estaba centralizada como después ocurriría. Al parecer, las numerosas iglesias locales se apresuraron a celebrar tal festividad en parte como reacción a la herejía del arrianismo, muy en boga en esos tiempos, que ponía el acento en la obra y no en la persona de Cristo. Para fortalecer la idea de la persona divina de Jesús se buscó entonces celebrar la fecha de su nacimiento; el Concilio de Nicea (325) contribuyó a ello condenando al arrianismo, por un lado, y dando pie a una liturgia propia de la nueva fiesta, por el otro.

Ya nos acercamos al Adviento, con cuyo primer domingo comienza un nuevo año litúrgico, pero no se trata de pensar simplemente en algo que ayer pasó y que nada más se recuerda, sino de recordar que se trata de un acontecimiento que siempre es nuevo. Por eso el versículo del Salmo 25 no sólo nos remite al comienzo de ese algo nuevo sino también a lo esencial: a la relación del Hombre con Dios: “A ti, Señor, elevo mi alma”. Para ello es necesario creer, es necesaria la fe, es necesaria la confianza en Él. Por eso son importantes las palabras que siguen en el salmo: “Deus meus, in te confido, non erubescam” (“Dios mío, en ti confío, no me confundas”). Confiar en Dios es saber que a Él lo encontramos en la vida misma de Jesús, es saber que nuestro destino está ligado a Él. De ahí el versículo del salmo que se canta con esa antífona de entrada: “Vias tuas, Domine, demonstra mihi; et semitas tuas edoce me” (“Muéstrame, Señor, tus caminos; y adiéstrame en tus sendas”).

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