El retrato

Lunes, Octubre 11, 2021 - 12:05

Nuevas generaciones podrían olvidar al hombre del retrato con veladoras y cempasúchil al lado

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Hoy es el día de la reunión familiar de cada año. Me da gusto ver a los parientes, sobre todo a los nuevos, aunque no sepan quién soy yo y ni saben por qué sus padres lloran al verme. Es un placer ver la comida que se prepara para el encuentro, sobre todo esos chiles rellenos de mi hermana, quien heredó la sazón de mamá. A las dos veré pronto.

Cuando yo era niño también había estas reuniones y lo que más me gustaba era ver a mis primos y salir a jugar con ellos, a pesar de que nuestros padres nos daban el “tate quieto” ya sea con una mirada o de plano con un discreto pellizco. De todas formas, encontrábamos la manera de salirnos con la nuestra e ir a regar el rastrojo a brincos o trepar a cortar guayabas que además nos daba la excusa para no estar dentro de la casa, pues estábamos ayudando para que se hiciera el dulce de camote molido, al que llamábamos “Cajeta”.

Ya más grandes, los primos nos salíamos de la casa a la primera oportunidad sin que nadie se diera cuenta, para compartir una cajetilla de cigarros, pues era pecado capital fumar delante de los mayores. Las charlas eran para presumir haber besado a una jovencita o de cómo tener dinero para ir a algún baile.

Sin darnos cuenta llegó el día en que éramos parte de la reunión con los padres, pues ya teníamos hijos y algunos primos se habían convertido en compadres. Compartíamos el pulque o el tequila con ellos durante la noche y nunca faltaba alguien en la madrugada soltara en llanto y el resto le dijera una de dos, o “¡Desahógate!” o “¡Aguántate como macho!”, pero siempre había quien recordara las palabas del abuelo diciendo: “Déjenlo, el chínguere no nubla la cabeza, abre el corazón!” y ya nadie decía nada.

Entonces éramos nosotros quienes poníamos quietos a los chamacos. Ley de la vida.

Yo sé que esta reunión anual se celebra en todas las casas y, aunque no sé si en cada familia se hace lo mismo, no deja de ser una bonita costumbre. Por una noche se juntan los que están cerca o lejos, física o moralmente, porque es lo que hubiera querido la abuela o habría hecho feliz a mamá. Se dicen cosas que nadie antes sabía o que, si se sabía no se había tenido el valor de decirlas. El alma se sincera en esta fecha, por la nostalgia y, tal vez, por los remordimientos, más que en Nochebuena.

Pero hay tres cosas que no me gustan de estas reuniones. Una es que, a pesar de haber tanta rica comida, no la podré probar; dos, que, aunque estemos reunidos, no podremos abrazarnos y tres, que algún día ya no vendré en esta reunión porque las nuevas generaciones habrán olvidado al hombre del retrato que cada año se pone con una veladora y cempasúchil en el tradicional Altar de Muertos.