Lecturas vigentes del sismo de septiembre de 2017

Viernes, Septiembre 17, 2021 - 15:11

La larga espera de 1461 días en la restauración de nuestro patrimonio edificado en Puebla

Arquitecta por UPAEP, maestra en Restauración de Sitios y Monumentos UG y doctorante en Administración Pública. Docente y especialista en proyectos de conservación y difusión del patrimonio cultural. Su trabajo es reconocido a nivel nacional e internacional, por la difusión del patrimonio de México.

Cuando se inicia una lectura sobre un tema que ha captado nuestra atención, por lo general la estructura narrativa nos ubica inicialmente con los personajes y el contexto, desarrollando las acciones que van complejizando el conflicto culminando en el clímax de la historia para llegar posteriormente al desenlace de la misma.

Nuestra historia del día de hoy inicia en nuestro país a partir del año de 1985 cuando un sismo catalogado como muy destructivo en la escala de Mercalli golpeaba a la Ciudad de México. Desde ese momento hasta el día de hoy se han registrado 24 terremotos arriba de los 7 grados en la escala de Richter en esta zona, donde el 50 por ciento se han producido en el mes de septiembre. Estos datos dictan claramente que, si bien, un terremoto no se puede predecir, históricamente septiembre constituye para México un mes de alto riesgo.

Grandes daños han causado los sismos en el país, afectando principalmente la zona centro donde siete estados de la República en el año 2017 sufrieron los estragos del terremoto: Puebla, Ciudad de México, Hidalgo, Oaxaca, Tlaxcala, Morelos, Chiapas y Guerrero, los cuales sufrieron derrumbes de casas y edificios de alto valor patrimonial.

La historia llega a su clímax, a su punto de máxima tensión, cuando las personas pierden su patrimonio personal e identitario; es en ese momento cuando diversas entidades gubernamentales y organizaciones no gubernamentales (ONGs) se coordinan para estabilizar las comunidades con daños. Con relación a ello, grandes cantidades de recursos -incluyendo monetarios- fueron puestos a disposición de las autoridades gubernamentales para solventar los gastos de ayuda y reconstrucción en los 11,893 inmuebles afectados por el sismo de ese martes 19 de septiembre.

El Fondo de Desastres Naturales (FONDEN) particularmente aquí en el estado de Puebla, con un monto inicial de 32 millones de pesos a través de los apoyos parciales inmediatos, (APIN) y los seguros bancarios contratados por el gobierno federal, fueron alineados para que se iniciaran los trabajos de apuntalamiento y aseguramiento de nuestro patrimonio edificado afectado. Especialistas pusieron manos a la obra, pero también desafortunadamente, la ocasión fue aprovechada por gente ignorante que creyendo que la especialidad en restauración de monumentos inmuebles se obtenía “sobre la marcha”, causando mayores desgracias sobre los monumentos afectados, convergiendo hechos, personajes, conflictos y trabas como parte de esta historia.

En el Estado de Puebla ha existido “la buena voluntad” (que no siempre alcanza para convertirse en acción) pero también han sido muchos los obstáculos, las negligencias y los cambios que han ocasionado un desasosiego que no ha beneficiado ni a las autoridades ni a los contratistas; y mucho menos a la reconstrucción de los edificios que son parte de las comunidades afectadas. El avance ha sido lento y con asomos de olvido, casi en franca agonía y si no, baste revisar el templo y exconvento de San Martín Caballero en Huaquechula, el templo y exconvento franciscano de la Asunción de Nuestra Señora de Tochimilco (que ostenta el nombramiento de Patrimonio Cultural de la Humanidad desde el año de 1994 por la UNESCO) y el exconvento de Izúcar de Matamoros dedicado a Santo Domingo de Guzmán.

En este mismo municipio tampoco han sido intervenidas las capillas de los 14 barrios ni la parroquia de Santiago Apóstol; el templo de Santiago en el municipio de Chila de la Sal; el templo de Santa Catarina en Ixcamilpa de Guerrero; y en Atlixco el exconvento del Carmen y la cúpula del templo de la Merced y Santa Clara, y así hasta llegar a más de 80 templos en el total abandono al sur de nuestro Estado.

Nuevos intereses sobre su recuperación crecen conjuntamente con la flora y fauna parásita que aumenta en los edificios, en sus muros y techos colapsados donde la lluvia de los meses de julio, agosto y septiembre de cada año deja su huella. Cada monumento edificado es afectado de diferente forma, pero denotan algo en común: ninguno ha logrado llamar la atención lo suficiente para convencer a los distintos gobiernos de contribuir en lo que les toca hacer.

La disminución de recursos asignados por la lentitud y poca habilidad en las asignaciones de obra, la pérdida de los fondos para la reconstrucción, sustituido por el proyecto para “la atención de los daños desencadenados por fenómenos naturales perturbadores” -sin difusión alguna-, confirma que los conflictos y obstáculos aún persisten. Han pasado gobiernos y funcionarios y ninguno, ni municipal ni estatal ni federal, quiere echarse a cuestas el trabajo que se requiere para “regularizar” los expedientes de una manera real, fehaciente e incluyente, para continuar ordenadamente al final de esta historia, que ya se presenta aletargada y peligrosamente retadora, ante un acontecimiento como el que puede suceder en cualquier momento y afectar nuevamente nuestro valioso patrimonio, valga recordar el pasado 7 de septiembre.

Cada vez que tiembla, la tierra nos recuerda que esta historia puede escribir otros capítulos con la misma progresión de acciones que todos conocemos, donde el desenlace podrá mostrar las consecuencias de una decisión mal tomada. No hay duda que los capítulos pueden ser escritos de diferente forma, al conocer perfectamente las variantes (los personajes, las poblaciones, los terremotos y contextos) incluyendo resultados más halagüeños para las comunidades que ansían un buen desenlace de este tipo de relatos, donde el “vivieron juntos para siempre” es inevitable, con la atenuante que el ser “pensante y redactor de la historia” lo constituimos nosotros.

Hoy a poca gente le parece importar el valor real que puede tener un edificio que comunica la historia de una comunidad a través de sus muros. ¡Su narración no es ficción! Ya es tiempo de afrontar la realidad y poner manos a la obra en pro de la restauración de nuestros monumentos.