Ambulantes, Tochtepec, pan y pulque

Domingo, Septiembre 12, 2021 - 14:48

Un recorrido de contrastes: el abandono de la ciudad de Puebla y la belleza de nuestros pueblos

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

El Centro Histórico de Puebla es, en cierto modo, como un espejo para ver el trabajo del presidente municipal en turno.

Hoy está deplorable. La ola de ambulantes que infesta el centro casi invade el zócalo.

En la Avenida Reforma y 3 Norte inclusive hay un puesto de fritangas con un tanque de gas. ¡Una explosión ahí sería terrible! A ciento cincuenta metros del Palacio Municipal…

Es asqueroso el espectáculo en esa calle, la 3 Norte llena de puestos de toda clase. Con el beneplácito, complicidad ($) o, lo que sería peor, la impotencia e incompetencia de las autoridades municipales.

¿El ambulante tiene derecho a ganarse la vida? Sí, por supuesto, con dos condiciones: que sea realmente am-bu-lan-te, es decir, que circule con su producto, y que respete el derecho del otro; y el otro somos todos.

Nadie tiene derecho a expropiar en provecho propio cualquier espacio que se le ocurra en la calle. Las calles son de todos y a la vez de ninguno. Invadir la vía pública, tomar un espacio y poner un negocio, es colocarse fuera de la ley. Y la ley debiera aplicarse, punto.

Otra cosa muy distinta es regular el comercio ambulante. Determinar el uso de ciertos espacios con normas, horarios, características y giros acordes con el paisaje urbano.

Eso lo vemos en muchas ciudades dentro y fuera del país y lejos de ser una plaga lesiva y hasta peligrosa, inclusive infecciosa y contaminante, le dan un toque pintoresco y hasta singular a ciertas calles.

Lo recuerdo, por ejemplo, en Tlaquepaque.

Aquí, lo que se ve es horrendo. Esa es la cara y el tamaño de la autoridad de la presidenta municipal.

El caminante va por otros lados. Un viajecito rápido al lugar nativo, al Tochtepec de mi infancia. El zócalo (que abarca dos manzanas) luce muy bien, arreglado y limpio, cosa que no se veía hace varios ayuntamientos.

(Hablando de la plaza pública, plaza de armas más propiamente llamada o zócalo, denominación popular, la de aquí es grande, pero no le llega, es cierto, a las dimensiones de la de Quecholac, excepcional, o a las de Huejotzingo y San Pedro Cholula, entre las más grandes del Estado; como que nos remiten a la importancia y poderío que en la época prehispánica tuvieron, y al poder que ahí tuvo su asiento en las distintas etapas de la historia).

El pórtico del atrio recién pintado, su iglesia de lujo, con retablos y pinturas que no le piden nada a algunas de la catedral de Puebla o la iglesia de San José. ¡Bellísimas! Una joya del barroco mexicano.

El pan de mi pueblo, de primer mundo. La antigua panadería de Margarita Calderón y su hijo Chalo, con un muestrario delicioso de pan caliente, fino, quizá herencia del gusto francés y el estilo mexicano de moldear la masa.

Yo creo que el secreto está en la manteca de cerdo que ahí se emplea. El surtido de formas del pan y el acabado vidrioso de ciertas piezas son sensacionales. Rivalizan perfectamente con el pan de Zacatlán o el de mi querido Pahuatlán.

En el trayecto al terruño pasa uno por San Martín Caltenco y San Miguel Zacaola, ¡y qué gusto..! Sus plazas públicas lucen recién restauradas, toda una sorpresa. Durante años se les vio en el abandono, sucias, con desorden. Hoy tienen áreas verdes, banquetas y bancas pintadas, otra cara muy diferente a la de algunos ayeres.

En Zacaola, por cierto, hay una artesanía-negocio floreciente y poco conocido en el estado, sus juegos pirotécnicos.

En la calle principal, numerosos negocios con los famosos “toritos de cohetes”. Hay una extensa variedad de ganado vacuno hecho de cartón, multicolor y realmente atractivo, de colores alegres y chillantes y adornado con corredizos, buscapiés, luces de bengala y cohetes.

Pero han innovado. No solo toritos, de esos que son tan característicos y preferidos en las fiestas de nuestros pueblos, sino han hecho figuras de distintos animales, destacadamente guajolotes, esa ave tan especial de la cultura nahua, hoy convertida en belicoso personaje solamente para la diversión de la gente.

Y la novedad: toritos para niños, adornados con luces de bengala inofensivas y multicolores, con la misma finalidad pueden ser cargados y pasear entre la gente en los festejos nocturnos. Zacaola, hay que decirlo, tiene una larga tradición como pueblo de coheteros. Sus artistas pirotécnicos tienen fama nacional y son quienes le ponen el toque festivo, colorido, luminoso y tan mexicano a nuestras fiestas, sobre todo en este mes patrio.

En la ida y el retorno a esta zona, la parte central del estado, infaltable e ineludible el paso por “El Empalme”, unos tres kilómetros delante de San Hipólito Xochiltenango (este pueblo fiel a su nombre, una alfombra de flores, de flores de muerto en estos días, a un paso de la carretera) y saborear el “Pulque del Patrón”.

Es un pulque reminiscencia de aquel que dio fama a la reina Xóchitl. Eso es entrar en la leyenda, ya lo sé. Pero el que aquí se saborea, natural o curado, tiene realmente un sabor legendario, delicioso. Y lo dicho: no se puede tomar sólo un vaso.

Ignoro de qué parte lo traen, si es poblano o tlaxcalteca, pero lo que está comprobado es su calidad. El de este punto y el que se vende en Caltenco son realmente manjar de reyes.

Son parte de ese nuestro viejo patrimonio que se saborea con gusto, placer y orgullo, y que, por fortuna, se resiste a morir al paso de estos tiempos globales y pandémicos que nos asedian.

Así que… ¡salud!, y que venga otro vasito, ¿por qué no?

xgt49@yahoo.com.mx