Anacanoa en sustitución de Colón

Miércoles, Septiembre 8, 2021 - 18:52

Ante la polémica de sustituir el monumento a Colón, el espacio podría ser ocupado por Anacanoa

De formación jesuita, Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Compañero editorial de Pedro Angel Palou.
Colaborador cercano de José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad y del constitucionalista Elisur Artega Nava

El Monumento a Cristóbal Colón tradicionalmente ubicado en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México fue donado por Alejandro Arango y Escandón, vecino de la ciudad de Puebla que, al decir, Hugo Leigh en su clásico de la crónica urbana sobre la “Angelópolis”, como de don Marcelino Menéndez y Pelayo en "La Historia de los Heterodoxos Españoles"; sería el autor de la obra de mayor importancia literaria e histórica sobre Fray Luis de León.

La idea de sustituir en el sitial referido a dicho monumento estatuario, por otro que aluda a la “mujer indígena”, habrá de remitirnos de manera forzosa a Anacanoa, la formidable cacica de los indios taínos de la que nos da cuenta la crónica de Fray Bartolomé de las Casas y que hiciera frente al propio Cristóbal Colón en la isla Quisqueya, denominada como “la Isabela” en honor de la reina de Castilla por el propia Almirante de la Mar Océano.

Mujer que no habrían sufrido ante la historia el deliberado silencio de una composición sinfónica de índole política como si lo sufriría Malintzin en la Carta de Relación de Hernán Cortés.

Respecto de otra mujer indígena, la propia Malinche, se hace digno de llamar la atención, el brutal silencio que de ella hace Hernán Cortés en sus “Cartas de Relación”.

“Otro día de mañana, que fueron a quince días del mes de marzo de mil quinientos diez y nueve años, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo de Tabasco, y de otros comarcanos – relata Bernal Díaz del Castillo en su “Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España”-, haciendo muchos acato a todos nosotros, y trajeron un presente de oro…Y no fue nada todo este presente en comparación de veinte mujeres, y entre ellas una excelente mujer que se dijo doña Marina, que así se llamó después de vuelta cristiana”.

La referencia por demás relevante que el cronista soldado hace de la misteriosa mujer, destaca con la absoluta omisión a su persona por parte de Cortés en la carta de relación a Carlos V, fechada en la villa de Segura de la Frontera el 30 de octubre de 1520.

En la política como en la composición musical, los silencios juegan un papel preponderante; podemos suponer con determinado grado de certeza, que fueron infundados los cargos que por la muerte de Catalina Juárez Marcaida en Coyoacán tras su arribo de la isla de Cuba, afrontaría su esposo, tanto ante la real audiencia auspiciados por el primer oidor Beltrán Nuño de Guzmán, enemigo acérrimo de Cortés, como, asimismo, ante al Consejo de Indias en España a denuncia de Pánfilo de Narváez y con la subrepticia anuencia del emperador; pero lo que a todas luces resulta por demás evidente, es la omisión que de doña Marina se hace en la carta de relación, lo que a todas luces representa la clara intención de perpetrar la muerte política de la Malintzin.

En tanto que, en contraste con tal silencio, el Códice de Cuautlancingo, -el lugar en donde las águilas toman agua-, se destaca por su tamaño la figura prominente de la mujer indígena con el signo de la palabra por sobre la efigie disminuida del extremeño.

En concordancia con el silencio de Cortés, siglos después, don Alfredo Chavero llega a expresar en el capítulo concerniente de “México a Través de los Siglos”, una serie de consideraciones que a las claras exigen una profunda revisión en los días que corren.

“Parece imposible que tratándose de un personaje histórico tan importante en la conquista de México, casi nada se sepa de Marina. Se discute el lugar de su nacimiento y se disputa su nacionalidad; se duda del origen de su nombre; se equivoca el papel que desempeñó al lado del Conquistador; poco se sabe de su vida y se ignora donde reposó su cadáver. La mayor parte de las crónicas la supone natural de Jalisco; pero esto no debe hacer fuerza, porque generalmente se copiaban unos a los otros, y no es fácil explicar cómo de lugar tan distante había ido a Tabasco no existiendo relación entre los dos países.”

Ya dijimos que se ha equivocado su papel en la Conquista: no tuvo ninguna influencia en ella y sólo fue una intérprete”.

En la expedición a las Hibueras, el propio Cortés dispone sus nupcias con Juan Jaramillo, quien, al paso del tiempo se desempeñaría como regidor del cabildo de la muy noble y muy leal Ciudad de México.

Los historiadores y de manera por demás destacada William H. Prescott, han señalado la renuncia del regidor Jaramillo a participar en las procesiones de San Hipólito llevadas a cabo los días 13 de agosto y que llevaban aparejada la celebración por la caída de la Tenochtitlan a manos de Cortés.

Ha querido interpretarse tal renuencia, como un homenaje de Jaramillo al pueblo de su esposa, sólo que ello no compaginaría con el papel de gran lideresa de una rebelión indígena contra el poderío de Moctezuma que a partir de las imágenes del “Códice de Cuautlancingo” pareciera corresponder a Doña Marina.

Martín su hijo, conjuntamente con sus medios hermanos, el del mismo nombre, hijo de Juana Zúñiga y Luis, hijo de doña Isabel de Hermosilla, sería décadas después uno de los líderes de una revuelta contra el poderío de la corona en Nueva España de la que da cabal cuenta la crónica de Francisco Cervantes de Salazar.

Malintzin constituye a nuestros días un enorme misterio, pero acaso, su hijo Martín encabezaría una rebelión heredando su temple y fortaleza, y, acaso, habría que equipararla por su temple y entereza con Anacanoa.

Acaso en nuestros días, algún acaudalado erudito conocedor del Siglo de Oro español como lo fuera Alejandro Arango y Escandón habría de estar en disposición de donar a la capital del país la estatua de Anacanoa.

albertoperalta1963@gmail.com