Sokal y las imposturas del científico

Lunes, Junio 14, 2021 - 07:40

Un físico escandalizado por el uso ilegítimo de conceptos matemáticos y científicos da gran lección

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

Finito, infinito, continuo, discontinuo, borde, adentro-afuera, vacío, totalidad, individuo, Uno. ¿A quién le pertenecen estos conceptos? ¿A la filosofía? ¿A la matemática? ¿A la literatura? ¿A la existencia misma? Finito es el conjunto C = {1, 2, 3}, finita es la vida, finitas son los resultados de toda intención, finito es el punto de vista de la conciencia individual. ¿Quién ha robado sus palabras a quién? ¿Quién hace uso propio y quién toma en préstamo? ¿Quién ofrece la tierra autóctona de estos conceptos y quién hace metáforas, analogías o meros símiles?

En 1996 Alan Sokal, un físico escandalizado por el uso ilegítimo que hacían los pensadores franceses de conceptos matemáticos y científicos decidió dar una lección definitiva sobre la verdad. Se dio entonces a la tarea de escribir un artículo para desenmascarar esta camarilla de pseudo-intelectuales que llevaría el jocoso título de: “Transgredir los límites: Hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”. El texto fue enviado a la revista Social Text, conocida guarida de las lacras francesas. Éste fue aceptado. De ese éxito singular, el físico sacó las conclusiones que le parecían racionales. Primero, que la publicación de ese artículo era la prueba irrefutable de que todo lo publicado en la revista era ilegítimo y que, como en esa revista solían publicar los pensadores franceses y otros influidos por ellos, entonces, por extensión, eran también ilegítimos. Es probable que Sokal haya sido una suerte de popperiano que haya razonado de la siguiente manera: basta un ejemplo para falsear la totalidad de una teoría. En este caso, la “teoría francesa”. Lo hemos de suponer. De otro modo, resulta muy difícil hacer generalizaciones tan ambiciosas a partir de un caso. Y lo hemos de suponer, porque Sokal en vez de argumentar, decidió “correr” su experimento social. Con la prueba irrefutable en mano, descubrió en la revista Lingua Franca que todo había sido un engaño, pero no cualquiera, sino uno en nombre de la verdad. El mismo año el affaire Sokal ocupó los titulares del New York Times.

Pero incluso siguiendo el principio de caridad más bondadoso, Sokal no fue demasiado estricto en su experimento social. Los popperianos refutan teorías con un solo caso en su mente. En efecto, en buena lógica, si se afirma que todos los perros son negros y se encuentra uno blanco, entonces se puede decir que la teoría es falsa. Pero en la ciencia constante y sonante todo es más complicado. Hay errores de medición. Variaciones en la interpretación de los datos. Se puede cuestionar que ese perro haya sido realmente blanco y no más bien pardo. Se puede tomar como un valor atípico que no necesariamente cuestiona la totalidad de la teoría, pues una teoría no funciona solamente por su relación con ciertos datos, sino en competencia con otras. Así, las teorías que prevalecen pueden ser (y no lo son siempre) aquellas que expliquen comparativamente mejor un conjunto de datos. Mientras tanto, los científicos poseen filias y fobias, resistencias y agendas. Todo esto lo podía explicar mejor Kuhn, quien tanto nos alborotó la cabeza al convocar el espíritu revolucionario en la ciencia. Tiene razón, la ciencia avanza con cortes y se enraíza en comunidades (las llamadas matrices disciplinares), pero esos cortes son a veces más aparentes. De la misma manera, las revoluciones científicas suelen ser más lentas y tortuosas, incluso desdibujadas, de lo que la palabra “revolución” suele evocar. Ahora, es perfectamente compatible con la visión de Kuhn el hecho de que las revoluciones científicas se deben menos a los grandes descubrimientos o a las novísimas teorías, que a las estrategias y resultados que se obtienen en un campo de contienda. Igualmente, nunca hay teoría definitivamente derrotada, idea o concepto que no puedan tener un efecto positivo en otro campo (esta idea de la fecundidad cruzada de las ciencias y las matrices disciplinares es fundamental) sea por inspiración, analogía, adopción o adaptación.

A favor de la inconmensurabilidad de los momentos históricos se suele dar el ejemplo clásico de que hoy la pregunta por cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler, no tiene sentido, pues pertenece a otra “episteme”. Pero se puede interpretar esta urgente cuestión medieval como un modo de interrogarse por los tipos de seres que existen y su relación con la mensurabilidad. ¿Es todo lo existente extenso?, ¿Es todo lo existente mensurable en algún sentido?, ¿Debe el ser entenderse en varios sentidos o modos? Quien se haga estas preguntas no saldrá con los bolsillos vacíos después de una discusión con los medievales. Pero finalmente la cuestión de la continuidad y la discontinuidad es un asunto de la mirada que se escoja, en el que intervienen otras consideraciones como la escala de tiempo o el nivel de generalidad del argumento. Hay quienes no ven nada en las discusiones medievales porque hablan de ángeles. Hay quienes pueden reconocer en ellos un sutilísimo arte de la argumentación que echa mano de modos que apenas hoy reconocen los lógicos contemporáneos. Pero eso es culpa de quien lee.

Lo mismo sucede con los famosos “posmodernos”, “estructuralistas”, “postestructuralistas” y semejantes. Hay quien no entiende nada y cuando encuentra el análogo de los ángeles, en este caso conceptos matemáticos mal usados, se queda en el escándalo propio de una mirada inmediata, no-reflexiva. Como la de Sokal, que, en vez de argumentar sobre la matemática y sus usos en la ciencia, decidió montar un espectáculo. Pero al mismo tiempo, y he aquí lo esencial, los posmodernos deberían de aplaudir a Sokal como uno de los suyos. Fue él quien se sirvió del fraude, de manera admitida, en nombre de la verdad, que consideraba como fugada del mundo. Fue Sokal quien, incapaz de argumentar en sentido propio, decidió hacer un montaje, hacer una burla, engañar a todos. ¿No es eso lo que denunciaba de los posmodernos? Es decir, el hecho de perseguir sus “verdades” por medio de imprecisiones y abusos, en suma, por medio del fraude. ¡Pues Sokal se convirtió en el más posmoderno de los posmodernos! Dispuesto a engañar a todo mundo para salvar la verdad. Seguramente habría tenido el beneplácito de los hegelianos y otros tantos engendros filosóficos que hablaron tanto de la verdad “per contrarirum”, es decir, de ese procedimiento “dialéctico” por medio del cual la mentira sirve a la verdad y la simulación a la autenticidad.

En 1997 el asunto parecía tan importante que Sokal publicó un libro compartiendo la pluma con Jean Bricmont: Imposturas Intelectuales. El texto debía finalmente explicar cómo la ciencia se utilizaba para estafar en manos de los autores denunciados. Pero eso no sucede en el texto. El mismo Derrida escribió un artículo en Le Monde argumentando que los autores de Imposturas Intelectuales no habían movido una neurona para intentar entender lo que en los autores criticados se estaba diciendo y no solamente escribiendo literalmente. No hacían un esfuerzo por conocer el contexto, ni las motivaciones de los textos, muchos menos por los efectos que ellos tenían en la sociedad. El libro es una suerte de recorrido en un parque de diversiones del científico que se burla en cada ocasión de cuán-no-científico es el uso de conceptos de la matemática y la ciencia en los franchutes. Decepciona el libro por no poder argumentar ni a favor de la ciencia ni realmente en contra de la posmodernidad y sus abusos conceptuales. Si su intención era defender el “relativismo epistémico” podrían haber discutido con Popper y Kuhn, con Lakatos o con Feyerabend. Pero esto significaba pedirles que argumentaran, en cierto punto, que filosofaran, en vez de satisfacerse con identificar los “errores”.

Quizá lo que más aburre es que la “polémica” no es nueva. Más de cien años antes la había llevado adelante Kant en su batalla conta la metafísica. En la sección llamada “Doctrina trascendental del método” de la Crítica de la Razón Pura, Kant argumentaba ya sobre la diferencia entre los modos de proceder de la matemática y de la filosofía y que esta última se convertía en metafísica cuando pretendía confundirlas. Recordemos que le anteceden los grandes racionalistas: Descartes, Leibniz, Spinoza, Wolff, todos ellos habiéndose servido de las gracias de la matemática para argumentar filosóficamente, como si se pudieras resolver las grandes cuestiones metafísicas con la seguridad de la matemática (de su tiempo). Ni axiomas, ni definiciones, ni pruebas. Nada de eso opera en la filosofía. Pero sí hay principios, determinaciones conceptuales y argumentos. Los axiomas (propios de la matemática) se asemejan a los principios (propios de la filosofía), tienen un parecido de familia, incluso apuntan a una aparente matriz común de racionalidad, de estructura del pensar en general. Y, sin embargo, pese a ello, no hay un tercero que los reconcilie, una hiperfilosofía o una hipermatemática. Kant reconoce que hay conceptos compartidos: el uno, lo múltiple, lo universal, lo particular, lo singular, pero no se los entrega a nadie de manera definitiva.

Eso hubiéramos esperado de Sokal y Bricmont: argumentar. El asunto es más penoso cuando lo comparamos con las discusiones precedentes sobre los usos legítimos e ilegítimos de la matemática (y las ciencias) en otras interrogaciones. Como sea, hay que reconocerles haber jugado el lugar de peones de la historia para repetir, esta vez más como farsa que como tragedia (cuando Kant declara el final de la metafísica, es decir, la imposibilidad de conocer lo suprasensible por puros conceptos -a priori-, incluidos especialmente los matemáticos) la cuestión de lo teórico y lo empírico, el uso propio e impropio de conceptos matemáticos, la cientificidad de las interrogaciones por lo humano, etc.

Lo que bien podemos hacer ahora es preguntarnos por la relación que hay entre las teorías abstractas y generales y el modo de descender hasta los hechos. Los hechos, por cierto, no son lo que sucede “realmente” o en “última instancia”, sino aquello que comunitariamente podemos reconocer como lo que nos concierne. La ciencia sirve en tanto que permite producir “identificaciones”, es decir, en tanto permite enlazar fragmentos de experiencia o del saber entre sí. Es un asunto de conectividad. El sol, la luna y las estrellas no son bestias mitológicas sino un sistema de relaciones que se inscribe en el marco más general de la teoría de la relatividad. Los fenómenos más alejados e independientes desvelan sus relaciones cuando se inscriben en grandes marcos conceptuales. Este espacio conecta las cosas a partir de ciertas reglas. Pero no hay espacio único, no hay espacio último, ni espacio absoluto. El ideal de la ciencia en el sentido clásico consiste en una determinación absoluta, es decir, un principio de conectividad donde se muestren todas las relaciones, todas las conexiones. Pero no ambicionamos producir ese sistema, sino meramente reflexionar sobre ello.

Sokal amaba los hechos científicos. Nuestra época ama los hechos. Que ame los hechos no quiere decir que ame su determinación objetiva o conceptual. Lo hechos son lo inmediato, lo que se deja ver y oír, comprender e intervenir. Es la consistencia de lo inmediato. Y eso importa. Es lo que da cuerda al reloj de la urgencia. Los hechos están en el nivel del aquí y del ahora, de la inmediatez más carnal. Es lo que deben atender los gobiernos de inmediato: el hambre, la violencia, la discriminación. A todas ciencias, naturales y sociales, se les pide eso: ser útiles, lo que significa: operar de manera inmediata. Pero lo inmediato es inestable y no suele revelar las mediaciones que lo hacen posible. Presionamos el apagador el cuarto y esperamos que se prenda la luz. Ese es el hecho que nos importa. No vemos ni pensamos en las conexiones que hacen posible que ese foco se prenda. Y si no pensamos en la instalación eléctrica de la casa, mucho menos pensamos en la red energética de los países, en la generación de electricidad, etc. Es lo natural. Y lo natural es lo inmediato, lo urgente, la consistencia de la cotidianeidad. Pero, así como no vemos la red eléctrica cuando prendemos la luz tampoco vemos la red de producción y trabajo detrás del frijol que consumimos. Y mucho, mucho, mucho menos pensamos cómo se conectan los diferentes campos: la generación de electricidad con la producción de frijol y ambas con el patriarcado y éste con la posmodernidad. No podemos decir que los problemas no existen porque “en realidad” existe tal conjunto, estructura o totalidad. No. Los problemas son lo único que existe, que está ahí, que nos expone recíprocamente de un lado u otro. Es lo más común. Y es también lo finito, lo determinado, lo discreto. Es lo que debe ser atendido. Si se le desprecia, se desprecia la existencia misma. Pero no se puede hacer ni entender nada si uno permanece satisfecho con lo que se nos da, con la consistencia de lo cotidiano. Por ello se hace la famosa “teoría”. Las relaciones son bastante más enredadas, pero quedémonos con esto. Los problemas son reales, pero no siempre son problemas. Ello depende del marco en el que los leamos. Por ello, nada puede cambiar si no hay un camino perpetuo de ida y vuelta entre lo inmediato y la reflexión. Sokal se quedó al principio del camino de ida.