Escuela, sociedad y bien humano

Lunes, Junio 14, 2021 - 10:48

Ojalá los políticos de todos los partidos sepan leer el mensaje que les envió la sociedad

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Decano UPAEP

“La idea que se tenga de la escuela estará en función de la idea que se tenga de la sociedad, y la idea que se tenga de la sociedad está ligada con la noción que se tenga del bien. Puedo empezar más concretamente con la noción del bien humano, con la estructura de la historia humana -porque mi noción del bien humano es intercambiable con una noción de la estructura de la historia- y tal vez empezar de esta manera sea más aceptable”.

Bernard Lonergan, Filosofía de la Educación, p. 21.

Expresaba en este espacio la semana pasada mis deseos de que el proceso de votación en las elecciones más grandes de nuestra historia por el número de cargos que se disputaban y una de las más importantes en términos de la definición del rumbo que tomaría el país en los próximos años.

Afortunadamente, a pesar de las deleznables campañas de ataques y descalificaciones sin propuesta de parte de todos los partidos y coaliciones y de la muy lamentable violencia que dejó un saldo rojo, según documentan varios medios de comunicación; de casi noventa políticos asesinados, además de varios secuestrados o amenazados por el crimen organizado -que según el presidente, “se portó muy bien”, a diferencia de las clases medias del país-, la jornada electoral transcurrió, salvo un número muy reducido de incidentes, en paz y tranquilidad y con un copioso nivel de participación para tratarse de elecciones intermedias.

Fue una jornada ejemplarmente organizada por el INE y operada en cada casilla por ciudadanos que, de manera solidaria y comprometida con su comunidad, dieron todo su domingo para estar recibiendo los votos y llenando las actas correspondientes, por lo que uno de los grandes ganadores fue el árbitro de las elecciones, un organismo electoral autónomo que había sido cuestionado duramente durante el proceso y amenazado incluso con su extinción.

La organización y desarrollo ejemplar del proceso electoral por parte del INE y la participación ciudadana tanto en la responsabilidad de las casillas como en la votación fue un factor fundamental que contribuyó a que uno de los deseos que expresaba aquí en el artículo anterior se cumpliera: pese a que se avisoraba una enorme ola de judicialización de los resultados, finalmente, aunque varios candidatos salieron de forma anticipada e irresponsable a declararse candidatos ganadores -sin conocerse aún las tendencias oficiales-, prácticamente la totalidad de los actores aceptaron los resultados.

Tal vez la mejor parte de lo que ocurrió el domingo 6 de junio en este país es que la ciudadanía echó por tierra la visión simplificadora y polarizante que predominó en los discursos de campaña que pretendía dividir a la población en dos bandos contrapuestos: los seguidores del presidente y sus adversarios, como él mismo los llama.

En efecto, los resultados en los que todos ganaron algo y todos perdieron también algunas posiciones, muestran que nuestra sociedad es un mosaico plural de visiones y también que es capaz de premiar a los buenos gobiernos y castigar a quienes habiendo tenido el poder han hecho un mal papel.

La gran pregunta que surge ante estos resultados y después de una semana de discursos de reacción a ellos es si los políticos, desde el presidente de la república y los gobernadores, alcaldes y nuevos diputados hasta los líderes de los partidos políticos y los seguidores de cada uno de ellos sabrán leer este mensaje que envió la sociedad o seguirán enfrascados en esta visión simplificadora de buenos contra malos -según el lado del que se esté-, en esta perspectiva de dos bandos opuestos y en este discurso polarizante.

Otro cuestionamiento es si ante estos resultados y frente a lo que en la práctica es el arranque del proceso de sucesión presidencial del 2024, los políticos de todos los niveles y partidos y sus sectores duros podrán construir un debate respetuoso y constructivo que vaya arrojando luces y acuerdos acerca de una visión de sociedad que sea más o menos común, al menos en ciertos rasgos mínimos.

Solemos pensar y expresarnos desde la idea que nos han inoculado los que se benefician de la visión simplificadora y maniquea de los dos bandos, de la superioridad moral de uno sobre el otro, de la alternativa entre democracia y autoritarismo, que quienes piensan distinto a nosotros o apoyan a una opción político-partidista diferente a la propia son personas que no quieren el bien común de la sociedad o que están defendiendo solamente sus posiciones electorales o sus privilegios económicos.

Creo que el reto después de estas elecciones y sus resultados plurales y diferenciados está en la necesidad de que los políticos y nosotros los ciudadanos tratemos de ser más empáticos y de asumir que todos tenemos una idea de la sociedad y una idea del bien humano que consideramos mejor que otras y que necesitamos, si queremos construir una sociedad realmente democrática, considerar y tratar de entender las visiones de sociedad y de bien de los demás, ponerlas en común, dialogarlas de forma inteligente, crítica y responsable sin caer en las descalificaciones personales y buscar los elementos comunes para construir una idea más o menos común de sociedad y de bien humano que nos comprometamos juntos a buscar.

Lo anterior no implica dejar de lado las diferencias ni ignorar las posturas contrarias sino precisamente hacerlas explícitas y abrirse a entenderlas para poder construir una visión unidiversa de la sociedad y del bien que queremos para México en el futuro.

De ello depende la idea de escuela que vayamos definiendo: de la idea de sociedad y de la idea de bien que logremos acordar para trabajar juntos y enfrentar los enormes desafíos que nos presenta este país con millones de pobres, enorme desigualdad, creciente violencia, persistente corrupción, tolerada impunidad y carencia de un verdadero estado de derecho en el que todos respeten las leyes y en el que la justicia sea pareja para todos.

El círculo vicioso que planteaba hace un par de semanas en mi artículo sobre las perspectivas de reapertura de las escuelas, ese círculo en el que por no considerar como prioridad social a la educación no se instrumentan políticas eficaces ni se exigen resultados en términos de su calidad (y añadiría, de su equidad) y por no mejorar su calidad (y equidad) no se convierte en una prioridad real para el gobierno y para la sociedad, me parece que genera que no tengamos claridad sobre el tipo de escuela que queremos.

Esta falta de idea de la escuela que queremos se debe en buena medida a que no hemos logrado generar el debate social inteligente, razonable y responsable sobre el tipo de sociedad que deberíamos construir, a partir de la idea de bien humano que consideramos indispensable generar a través de nuestras captaciones y decisiones.

Ojalá los políticos y los militantes de todos los partidos y corrientes sepan leer este mensaje que les envió la sociedad el pasado domingo y sean capaces de convocar y protagonizar ese debate civilizado sobre el tipo de sociedad y de bien que queremos todos para poder a partir de ahí, discutir el tipo de escuela que necesitamos más allá de eslogans ideológicos como ese de la “nueva escuela mexicana”.

Pero si los actores políticos actuales no captan ese mandato de la sociedad diversa y plural que constituye el mosaico que llamamos México, sería muy importante que quienes nos dedicamos a la formación de las nuevas generaciones tratemos de generar una perspectiva de ciudadanía respetuosa de la pluralidad y con las herramientas de comunicación y pensamiento crítico y ético necesarias para ser ellos los que puedan definir esa idea de sociedad y de bien que fundamente la idea de escuela del futuro.

Porque la educación es una historia que se está escribiendo dentro y a partir de la historia que constituye el bien humano, que es en última instancia como señala Lonergan, la estructura de la historia de la humanidad “en el instante de su ser, que es todo el tiempo”.