Doña Cayetana, una pequeña historia

Domingo, Marzo 7, 2021 - 08:40

La pandemia se llevó a la gran molera de Los Ángeles Tetela

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.

La guerra que vive el mundo por la pandemia le cambia la cara lentamente a la sociedad, sus hábitos, formas y ritmos.

Los medios ofrecen lecturas diarias de cifras terribles. La repetición las vuelve comunes, la gente paulatinamente se insensibiliza. Se ven a diario tablas, cifras, estadísticas, que algunos medios muestran como medalleros olímpicos.

Hay distintas visiones del fenómeno. Los datos duros ofrecen cuadros de muertos e infectados. Los números pasan por alto las pequeñas historias que causan conmoción a familias, barrios, colonias, pueblos. El tajo fatal de la muerte es implacable.

Deja huellas, dolor y empuja a la sociedad a hacer lo que es su hábito o recurso más antiguo de supervivencia: la adaptabilidad.

La recuperación del quehacer cotidiano, el seguir adelante, seguir la vida.

Dentro de esas pequeñas historias que se pierden rescato una. Es una de esas que tan solo es  un número en la vida de un pueblecito, un muerto más. Una muerta, en este caso.

En Los ángeles Tetela, un pequeño pueblo pegado al lago de Valsequillo, falleció la semana pasada doña Cayetana.

Ahí era todo un personaje. Era probablemente la mejor molera del lugar. Tener tal categoría no es cualquier cosa, no al menos en esa inspectoría municipal.

Allí el mole, la fiesta, las comidas, el convite, es todo un ritual que involucra a toda la comunidad. Sus comidas son masivas: cien, doscientas, trescientas personas dos o tres días seguidos.

Y esto, antes de la pandemia, era lo común cada dos o tres meses.

Su organización para estos convivios es extraordinaria. Preparan sus comidas hasta con un año de anticipación. Todos cooperan, todos aportan. Hay comisiones y organización para todo: las moleras, las arroceras, las polleras, las de los manteles y trastes de plástico para convidar, los baberos para las cocineras, las bebidas, la música, los cohetes, etc.

Prácticamente una especie de socialismo rudimentario para este tipo de festejos  con motivo de bodas, bautizos, primeras comuniones, peticiones y fiestas religiosas, más las fechas especiales como el 10 de mayo, el día del maestro, los bailes de carnaval.

En ese lugar es muy común matar para la comida de una fiesta de esas cien o doscientos pollos, aparte de cuatro o cinco puercos, una o dos reses, reservar toda una gran habitación para las tinas con hielo para los refrescos, y en ocasiones comprar un camión completo de cervezas con el que se bloquea la bocacalle para abastecer a la concurrencia.

El mole es el platillo estelar, timbre de orgullo de la familia organizadora.

Preparan dos, tres, cinco, siete gigantescas cazuelas de casi un metro de diámetro. Les llaman campanas y están en hilera formadas una tras otras. Cada una de ellas tiene su equipo de moleras cocinando, vigilando, despachando.

También acostumbran tomar la copa todas las mujeres, mientras cocinan.

Doña Cayetana era una especie de comandanta o generala de las moleras.

Sus rasgos típicamente nahuas, su piel apiñonada, su sonrisa con una dentadura blanquísima. Su expresión era la de una mujer feliz, orgullosa de su habilidad, una modesta reina de su don de hacer quizá el mejor mole del lugar.

Cada que se acercaba un festejo la buscaban, la contrataban, se apalabraban. A ella le tenían que dar todo, sin reserva. Calculaba según los invitados. De modo empírico, después de tantos años de hacerlo, ya se sabía cantidades, costos y personal a su servicio. Aparte el dominio de los tiempos, la anticipación para preparar cada comida.

Como comandanta, reclutaba treinta, cuarenta o más cocineras, con sus respectivas especialidades y división del trabajo. Los anfitriones tenían que darles delantales a todas absolutamente. A todas también su itacate al final del banquete. Sus trastes “toperwer” con mole,  un pollo hervido, una botella de ron o brandy. Son las reglas comunes y ancestrales de estos festejos.

Hay confianza mutua, honestidad absoluta. Nada de malos manejos ni avaricia. Nada se escatima. No hay pagos, nadie va por ganancias pecuniarias, todo es en reciprocidad porque más adelante los hoy cooperantes habrán de pedir esos apoyos.

Doña Cayetana era un notable valor local. Su mole le había dado fama, reconocimiento y respeto. El tiempo la convirtió en personaje indispensable en este tipo de tradiciones del lugar.

Dueña de una sazón extraordinario, más su sentido de la organización, tenía un sitio especial en Los Angeles.

Mujer de trabajo, se dedicaba aparte a criar guajolotes. Siempre tenía cincuenta o sesenta ejemplares de estos, de muy buena calidad, porque su animales eran requeridos con frecuencia para toda clase de celebraciones.

Había sufrido el embate del corona virus meses atrás, pero los efectos duraderos posteriores minaron su organismo. Tenía alrededor de 80 años.

Era uno de esos personajes de los pueblos que son depositarios de tradiciones, costumbres y valores ancestrales. En este caso sus virtudes para cocinar mole y organizar convivios masivos.

Tuve el honor de conocerla y saborear más de una vez las delicias de su arte de cocina.

Queda en el recuerdo la imagen y el alma de una mujer admirable, bella, que tocaba el cielo con sus manos y lo convidaba en forma de mole,  para dejar un recuerdo inolvidable en los privilegiados que conocimos ese arte que convertía en manjar.

Descanse en paz doña Cayetana.

xgt49@yahoo.com.mx


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