Las mandarinas del susto

Jueves, Noviembre 26, 2020 - 19:31

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes  

Tres chamacas de 24, 21 y 12 años, salieron al centro de la ciudad a comprar adornos navideños para arreglar la casa donde celebrarán los días festivos, además de unos encargos de la familia. 

Se alistaron, subieron muy contentas al pequeño coche de la mayor y llegaron a un estacionamiento del centro. Se echaron a andar por las calles buscando unos zapatos, un pulpo de peluche que se convierte en carita feliz y carita triste, --creado para enseñarles a l@s niñ@s en el espectro autista las expresiones faciales de alegre-triste— y los objetos navideños. Compraron todo, regresaron al estacionamiento, subieron cajas y bolsas al coche y emprendieron el camino de regreso a casa.

Estaba pendiente comprar mandarinas por ser la fruta favorita de las tres y nunca son tan ricas como las de esta temporada, por lo que, en el camino, la mediana, que iba papaloteando de copiloto, al ver un puesto ambulante de mandarinas, gritó: “¡Las mandarinas, las mandarinas, yo me bajo!”. La mayor que iba al volante frenó y respondió: “¡No, me bajo yo!, tú traes muchas cosas en tu regazo y me es más fácil recoger al vuelo dos kilos mientras el semáforo está en rojo”. Volteó y vio que sólo había un coche atrás, parado y su chofer habla con unas personas en la banqueta.

No apagó el auto, movió la palanca de velocidades a punto neutro asegurándose que no se moviera, se desabrochó el cinturón de seguridad, tomó una bolsa de plástico, se bajó y corrió por atrás del auto al puesto de frutas. Con prisa pidió dos kilos de mandarinas, pero la muchacha que despachaba parecía que recién había despertado y bajaba desde el lado oscuro de la luna buscando una luz que se le había pasado de largo: sentada recargada en el puesto, con total parsimonia y una mano, empezó a echar lentamente una por una las mandarinas en la bolsa, así como quien está aprendiendo a contar en ábaco sin saber mover las bolitas ni conocer los números.

De repente la mayor escuchó gritos que venían del coche que con inaudita lentitud y en cámara nano-lenta, empezaba a rodar. Unos muchachos sentados en cajas de madera en la esquina contraria, divertidos de lo lindo por el escenario que no implicaba ningún peligro ni riesgo, abrían los ojos grandes y reían al ver que la copiloto, pujaba agarrando el poste de la puerta del auto con la intención de detenerlo pero… sin bajarse. 

La piloto tomó la bolsa de la fruta, pagó, corrió al auto que ya no se movía, se subió al coche y entre chillidos y carcajadas de sus hermanas las escuchó aullar al unísono: ¡Pendeja, pendeja, pendeja, pendeja! ¿Trajiste las mandarinas?” 

alefonse@hotmail.com


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