Gente de mis tiempos

Domingo, Julio 12, 2020 - 09:09

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Cata se levantó a las seis de la mañana, como todos los días. Con el reboso rodeándole la cabeza, su mandil azul y el suéter remangado, salió a barrer la banqueta y el pedazo de calle cuan larga era su casa. Seis treinta, el campanario de la iglesia avisaba la primera llamada. Recogió la basura y corrió a arreglarse para llegar puntual a la misa de siete, donde, además de cumplir con sus obligaciones de buena cristiana, también tendría su diario instante de gozo.

Durante el trayecto al templo, vio las caras de costumbre. Jacinto, el lechero, que, con los botes amarrados a su burra, despachaba de casa en casa y Gabriel, el leñador, con la frente sudorosa, dejaba su carga en la panadería. Al llegar al atrio, se reunió con otros fieles con quienes dio cuenta de don Tomasito, el párroco, como siempre corriendo del curato a la sacristía para prepararse.

Ese día tuvieron que entrar al templo por una de las puertas laterales que no se usaba desde tiempo inmemoriales, ya que la principal estaba siendo arreglada. A la entrada, Cata se retrasó con toda intención para pasar delante del segundo motivo de su asistencia. Joaquín, el hijo del boticario, fungía como sacristán y se paraba con un cesto al inicio y fin de cada celebración para recibir las limosnas. Discretamente él busco el intercambio de miradas y ella con un fugaz vistazo acompañado de una sonrisa, le correspondió.

 Sintiendo su pecho desbordar de alegría, al cruzar la puerta sintió un leve mareo que le nubló la vista por un momento y se recargó en una pila de agua bendita. No se percató que había otras personas en su misma situación. Al recuperarse aprovecho para mojar sus dedos, llevarlos a las sienes y buscar un lugar desocupado dentro del templo.

El coro comenzó unos cánticos y por la puerta de la sacristía salió un joven sacerdote de cabello lacio y crecido. Le causó extrañeza que no fuera Don Tomasito, pero no reparó en eso hasta que el celebrante inició la liturgia en español y no en latín como estaban acostumbrados. “Qué cosas, primero el mareo en la entrada y ahora este muchacho diciendo la misa como si no supiera”, pensó, pero al final le gustó saber todo lo que se decía en misa.

A la salida no vio a Joaquín y en su lugar, algunas personas estaban reunidas comentando la extraña sensación al cruzar la puerta lateral como una especie de premonición sobre la forma de celebrar la misa. Fue doña Mary, la viuda del tendero, quien tomó la palabra “Cómo se le habrá ocurrido a este señor que se debe consagrar de espaldas al altar”.  Cata se encogió de hombros y ajustando su reboso regresó a su casa sin decir más. Al llegar vio que la calle estaba sucia, como si ella no hubiera hecho nada. “¡Qué lata!”, dijo con enfado tratando de no maldecir, pues acababa de comulgar. Se metió a su casa a buscar su escoba de popotillo, mas no la encontró donde la había dejado hacía apenas una hora. “¿On tará?” se decía a si misma cuando de pronto escuchó a sus espaldas:

─Disculpé ¿se le ofrece algo?

Cata volteó rápidamente sorprendida por la pregunta tratando de reconocer esa voz. No conocía a esa mujer que le hablaba y sólo reparo en decir

─Estoy buscando mi escoba.

La mujer, sin quitarle la mirada, caminó hacia la sala y enseguida tomó un cepillo de cerdas de plástico y se lo ofreció:

─¿Le servirá este?

Ambas se onservaban con la acusadora mirada de quien ve un intruso. Cata miró con extrañeza el objeto que le ofrecían sin tomarlo y dijo a la mujer:

─Si viene a buscar a mi tía Anselma, ella se levanta más tarde, hasta que la llamo a desayunar, así que mejor venga al mediodía.

La mujer, con tono de sorpresa le respondió:

─Disculpe, a lo mejor está usted confundida, yo no vengo a buscar a nadie, porque yo vivo aquí, mire bien, vea si esta es su casa.

Dicho esto, Cata recorrió el lugar con la mirada y descubrió que le era ajeno. Un leve bochorno le cundió por el rostro pensando que se había equivocado de puerta. Dio media vuelta y salió nuevamente a la calle.

Al mirar la fachada, dio cuenta de que el número era el correcto, pero todo lucía distinto. A lo lejos se comenzó a escuchar música de banda sinaloense y en la esquina un hombre lloraba desconsolado. Al reconocerlo corrió a ver que sucedía. Apenas unos minutos atrás esta persona le había cedido su lugar en la fila de la comunión, era un hombre bueno y amable ¿Quién se habría atrevido a provocarle una pena tan profunda como para tenerlo sentado en una banqueta derramando lágrimas?

─¿Qué le pasó don Vicente? ─pregunto Cata.

─No lo sé, creo que ya me dio la enfermedad del olvido, como a mi tata, que en paz descanse ¡No puedo encontrar mi casa!

─Pero si usté vive acá a la vuelta.

Cata dio unos pasos para tener la siguiente calle a la vista y en el lugar donde debería estar la casa de don Vicente había un terreno baldío.

Regresó con el hombre muda por el desconcierto, se agachó para abrazarlo intentando consolarlo. No había pasado un minuto cuando la música de banda cesó para ser sustituida por gritos. Al inicio de la calle, un hombre con sombrero charro, amenazaba pistola en mano a otro de sombrero tipo tejano. Era don Matías que se encontraba encolerizado diciendo que había encontrado un ladrón y que debía matarlo como a un perro. Su esposa trataba de calmarlo, tomando la mano armada del hombre para que no se comprometiera. Ante el alboroto, la gente se congregó a ver qué pasaba. Cata corrió a apoyar a la esposa del rijoso y fue seguida por don Vicente.

Después de un rato de alegar, llegó un policía y al pedir la explicación del evento, don Matías dijo todavía exaltado:

─Pos no pasa nada, aquí este pelafustán dice que mi casa es suya y como yo defiendo lo que me pertenece, ahorita mismo se va a morir.

─A ver amigo, baje el arma o me veré obligado a arrestarlo, ya cálmese ─dijo el policía y luego se dirigió a toda la gente:

─Ya atendí otros dos casos iguales que estamos llevando al quiosco para solucionarlo como todas las cosas difíciles que pasan en este pueblo, vamos todos para allá.

Al llegar a la plaza del pueblo, había más gente reunida. Otro uniformado se acercó a los recién llegados para decir:

─Jefe, pos ya está toda la gente, solo que hay un problema.

─¿Cuál, Vitorio?

─Pos que ya solo nos queda un anciano, de noventa años, la demás gente del pueblo tiene menos de sesenta.

─Está bien, tráiganlo, el asunto está rete duro.

El segundo uniformado se retiró y el jefe volteó a ver a los inculpados, que, al parecer, no era del pueblo:

─Señores, por favor les pido que esperen un minuto, en este lugar, cuando las cosas no tienen fácil solución, siempre hemos recurrido a la sabiduría de nuestros viejitos, ellos nos dicen que hacer si la vaca de un ranchero se metió a la milpa de otro, si el agua del manantial no alcanza para regar dos parcelas, o, como en este caso, hay dos personas que dicen ser dueños de la misma propiedad, miren aquí viene nuestro único anciano.

El segundo policía venía de regresó ayudando a un hombre con el cabello y bigote totalmente blancos. Sus pasos eran lentos y cansados. Lo ayudaron a subir los escalones del quiosco con donde se encontraban los involucrados, incluyendo a Cata y la mujer que había encontrado en su casa, que había ido más por curiosidad que por tener intención de acusar.

Una vez que se le explicó lo acontecido al anciano, se le pidió ver a los ojos de cada uno de los señalados para saber si alguien mentía y uno a uno fue recorriendo los rostros pareciéndoles sinceros, incluyendo el de don Matías que continuaba con el ceño fruncido. El anciano lo miró, detenidamente, comprendió que más que su rostro, la silueta de charro le era familiar. Deshizo cualquier pensamiento para poder continuar y al llegar a Cata, sus ojos se abrieron totalmente. Pensó que había perdido la razón, no podía dar crédito a lo que veía. Los ojos de la muchacha le miraban con la misma sorpresa y desconcierto. Con la voz temblorosa apenas pudo articular una palabra:

─¡Catalina!

Y recibió una respuesta en el mismo tono.

─¡Joaquín!


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