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Opinión



Doña Lucy

Jueves, Abril 9, 2020 - 21:43
 
 
   

Durante una de esas comidas pidió una copita de tequila

Recién cumplió 100 años. Fui a comer con ella y sus hijos varias veces desde hace meses y su plática y alegría de vivir, me seducían. Escucharla decir que los colores de mi ropa, mi cabello y zapatos eran bonitos, era adictivo; chuleaba todo lo que veía en mí. Confesaba acordarse bien y mencionaba que le caía muy bien desde que yo era niña, que me quería mucho y a mi papá, también. Ella le ponía belleza, cariño y disfrute a todo lo que estuviera enfrente; en esas ocasiones le di de comer en la boca cuando su intento de picar la comida con el tenedor, le fallaba, y le serví agua de sabor para que se pasara el bocado. Era regresar al ambiente de luz, afecto y calor de hogar de mi infancia que me hace sentir tan bien.

Durante una de esas comidas pidió una copita de tequila. En secreto me dijo que a ella le gustaba la copa desde joven. Le dije que yo era mala pa’l trago porque me hacía daño, pero pedí un tequila como si fuera para mí. Le cerré el ojo a uno de sus hijos y me sirvió poquito en una copa. ¡Le brillaron los ojos cuando vio el trago frente a ella!, y en secreto le pedí dar sorbitos discretos para que nadie se diera cuenta ¡y que no se valía echárselo de un trago! Tomó con elefancia la copa y muy obediente saboreó cada chisguetito que besaba su boca y remataba con repasar con su lengua lo que quedaba en sus labios.

La conocí cuando yo era niña, vivíamos en la misma colonia a pocas cuadras una familia de la otra. Era una mujer encantadora, abierta, alegre y echada pa’delante. Originaria del norte, en reuniones sociales soltaba groserías a diestra y siniestra sin represión alguna de su marido y ante la alta sociedad poblana de ese entonces. Muchos adultos reían con disimulo, mientras que otros se hacían occisos como si no escucharan su un poco escandalosa voz. A mí me encantaba oír a una adulta gritar a bocajarro las mismas groserías que me tenían prohibidas a mí siquiera pensar, so pena de grave reprimenda que no cumplían por intercesión de mi padre; pero la cercanía de doña Lucy era un día de campo al aire libre entre cuatro paredes. Su presencia adulta siempre fue contraste y viento fresco ante tanta rigidez y disimulo.

Buena amiga de mi mamá pero más de mi papá porque él le festejaba con risas sinceras sus decires; tuvo tres hijos mayores que yo pero jalábamos parejo al yo ser ‘la chiquita y bonita’ además de muy traviesa, por lo que sentían obligación de cuidarme y consentirme. El mayor de ellos era mi favorito por ser tan simpático como ella, corregido y aumentado, y una verdadera inspiración para mí. Pasó el tiempo, joven quedó viuda, pero la familiaridad y el afecto siempre se mantuvieron vivos al vernos y encontrarnos de vez en vez. 

Fue hace un año que me reencontré con su hijo menor y me invitó a comer; fui varias veces a su casa y cada ocasión era fascinante. Todavía las últimas ocasiones que lo llamé por teléfono para saber cómo estaban, lo escuché cantarle y hacer bromas para que comiera; lo imaginaba con cubierto en mano para darle sus alimentos en la boca, cargarla para ir al baño, limpiarle la cola y cambiar su ropa sin pena ni sobresalto, con todo cariño y alegría. 

El lunes pasado llamé para saber cómo iban y me dijo que ya no hablaba y no comía pero tomaba agua. Ya no reaccionaba ante sonidos o imágenes. Murió al día siguiente, el martes pasado, de edad y falla orgánica múltiple; murió porque ya se quería ir pero tanto amor y cuidados la detenían, no la soltaban. Este hijo es el mejor hijo que he conocido al cuidado de su madre. Ella se fue con el corazón lleno de él. Y él, y él… tendrá que aprender a cuidarse a sí mismo con el mismo amor y alegría que le dio a su madre.

D.E.P. Doña Lucy.  

alefonse@hotmail.com


Semblanza

Alejandra Fonseca

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