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Opinión



Usureros del ser

Miércoles, Junio 5, 2019 - 09:47
 
 
   

Lo mejor se queda en el tintero; lo efectivo es parido entre dos fuerzas: la urgencia y la excepción

Una llamada, un correo, un mensaje. Una fecha, un plazo, un recordatorio. Un pago, un informe, un reporte. Una cita, una junta, un compromiso. Agenda, reloj, celular. Tú esperas y ya te esperan. Es tarde. Siempre es tarde. Debes y te deben. Que esperen. Yo espero también. Este es un mundo sostenido en la promesa, el plan, el proyecto, el objetivo y otras ficciones similares. Al final todo sale. Y nada sale realmente. Lo mejor se queda en el tintero; lo efectivo es parido entre dos fuerzas: la urgencia y la excepción.  En un sitio hay alguien haciendo cola para pagar, cobrar o tramitar algún documento. El tiempo entero, nuestro tiempo, se encuentra ya sometido a alguna agenda. El pasado se llama ahorro, el presente, liquidez, el futuro deuda. El pasado es vida y energía objetivadas: un depósito de agua, una batería cargada, el seguro de ahorro para el retiro. Es la reserva, el sedimento y lo que, por la letra y la memoria, ha quedado asentado. El presente es la moneda que corre, el flujo de mercancías y el conjunto de los intercambios. El futuro es el rédito esperado, fruto del trabajo... ¿Y por qué deuda? Porque hemos empeñado el futuro. La deuda fundamental de la humanidad es con la viabilidad de vida futura en la tierra.

Decimos que la humanidad se desarrolla y que la economía crece. Lo decimos con la misma naturalidad con la que afirmamos que las plantas crecen y los animales mueren. Es lo más natural del mundo. Pero no es más que una grosera metáfora. Habría que decir: la bestia llamada humana vino un día a caer en el planeta, vino a multiplicarse y, un buen día, se extinguió en su propio fuego. Pero esa historia natural de la especie se tergiversa en la imagen victoriosa de un superanimal que crece sin cesar. Es un animal fantástico porque puede engrosar él solo, sin consideración de otras especies, ajeno a cualquier restricción material. Catecismo del crecimiento: todo debe crecer, potenciarse, aumentar, batir su récord, superarse: ser más. Creo en el desarrollo todopoderoso. Bendita tú, bestia entre las bestias y bendito el fruto de tu trabajo, el producto. Hágase así.

Pero ¿es posible crecer sin restricciones? La negación de todo límite, toda imposibilidad, todo precio a pagar es la letra que llevamos quemada en la frente. Las naciones deben crecer. Por ello, la primera señal de un mal gobierno es la falta de crecimiento económico. El estancamiento es la enfermedad crónica de la economía y la stagflation, su fase más aguda. Demos títulos de propiedad a todos para que se engrose el mercado. Mejoremos las máquinas para que produzcan más en menos tiempo. Así se desbordará la tierra navegará en la cornucopia de su abundancia. Faster, bigger, cheaper, better, more!

Las dos dimensiones de la existencia, tiempo y espacio han caído en la trampa. Producir más por la misma unidad de tiempo. Transportarse de manera más veloz por la tierra. Transmitir mensajes de manera instantánea. El tiempo se comprime hasta la fracción de segundo, hasta el diferencial que toma recorrer el planeta por un cable. Acercar las cosas, interconectarlas hasta el absurdo (en el famoso internet de las cosas), pavimentar los caminos, cuadricular la tierra para repartirla y ponerla a producir. Perforar montañas para que pasen trenes, aplanar los cerros para que circulen los coches, cavar para crear túneles subterráneos, conquistar la tercera dimensión para que los coches pasen por encima de otros y para densificar la ciudad. Y no solamente había que acelerar los cuerpos, sino los procesos mismos y, en última instancia, la vida, por medio de catalizadores.

Sí, todo eso, pero, el mundo es finito. La fracción más pequeña de tiempo sigue siendo tiempo, y la superficie más pequeña sigue siendo espacio. Espacio contable, asignable, privatizable. Los segundos se suman y se restan, como los puntos espaciales. Pero entonces, ¿cómo seguir creciendo cuando el reloj no se puede torturar más, ni el espacio se puede comprimir una millonésima de medida? ¿Qué pasa cuando la tierra ha sido colonizada por completo y el universo permanece demasiado lejano como para invadirlo de la misma manera? Sí, el universo es infinito, pero la tercera roca desde el sol está cubierta, sin excepción, de acero y vidrio. ¿Cómo explotar un poco más el cuerpo y el cerebro cuando ya no pueden más?

Tuvo que comenzar el rebasamiento de la presencia y la apropiación (incierta) del futuro. Una promesa, una concesión a 100 años, un fondo de ahorro para mi muerte, la viabilidad de un sistema futuro para mantener el rendimiento de uno presente. Lo habíamos detectado en el lenguaje. Podemos decir: regresaré por ti, hablando de un hecho futuro del cual no sabemos nada. Pero la economía construyó una ciudad en este tipo de aire: vender certeza futura. ¡Vender certeza futura, vaya charlatanería! Y puesto que el futuro es solamente probable, hubo que hacer estadística. Ya no sólo se vendió la cosecha que habría de venir en próximo otoño, sino el trabajo de todos los años de mi vida por medio de un seguro; y luego, la vida de mi descendencia por medio de un préstamo; y luego generaciones enteras de un país gracias a la deuda con algún banco de talla internacional. Vender un árbol que produce oxígeno hoy causando un déficit en el oxígeno de mañana, para asegurar una producción actual y futura. Se vendió futuro, puro futuro, probabilidades inciertas coloreadas de certezas envueltas en modelos matemáticos con supuestos fantasiosos. ¡Idólatras de la posibilidad!

Y claro, como era de esperarse, se vendió también espacio inexistente. Espacio hacia arriba y hacia abajo gracias a la especulación, minera e inmobiliaria. Se vendió espacio en la luna y en marte. Se colonizó el espacio terrestre, acuático y aéreo, aunque las profundidades del océano permanezcan inexploradas y nuestro aire se desbarate con emisiones contaminantes. Se vendió eso y mucho más. Cuando se agotó el espacio horizontal, se vendió la vertical: en puentes, en rascacielos, en ciudades subterráneas para soportar el frío de un entorno hostil para la especie. Y cuando se acabó, se hicieron islas en el mar, se llevó la arena del manglar a la torre, el acero de la mina a la estructura de hierro. Y luego se vendió el espacio virtual. No sólo el espacio especulado, sino el espacio informático: alojamiento de páginas web, alojamiento en la “nube”, dispositivos para guardar cada vez más datos: del byte al terabyte, del diskette al disco duro externo, a los servidores monstruosos, a los mecanismos biológicos de almacenamiento.

Cuánto tiempo y cuánto espacio hay prometido, especulado, deseado, buscado. Cuánto tiempo y cuánto espacio producidos en las maneras más extravagantes. Cuántos tiempos y espacios para aumentar la productividad, para extraer plusvalor y para enganchar consumidores. No vivimos en una época de control, sino de hipervirtualidad, promesas de promesas, representaciones de representaciones de representaciones (como lo vemos en la venta de deudas, que representan pagos futuros, que representan ingresos posibles, que representan trabajos posibles, que representan trabajo actual, que puede llegar a producir algo. Cualquier cosa.

¿Y cómo es que este viento delgado controla las vidas de millones? ¿Es que la pura creencia, la expectativa, la labia, la promesa bastan para mover el mundo? El tiempo es real no porque transcurra, sino porque las cosas se exigen mutuamente el cumplimiento de sus plazos. El organismo envejece porque sus componentes se deterioran entre sí. Un sistema pierde energía y, con ello, su orden. El plazo, para nosotros, siempre llega. Llega el día de la quincena, llega el día de pago de la tarjeta de crédito, llega el día en que toca a la puerta el banco para pedirte la casa que dejaste en prenda para el préstamo. La casa de empeño se queda con tu reloj el día primero de abril. Llega el día en que te sacan de tu casa, el día que sales de la cárcel, la hora en que acaba la clase, el día de tu muerte. Ninguno se escapa porque los presentes se lo exigen. Vendrán las calificaciones en el acta, vendrán policías con macanas, llegarán los soldados a tocar a tu puerta. Y sí, el día del cumplimiento del plazo significa que el futuro nos ha alcanzado. Significa tener que pagar por el aire respirado, por el sueño inflado, por los engaños y los escamoteos.

Una llamada, un correo, un mensaje de cualquier clase. La noticia llegará. Toca el futuro las puertas del presente. Pregunta por nosotros, los grandes usureros del ser.


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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