De acuerdo con las encuestas y percepciones, es casi un hecho que Morena ganará la gubernatura de Puebla.
Tendría que ocurrir un fenómeno inédito para que eso no sucediera.
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Y este razonable pronóstico seguramente ha llevado ya al probable gobernador, Luis Miguel Barbosa, a pensar en los siguientes pasos. No, no se trata de anticipar vísperas ni festinar nada, simplemente observar la realidad y actuar en consecuencia.
Es un acto de natural previsión para un hombre de estado. Están en juego intereses importantes para más de 6 millones de habitantes y lo natural es prepararse en todos sentidos.
Si, como todo parece indicar, habrá de triunfar con una holgada ventaja, o con una diferencia significativa en el escenario más conservador, de todos modos es procedente pensar ya en lo siguiente.
Y lo que sigue, sin duda es la composición del gabinete.
Si el candidato Barbosa consigue una votación más que generosa, entonces tendrá que refrendar ese resultado con el factor confianza. Y esta fortaleza necesaria e importante se puede edificar a partir de un gabinete compuesto por elementos de calidad irreprochable.
En campaña se le ha visto acompañado de personajes de distintos partidos, la mayor parte de ellos arribistas y de muy discutible reputación. Se explicaría el cobijo que el candidato les brindó en tales casos, sólo a partir de la muy conocida fórmula de que “en campaña se suma, luego del triunfo se divide, y en el gobierno se resta.”
Con esa lógica, lo esperable es una inteligente depuración. Primero, empezando por capitalizar a su favor todo aquello que al morenovallismo le generó reproches, críticas y desconfianza: un equipo de fuereños, sin trayectoria respetable o méritos evidentes.
Y después emulando el estilo de López Obrador en la composición de su gabinete, el cual en términos generales no despertó críticas y privilegió experiencia, honestidad y compromiso.
En la composición del equipo que le acompañará en el gobierno, el gobernador Barbosa tendrá una oportunidad extraordinaria de ofrecer sus mejores cartas de presentación, y de este modo convencer a los sectores aún renuentes, particularmente de la capital del estado y de ciertos poderes fácticos.
Con este flanco le daría un sustento muy sólido al triunfo. Privilegiando oriundez poblana, preparación y experiencia, y un compromiso real con el servicio público, tan ausente en los recientes gobiernos donde lo único visible ha sido el compadrazgo, el “cuatachismo”, la sociedad para hacer negocios, o definitivamente la sumisión abyecta al hombre del poder.
Con el morenovallismo desaparecido y una votación copiosa, el gobernador entrante tendrá una oportunidad como pocas veces se ha visto en la historia de Puebla para arrancar un gobierno con buenos augurios.
El segundo aspecto es desarmar los andamios del pasado reciente. De hecho, el señor Barbosa ya ha hecho afirmaciones en esta dirección. Se ha referido a revisar obras, contratos y concesiones. Pero además, a rectificar estructuras que esconden vicios, trampas o negocios.
Seguramente con la ley en la mano, y con expertos en materia legal en la trinchera frontal, habrá de emprender acciones o procesos para sancionar, corregir o renovar múltiples obras tangibles o virtuales que en realidad fueron la fachada para jugosos negocios.
Todo esto figura en el menú inicial del gobernante en ciernes. Y por sí sólo, este orden de cosas dará pauta a obtener el visto bueno de amplios sectores de la ciudadanía que están al tanto de esa montaña de trapacerías disfrazadas con el relumbrón de obras faraónicas.
Y el tercer paso será ya con el sello propio.
Acaso la disponibilidad presupuestal no estará en su mejor momento. Así apunta la austeridad republicana. No esta el horno para bollos. Esto mismo habrá de impeler al nuevo gobierno a un gran esfuerzo tan imaginativo cuanto creativo, para responder a la realidad del estado.
El programa de obras tendrá que ajustarse precisamente a esa realidad: recursos no ilimitados como en los tiempos idos de bonanza, y la atención de necesidades prioritarias con los pies puestos en el sentido común.
Y el sentido común no es otro que aquello que le duele al estado: seguridad, empleos, la vigencia del estado de derecho para la inversión, y la palanca de la educación para mover el cambio.
Así, a grandes pinceladas se puede avizorar al nuevo gobernante y sus pendientes con la Puebla de nuestros días.